5 Noviembre

Este fin de semana estuve de nuevo en Parma. La ocasión ha sido la celebración de la fiesta de nuestro fundador, san Guido M. Conforti. Un par de días de familia y fraternidad. Entre los javerianos con los que me he encontrado está Giorgio Biguzzi, mi maestro de novicios, y siendo Obispo de Makeni en Sierra Leona fue quien me ordenó presbítero en noviembre de 1990. Ha sido una gran alegría de encontrarme de nuevo con él. A sus 81 años lo he visto lleno de energía, fuerza y vivacidad.

Es un gran testimonio para todos nosotros. Cuando el Papa aceptó su dimisión al cumplir los 75 años, tras 25 años de episcopado, volvió a la familia javeriana y se puso a disposición del Superior para ir allí donde hubiese necesidad. Ahora está plenamente integrado en una comunidad javeriana. Se ofrece mucho para la animación misionera y está a disposición del Obispo local para cuando lo necesita. Le deseo mucho bien y que pueda continuar a enriquecernos con su manera sencilla casi espontánea de vivir la consagración religioso misionera.

Ayer Domingo, durante la Eucaristía, Berto Kardi, joven indonesiano de la comunidad del Teologado de Parma, ha hecho la profesión perpetua. Es la primera vez como superior general que presido una tal celebración. Lo debo confesar, en la preparación de la liturgia me emocioné varias veces. Acoger la profesión de los votos religiosos de Berto me emocionó. Y cuánta alegría en el rostro y en el corazón de Berto. “Todo para la misión”, “todo lo puedo con el que me da fuerzas”. Berto también se emocionó al final en el momento de dar gracias y de recordar la familia, sus padres y hermanos que están en Indonesia, y aquellos que le han ayudado a ser cristiano y misionero javeriano. “Cuando era pequeño veía al misionero extranjero hacerse uno de nuestro pueblo anunciando la palabra de Dios. De ahí nació mi deseo de consagrar mi vida al Señor en la misión”. Gracias Berto por el don de tu vida. El Señor te acompaña continuamente. Con Él darás muchos frutos para el bien del reino de Dios. No pierdas nunca la alegría que te acompaña como un gran don del Espíritu.

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