Pentecostés

El Espíritu Santo es un don de Dios. Un don es un regalo, algo que no te pertenece. Él nos lo ha dado. Tampoco es un derecho. Es solo eso, un don.

Jesús ha querido dárnoslo. Para recibirlo, no es necesario dar nada en contrapartida, sólo hay que estar preparado, dispuesto a acogerlo. Este don es la fuerza de Dios, esa capacidad que Dios nos da para vivir la vida con serenidad, paz, alegría … y mucha fuerza interior, esa que sale de lo profundo de nosotros mismos y que nadie puede quitarnos.

La Iglesia ha nacido de esa fuerza. Una vez recibida, los discípulos dejaron atrás el miedo y enseguida sus lenguas empezaron a proclamar lo que sentían sus corazones. No tuvieron miedo de arriesgar sus vidas porque estaban en las manos de Dios. La fuerza de Dios abrió las puertas del Cenáculo, para comenzar en Jerusalén, continuar en Samaria, y así poder llegar hasta el confín del universo.

Gracias a esta fuerza y a las personas que se dejaron guiar por ella, ahora conocemos el Amor de Dios en nuestras vidas. ¡Qué privilegio!

Ser testigo no se improvisa de la noche a la mañana. No es el fruto del azar. Es un proceso. Es el resultado del trabajo diario, el que se realiza todos los días con la mirada y el corazón fijos en Dios. Todo comienza en una experiencia fundamental: “Te conocía incluso antes de que te hubieras formado en el vientre de tu madre, te consagré a mi servicio antes de que nacieras, y te destiné a ser profeta de las naciones”(Jer 1,5). Y sigue con el reconocimiento de la presencia de Dios en la propia vida: “Antes de formarme en el seno de mi madre, ya me conocías, Señor” (Sal 139,15-16). Es la experiencia de sentirse amado por el Señor, incluso antes de haber puesto un pie en este mundo. Para el Señor, eres único, ningún otro puede tomar tu lugar.

Mientras no hayas sentido el amor de Dios en tu vida, difícilmente podrás ser testigo. Es cuando te das cuenta de que “eres precioso a los ojos del Señor” y que cuentas para Él (Es 43,4), que desde lo más profundo de tu corazón brota una fuerza extraordinaria, que hasta ese momento no la conocías. Es esta fuerza la que desata tu lengua, agiliza tus pies y calienta tu corazón. Como dice el hermoso texto de Isaías: “Los que confían y esperan en el Señor renuevan sus fuerzas; echan alas como las águilas, corren sin cansarse, marchan sin fatigarse”(Is 40,31).

“Y hasta el fin del mundo”. No olvides a todos aquellos que todavía no conocen el Camino, la Verdad y la Vida, no porque lo hayan rechazado, sino porque ningún testigo hasta este momento se lo ha anunciado (Rom 10, 13-17).

Hoy, somos cristianos, testigos del amor de Dios, gracias al don del Espíritu Santo y a los testigos que nos lo han transmitido.

¡Feliz fiesta de Pentecostés!

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