La dulce y confortadora alegría de evangelizar

El bien siempre tiende a comunicarse. Toda experiencia auténtica de verdad y de belleza busca por sí misma su expansión, y cualquier persona que viva una profunda liberación adquiere mayor sensibilidad ante las necesidades de los demás.

La vida se acrecienta dándola y se debilita en el aislamiento y la comodidad. De hecho, los que más disfrutan de la vida son los que dejan la seguridad de la orilla y se apasionan en la misión de comunicar vida a los demás».

Cuando la Iglesia convoca a la tarea evangelizadora, no hace más que indicar a los cristianos el verdadero dinamismo de la realización personal: «Aquí descubrimos otra ley profunda de la realidad: que la vida se alcanza y madura a medida que se la entrega para dar vida a los otros. Eso es en definitiva la misión» (La alegría del Evangelio 9-10).

¡Feliz Domingo de la Santa Trinidad!

Quien no acoge el reino de Dios como lo haría un niño no entrará en él.

Mc 10, 13-16. Viendo la reacción que los discípulos tienen frente a los niños, Jesús aprovecha la ocasión para dar una enseñanza sobre el reino de Dios: “el reino de Dios pertenece a los que son como ellos” y “quien no lo acoge como lo haría un niño non entrará en él”. Y les dice claramente de dejarlos que se acerquen a él.

El niño es pequeño, frágil, poco considerado socialmente en la época de Jesús, y al mismo tiempo vive con una cierta “ingenuidad”, confía en la persona mayor.

Para creer en las cosas de Dios, se necesita esa pizca de “ingenuidad”, de confiar en quien te precede, de no permanecer con ciertas preguntas que no tienen una respuesta racional. Es dejarse coger de la mano y seguirlo. Y así se va recorriendo el camino de la vida con Él. Casi sin darse cuenta uno va entrando, como el niño que va creciendo, en ese nuevo universo y descubriendo la belleza escondida.

¡Buenas noches!

Pentecostés

El Espíritu Santo es un don de Dios. Un don es un regalo, algo que no te pertenece. Él nos lo ha dado. Tampoco es un derecho. Es solo eso, un don.

Jesús ha querido dárnoslo. Para recibirlo, no es necesario dar nada en contrapartida, sólo hay que estar preparado, dispuesto a acogerlo. Este don es la fuerza de Dios, esa capacidad que Dios nos da para vivir la vida con serenidad, paz, alegría … y mucha fuerza interior, esa que sale de lo profundo de nosotros mismos y que nadie puede quitarnos.

La Iglesia ha nacido de esa fuerza. Una vez recibida, los discípulos dejaron atrás el miedo y enseguida sus lenguas empezaron a proclamar lo que sentían sus corazones. No tuvieron miedo de arriesgar sus vidas porque estaban en las manos de Dios. La fuerza de Dios abrió las puertas del Cenáculo, para comenzar en Jerusalén, continuar en Samaria, y así poder llegar hasta el confín del universo.

Gracias a esta fuerza y a las personas que se dejaron guiar por ella, ahora conocemos el Amor de Dios en nuestras vidas. ¡Qué privilegio!

Ser testigo no se improvisa de la noche a la mañana. No es el fruto del azar. Es un proceso. Es el resultado del trabajo diario, el que se realiza todos los días con la mirada y el corazón fijos en Dios. Todo comienza en una experiencia fundamental: «Te conocía incluso antes de que te hubieras formado en el vientre de tu madre, te consagré a mi servicio antes de que nacieras, y te destiné a ser profeta de las naciones»(Jer 1,5). Y sigue con el reconocimiento de la presencia de Dios en la propia vida: «Antes de formarme en el seno de mi madre, ya me conocías, Señor» (Sal 139,15-16). Es la experiencia de sentirse amado por el Señor, incluso antes de haber puesto un pie en este mundo. Para el Señor, eres único, ningún otro puede tomar tu lugar.

Mientras no hayas sentido el amor de Dios en tu vida, difícilmente podrás ser testigo. Es cuando te das cuenta de que «eres precioso a los ojos del Señor» y que cuentas para Él (Es 43,4), que desde lo más profundo de tu corazón brota una fuerza extraordinaria, que hasta ese momento no la conocías. Es esta fuerza la que desata tu lengua, agiliza tus pies y calienta tu corazón. Como dice el hermoso texto de Isaías: «Los que confían y esperan en el Señor renuevan sus fuerzas; echan alas como las águilas, corren sin cansarse, marchan sin fatigarse»(Is 40,31).

«Y hasta el fin del mundo». No olvides a todos aquellos que todavía no conocen el Camino, la Verdad y la Vida, no porque lo hayan rechazado, sino porque ningún testigo hasta este momento se lo ha anunciado (Rom 10, 13-17).

Hoy, somos cristianos, testigos del amor de Dios, gracias al don del Espíritu Santo y a los testigos que nos lo han transmitido.

¡Feliz fiesta de Pentecostés!

Permaneced en mi amor

Jn 15, 9-17. A lo largo de su vida, Jesús va compartiendo con los discípulos lo que hay en su corazón. Lo hace expresando sus sentimientos, a través de la enseñanza y con acciones concretas. En el evangelio de hoy vemos a Jesús enseñando. ¿En qué consiste? Hay varios elementos a tener en cuenta:

  1. Hace una llamada a vivir y permanecer en el amor divino. La manera de lograrlo es guardando y observando sus mandamientos. Una cosa sencilla: cuando respetas los mandamientos de Dios estás viviendo en su amor.
  2. Hay una aportación personal de Jesús. Su mandamiento se concentra en uno solo: “amaros los unos a los otros como yo os he amado”. Cuando amas al otro permaneces en el amor de Dios.
  3. ¿Cómo se ama al prójimo? Dando la propia vida, día tras día, gesto tras gesto, como Jesús lo ha hecho. Este es el grado más alto del amor.
  4. Jesús llama a sus discípulos amigos. ¿Por qué? “Todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer”. No hay secretos, hay plena confianza. Se entra así en un proceso de comunión.
  5. El primer paso es Jesús quien lo ha dado. Es Él quien ha elegido a sus discípulos con una finalidad bien concreta: dar muchos frutos y frutos duraderos, eternos.
  6. El mandamiento del amor se traduce en frutos concretos, cotidianos, mirando el bien del prójimo, que no es otro diferente sino parte de mí mismo. Esto es lo que Jesús ha vivido y es lo que pide a sus discípulos.
  7. Todo esto Jesús lo enseña para compartir la alegría que lo acompaña continuamente. El hecho de compartirla quiere decir que no la reserva para él sólo, sino que su alegría crece en la alegría del prójimo.

¡Feliz Domingo!