Me hace pensar el evangelio de hoy, Mt 19,16-22, en una amenaza muy real para la vida espiritual, hasta el punto de poder alejar a la persona del manantial divino donde la propia vida tiene su origen.
El joven que se acerca a Jesús es un cumplidor de la ley divina, representada en los mandamientos. En el fondo, se cree bueno porque es un cumplidor de lo establecido. Tiene como objetivo conseguir la vida eterna, pero en base a sus propias fuerzas y capacidades. Tiene tanta confianza y fe en sí mismo, que Dios cuenta poco en su vida. ¡Así de claro! Ha olvidado lo más importante: dejar que el Señor lo mire ‘cara a cara’, es decir, dejarse amar por Él. Es por ello que no puede dar el paso más trascendental de su vida: confiarla enteramente al Señor. Termina por abandonar el camino divino, retirándose y alejándose así de la fuente de su propia vida. ¡Qué paradójico! Su corazón no era libre.
Esta amenaza está ahí bien presente, como el ladrón que da vueltas y vueltas hasta que encuentra el lugar, pequeño o grande, para entrar. Hacer las cosas por Dios, incluso ‘dar’ nuestra vida al Señor, sin dejar que Él nos manifieste su amor a través de su mirada. Es esa mirada que nos pone al descubierto, ilumina hasta lo más escondido, da nombre a cada cosa, saca fuera los engaños del Enemigo que hay en el fondo de nuestros corazones y con los cuales convivimos ‘pacíficamente’. ¡Qué ilusión es querer recorrer el camino divino queriendo ser al mismo tiempo el director de la carrera!
Oramos al Señor los unos por los otros.
Un abrazo fraterno.

