Mt 3,13-17. Sigo pensando en la fiesta del bautismo de Jesús, en lo que él pide y hace, en la voz que surge desde arriba revelando su verdadera identidad. “Este es mi Hijo querido, mi predilecto”.
Mi memoria se va a algunos años atrás en la sabana chadiana, acompañando grupos de catecúmenos que se preparaban para ser bautizados. Entre lectura y lectura de la palabra de Dios, apareció este mismo pasaje, y como esa luz que iluminó a Saulo camino de Damasco, el Espíritu quiso iluminarme sobre el sentido de las palabras que estaba escuchando.
Así, de pronto, comprendí el significado del bautismo: la revelación de parte de Dios Padre de ser su hijo amado, querido. Fue en silencio, no hubo sobresaltos, la jornada siguió trascurriendo como lo había hecho hasta entonces, pero en mi interior había un asombro agradecido y casi inmerecido: “soy hijo amado y querido por Dios”. La alegría instaló en mí una serenidad basada en la verdad de esa convicción.
Esas palabras que había escuchado, leído, explicado, estudiado, reflexionado tantas veces ahora se llenaban de vida. ¡Eran lo que expresaban! Hay una gran diferencia entre conocer intelectualmente y comprender interiormente el significado de la palabra de Dios. Desde entonces, ese momento carismático, con el que el Señor tocó mi entendimiento, lo considero como uno de esos pasos fundacionales de Dios en mi vida.
Mi bautismo, la revelación por parte de Dios de mi propia identidad, de quién soy realmente en su presencia: hijo amado y querido por Él. De este modo, la vida misionera no es otra cosa que compartir la revelación recibida para que otros muchos puedan acogerla igualmente.
Saludos fraternos.
Fernando García, sx




