El jardín interior

Mc 7,14-23. Cuando se habla del “corazón” humano, me gusta utilizar la imagen del jardín. Quien ama el jardín, lo cuida con mucho detalle. Es como si todo estuviese programado: las semillas que se siembran, las plantas que crecen, las flores que aparecen, el césped que da suavidad… Lo que no embellece, se quita y se tira fuera.

El “jardín interior” debe de ser cuidado de la misma manera. Da los frutos de las semillas que se siembran. Si son buenas, dan frutos buenos, deliciosos, espléndidos, maravillosos; esos que invitan a la contemplación. Si, por el contrario, las semillas no son buenas, si no han sido seleccionadas, el jardín interior no atraerá la atención, se pasará al lado de él ignorándolo. Nadie hablará bien de él.

Cada uno es el jardinero de su jardín interior. La boca habla de lo que hay dentro.

El mal deshumaniza

Mc 5,1-20. La escena se pasa en la región de los Gerasenos. Jesús se encuentra con un hombre poseído por el mal. La descripción que el evangelista hace de esta persona (habitaba en los sepulcros, nadie podía sujetarlo, ni con cadenas, se pasaba las noches y los días dando gritos e hiriéndose con piedras) da una idea de la situación interior que está viviendo. El encuentro con Jesús lo devuelve a la vida, recuperando así la dignidad perdida (estaba sentado, vestido y en sus cabales).

Este hecho me conduce a una reflexión muy sencilla: el mal en todas sus manifestaciones, desde las más pequeñas a las más grandes, ya sea en las palabras, en los pensamientos, en las miradas, en los hechos…, deshumaniza al ser humano.

Una vez sanado, le pide a Jesús de poder seguirlo. Pero Jesús no se lo permite, lo envía entre los suyos para que les cuente lo que el Señor ha hecho de bueno en su vida. Y es lo que hace.

HOY

Lc 4, 21-30. Jesús está en Nazaret, es el día del sábado y como tenía la costumbre va a la sinagoga. Le dan el libro del profeta Isaías y lee una parte. Al terminar de leerla dice: “Hoy, en presencia vuestra, se ha cumplido este pasaje de la Escritura”.

Quiero subrayar la reacción de los paisanos de Jesús. La primera es positiva, de admiración por las palabras que salían de su boca. La segunda es de preguntarse por el origen de Jesús, lo conocían, sabían de donde venía y quien eran sus padres. Diciendo esto anulan la fuerza de su enseñanza. ‘Puesto que sabemos quién es y de donde viene, qué puede enseñarnos’. Detrás de esta reacción está ese pensamiento perverso de cierta superioridad, que impide abrirse a la novedad.

Veo que es algo que sucede a menudo entre los humanos. Los prejuicios, las ideas preconcebidas, los pensamientos ya hechos… impiden a menudo acoger la novedad que viene de quien quizás menos esperamos. Es la actitud de quien encerrándose en sí mismo es incapaz de reconocer la grandeza que ese otro está comunicando. Y así se van perdiendo ocasiones.

Fraternalmente.