Este es mi Hijo querido

Mt 3,13-17. Sigo pensando en la fiesta del bautismo de Jesús, en lo que él pide y hace, en la voz que surge desde arriba revelando su verdadera identidad. “Este es mi Hijo querido, mi predilecto”.

Mi memoria se va a algunos años atrás en la sabana chadiana, acompañando grupos de catecúmenos que se preparaban para ser bautizados. Entre lectura y lectura de la palabra de Dios, apareció este mismo pasaje, y como esa luz que iluminó a Saulo camino de Damasco, el Espíritu quiso iluminarme sobre el sentido de las palabras que estaba escuchando.

Así, de pronto, comprendí el significado del bautismo: la revelación de parte de Dios Padre de ser su hijo amado, querido. Fue en silencio, no hubo sobresaltos, la jornada siguió trascurriendo como lo había hecho hasta entonces, pero en mi interior había un asombro agradecido y casi inmerecido: “soy hijo amado y querido por Dios”. La alegría instaló en mí una serenidad basada en la verdad de esa convicción.

Esas palabras que había escuchado, leído, explicado, estudiado, reflexionado tantas veces ahora se llenaban de vida. ¡Eran lo que expresaban! Hay una gran diferencia entre conocer intelectualmente y comprender interiormente el significado de la palabra de Dios. Desde entonces, ese momento carismático, con el que el Señor tocó mi entendimiento, lo considero como uno de esos pasos fundacionales de Dios en mi vida.

Mi bautismo, la revelación por parte de Dios de mi propia identidad, de quién soy realmente en su presencia: hijo amado y querido por Él. De este modo, la vida misionera no es otra cosa que compartir la revelación recibida para que otros muchos puedan acogerla igualmente.

Saludos fraternos.

Fernando García, sx

No se puede empezar mejor el nuevo año

Ha sido el primero de enero. He viajado desde Roma a Bogotá. La razón es la visita a los compañeros javerianos que se encuentran en Colombia. El viaje ha sido largo, muchas horas de vuelo. Llegando al aeropuerto de El Dorado siento el calor humano de la acogida de este hermoso país. Enseguida hay que pasar por la inmigración. Éramos una marea humana. A causa del cansancio hay que tener una dosis mayor de paciencia y tomarse las cosas como vienen, con calma, esperando tu momento.

La señora que organizaba me indicó la ventanilla que me correspondía. Me encontré con un joven funcionario, muy amable. Le di el pasaporte. Tomó los datos de la identidad. Al final me preguntó que donde pensaba pasar la noche. Le indiqué la dirección de nuestra comunidad de Bogotá. Se quedó pensando y al momento me preguntó:

  • “¿es usted sacerdote?”. Le respondí afirmativamente.
  • “¿podría darme la bendición?”, me dijo.
  • “¿qué?”, le pregunté ante lo inesperado de la petición.
  • “Si puede darme la bendición. Es el primer día del año”, me respondió.
  • “¿Y dónde?”, le pregunté.
  • “Aquí mismo”.

Oré un momento y lo bendije en el nombre del Señor.

  •  “No hay mejor manera de empezar el nuevo año, con la bendición de Dios”, dijo con una cara sonriente. Lo agradeció y me dio la mano para el saludo final.

Un nuevo “guiño” del Señor. En este caso para darme la bienvenida en Colombia, tierra que piso por primera vez.

Empezar el nuevo año poniéndose en las manos de quien nos ofrece el don de la vida. No se puede empezar mejor, con la bendición de Dios.

¡Feliz año 2020!

Fernando García, sx