Amar a Dios

En estos días pasados ha habido una palabra de Jesús que me ha llegado al fondo del alma. Hablando a sus discípulos y a los que lo rodeaban dice con rotundidad: «Yo sé bien que no amáis a Dios» (Jn 5,41). Esto ha encendido una alarma en mi corazón: ¿qué está pasando aquí?, me he preguntado. Intentando comprender lo dicho por Jesús, mis ojos han ido hacia otra palabra de Él que la precede. Dice: «su palabra no está arraigada en vosotros» (Jn 5,38). Se refiere a la Palabra de Dios Padre. La conclusión lógica es muy clara: si la palabra de Dios no está arraigada, es decir si no ha echado raíces (Mc 4,16-19) en el corazón humano, no hay amor a Dios. No hay que engañarse a sí mismo. Serán palabras huecas y vacías.

De pronto he recordado otra palabra del profeta Oseas que hemos escuchado unos días atrás, donde el Señor dice a su pueblo: «Tu amor por mí desaparece como una nube matutina; es como el rocío que se desvanece al amanecer» (Os 6,4-5). Y con contundencia afirma: «Quiero amor constante, no sacrificios. Prefiero que mi pueblo me conozca, en lugar de ofrecerme sacrificios» (Os 6,6).

La pregunta inevitable que me hago es: ¿cómo puedo amar a Dios verdaderamente?, ¿en qué se manifiesta que el amor de Dios está en mi corazón?; ¿cómo puedo ser creyente, no de un momento o de unos días, sino día y noche, un día sí y otro también, en las duras y en las maduras?

La respuesta que encuentro es la siguiente: se ama a Dios acogiendo su Palabra, haciéndola carne de la propia carne. Es un trabajo cotidiano, de entrenamiento diario para ir adquiriendo la nueva personalidad que viene del Espíritu de Dios; de quien ama a Dios y encuentra su gozo y su alegría en Él; de quien siente la necesidad de Dios como el cuerpo humano siente la necesidad de respirar.

En el momento de las tentaciones de Jesús, lo que le salvó fue la palabra de Dios. Pudo vencer las invitaciones seductoras del Diablo con la sola fuerza de la palabra de Dios. Pero esta palabra salió afuera, surgió en el momento justo porque estaba en el corazón de Jesús.

«Un árbol sano da frutos buenos, un árbol enfermo da frutos malos. Un árbol sano no puede dar frutos malos ni un árbol enfermo puede dar frutos buenos … Así pues, por sus frutos los reconoceréis» (Mt 7,15-20) Se trata sencillamente de dar un fruto diario: hacer una acción buena, decir una palabra agradable y constructiva, tener un comportamiento justo que ayuda al bien común, desarrollar una reacción llena de humanidad, ofrecer el perdón, escuchar a quien lo necesita, dar una mano a quien se queda atrás, ser paciente cuando la circunstancia lo requiere … No se trata de heroicidades, sino de pequeñas cosas que están al alcance de nuestras manos.

Repitiéndolas una y otra vez, como se hace en el entrenamiento de cualquier deporte o actividad, van entrando dentro del ser humano, ayudando a «nacer de nuevo» (Jn 3,1-8). Y es ahí donde se manifiesta que la palabra de Dios va echando raíces en el corazón, que se ama a Dios por encima de otras cosas; y se le ama no de una forma pasajera, a veces incluso interesada, sino de una manera continua y permanente. Haciendo así, se va sintiendo, casi sin darse uno cuenta, que nuestra vida va encontrando su plenitud viviendo unido a Él.

Fraternalmente.

Hambre de …

Mt 4,1-11. «Y al final sintió hambre». Esta afirmación está situada en la escena de lo que conocemos como las tentaciones de Jesús en el desierto. Inmediatamente después de ser bautizado, el Espíritu de Dios lo conduce al desierto para ser tentado. Así nos lo dice la palabra de Dios. «Guardó un ayuno de cuarenta días con sus noches y al final sintió hambre».

El hambre como esa tendencia que acompaña al ser humano de estar en el centro, de ser más que los otros, de creerse superior, de tomar el camino más fácil, ese que no comporta sacrificios, de permitirse todos los caprichos … «Sintió hambre». Me alegra ver a Jesús así: tentado, es decir, dividido en sí mismo, con un cierto desconcierto y algo de sufrimiento. Sentir el deseo, pero saber que ese no es el camino. Y volver a sentirlo, y seguir sabiendo que ese no es el camino. Me alegra ver a Jesús, al Hijo de Dios, así de humano, como yo.

Y cuando el Tentador, que astutamente quiere desviarlo del verdadero camino, lo tiene contra las cuerdas, he aquí que surge del fondo de su corazón lo más precioso que tiene: la palabra de Dios. Esa es su fuerza contra el mal. No hay otra. Es esa palabra eterna que lo salva.

Para que la Palabra de Dios nos salve, especialmente en aquellas situaciones donde somos extremadamente vulnerables, ésta tiene que estar en nuestro foro interno, tiene que habitarnos, y no como simple huésped. A este propósito me gusta recordar las siguientes palabras del libro de los Proverbios: «Él me instruía así: conserva mis palabras en la memoria, guarda mis preceptos y vivirás; adquiere sensatez, adquiere inteligencia, no la olvides, no te apartes de mis consejos; no la abandones, y te guardará; ámala y te protegerá» (Prov 4,4-6)

¡Feliz camino Cuaresmal!