Una mirada

«Fijándose en Jesús que pasaba, dice: «He ahí el Cordero de Dios.»» (Jn 1,36-38) Se trata de Juan el Bautista que mira, se fija en Jesús y reconoce en Él el Cordero de Dios. Y enseguida lo indica a dos de sus discípulos que lo acompañaban.

Es un gesto muy sencillo: mirar a quien pasa, prestar atención, percibir lo que hay más allá de la apariencia. Es un gesto que indica que la persona está abierta a la sorpresa, a lo inesperado; que no vive para sí misma, encerrada en sus preocupaciones. Es un gesto que nos habla de relación, de atención al prójimo. Sencillamente mirar, escuchar. Dejarse tocar es la consecuencia.

Nuestra sociedad necesita personas que abren los ojos, que miran, que se detienen, que escuchan, que ofrecen la mano… Colaborar a que nuestro mundo sea un poco más humano inicia simplemente con eso, con una mirada.

«Tú eres mi Hijo, el Amado, mi Elegido.»

Mc 1,9-11. Recuerdo el momento en el que el Espíritu Santo me abrió el entendimiento para comprender lo que realmente significa el Bautismo de Jesús y, por consiguiente, mi propio bautismo. Comprender y acoger con asombro y agradecimiento estas palabras sobrecogedoras: “Fernando, tu eres mi hijo a quien amo profundamente”.

Gracias, Padre, por darme la vida, y en ella la invitación a colaborar contigo, mano en la mano, en la realización de tu proyecto de amor para nuestro mundo.