Lc 4, 21-30. Jesús está en Nazaret, es el día del sábado y como tenía la costumbre va a la sinagoga. Le dan el libro del profeta Isaías y lee una parte. Al terminar de leerla dice: “Hoy, en presencia vuestra, se ha cumplido este pasaje de la Escritura”.
Quiero subrayar la reacción de los paisanos de Jesús. La primera es positiva, de admiración por las palabras que salían de su boca. La segunda es de preguntarse por el origen de Jesús, lo conocían, sabían de donde venía y quien eran sus padres. Diciendo esto anulan la fuerza de su enseñanza. ‘Puesto que sabemos quién es y de donde viene, qué puede enseñarnos’. Detrás de esta reacción está ese pensamiento perverso de cierta superioridad, que impide abrirse a la novedad.

Veo que es algo que sucede a menudo entre los humanos. Los prejuicios, las ideas preconcebidas, los pensamientos ya hechos… impiden a menudo acoger la novedad que viene de quien quizás menos esperamos. Es la actitud de quien encerrándose en sí mismo es incapaz de reconocer la grandeza que ese otro está comunicando. Y así se van perdiendo ocasiones.
Fraternalmente.

