El mejor regalo: Jesucristo

Cuando estoy aterrizando en Roma me llega un mensaje desde el Chad. Dice así: «Cuando uno se va a otro lugar, deja a la familia y a los amigos algún recuerdo. No es esto lo que te pido en este momento, pues a mí personalmente me has dado un regalo que no lo olvidaré nunca, es Jesucristo que nos has dejado en el Chad. Una sola cosa te pido, ora al Señor por mí.»

Doy gracias al Señor por el don de la vida misionera: lo que gratis recibí, el don de la fe cristiana, lo doy gratis. La dinámica evangélica nos recuerda que es cuando se da que se recibe.

El grito de ayuda de un pastor misionero

Llegué esta mañana a Roma. El viaje desde Douala fue bien, tranquilo. A partir de ahora empiezo el nuevo servicio que mis hermanos javerianos me han confiado para estos próximos seis años.

Esta tarde vino a vernos el administrador apostólico de la diócesis de Tete, en el norte de Mozambique. Tenemos una comunidad javeriana en esta diócesis. Durante el capítulo general leímos un mensaje que nos envió. Nos presenta la realidad de la diócesis, 100 000 kmº, una parte grande sin evangelizar por falta de misioneros. Nos pide de aumentar nuestra presencia con otra comunidad para poder atender una zona que está muy descuidada por parte de la Iglesia.

Así comenzamos, con el grito de un pastor misionero que pide ayuda.  ¿Podremos responderle positivamente? Recuerdo las palabras de san Pablo a los cristianos de Roma: «Todo el que invoque el nombre del Señor se salvará. Pero, ¿cómo lo invocarán si no han creído en él? ¿Cómo creerán si no han oído hablar de él? ¿Cómo oirán si nadie les anuncia? ¿Cómo anunciarán si no los envían? Como está escrito: ¡Qué bellos los pies de los heraldos de buenas noticias!” (Rom 10,13-15)

Y me confío a las palabras de Jesús: «La mies es abundante y los obreros son poco numerosos. Rogad pues al Señor de la mies que envíe obreros a su mies» (Mt 9,37-38)

TETE: Región nº 10

Proclamar el reinado de Dios

Lc 9,1-6. Jesús convoca a los Doce y les da autoridad y poder sobre todos los demonios y enfermedades. Y los envía a proclamar el reino de Dios.

El demonio es sinónimo de fuerza destructiva, deshumanizante, alienante. Pues bien, Jesús da el poder y la autoridad a los Doce para liberar a toda persona poseída por esta fuerza del mal. Precisamente es esa una de las tareas del reino de Dios: humanizar a la persona que ha perdido la dignidad humana.

Este mandato de Jesús los Doce deben hacerlo apoyándose no en seguridades humanas sino en la providencia de Dios, que es confianza sin límites en su promesa.

Palabra y vida. Hay que respetar los niveles. Es Jesús quien envía. El misionero, el enviado, acoge la invitación de Jesús de colaborar con Él en la proclamación del reinado de Dios. La misión es de Jesús, de Dios, a la cual nos asocia.

El misionero del reinado de Dios prestará mucha atención a no dejarse llevar por la ilusión de una falsa seguridad basada sobre las cosas materiales. Por el contrario, se dejará conducir por la providencia de Dios que se manifiesta en la acogida que le harán personas diferentes, en lugares distintos, que encontrará en el camino misionero.

Ejercicio en este día: del fondo de mi corazón agradezco a Jesús de haberme asociado a la misión extraordinaria del reinado de Dios. Le presento personas que conozco, con nombre y apellidos, que viven alienadas por ‘fuerzas’ deshumanizadoras.

La familia de los hijos de Dios

Lc 8,19-21. Le dicen a Jesús que su madre y sus hermanos están fuera y que quieren verlo. Jesús mira a su alrededor y dice sencillamente: ‘mi madre y mis hermanos son los que escuchan la palabra de Dios y la ponen en práctica’.

“La luz verdadera que ilumina a todo hombre estaba viniendo al mundo. En el mundo estaba, el mundo existió por ella, y el mundo no la reconoció. Vino a los suyos y los suyos no la acogieron. Pero a los que la acogieron, a los que creen en ella, los hizo capaces de ser hijos de Dios: quienes no han nacido de la sangre ni del deseo de la carne, ni de deseo del varón, sino de Dios (Jn 1,9-13)

Palabra y vida. Hay la familia humana y la familia espiritual. En la primera es la sangre la que une; en la segunda es la escucha y puesta en práctica de la palabra de Dios: es la familia de los hijos de Dios.

Ejercicio en este día: doy gracias a Dios por pertenecer a su familia. Al mismo tiempo, con su ayuda, me esfuerzo en poner en práctica la palabra de Dios: cosas sencillas, gestos aparentemente insignificantes, palabras al oído… Pequeñas cosas que van revelando a nuestro su verdadera naturaleza.

¡Qué grande es la fe!

El Domingo pasado celebré la Eucaristía en una de las parroquias que tenemos en Bafoussam. Llevaba tiempo sin celebrarla con esta comunidad parroquial, más de un año. Era el momento para saludarlos visto que me quedan pocos días por aquí, y compartir la palabra de Dios y la Eucaristía. Aproveché para invitarlos a crecer en la misionariedad que es constitutivo de la identidad eclesial. Salir, ir, anunciar más allá de las ‘fronteras’ de la comunidad cristiana, compartir con gozo y alegría el tesoro que se nos ha dado.

Al final, cuando estaba saludando a los feligreses, siento que una pequeña mano me toca por detrás. Me vuelvo y me encuentro con una preciosa niña de unos siete u ocho años que me da la mano para saludarme y me dice: ‘gracias, padre, porque has venido a celebrar la Eucaristía con nosotros’. Me quedé como se suele decir ‘pasmaó’. Que una niña pequeña me dé las gracias por haber celebrado la Eucaristía con ellos, me quito el sombrero. ¡Qué regalo! ¡Qué grande es la fe!

Angèle et Antoine han venido esta tarde a saludarme. Jóvenes, 22-23 años, muy integrados en la comunidad cristiana. Antonio es lector y Angèle organiza y forma a los monaguillos. Ambos estudian en la universidad. Desde hace algún tiempo proyectan la idea de forma una familia. Por el momento son jóvenes y son todavía dependientes a nivel económico. Algunas veces han venido para charlar un poco, intercambiar, pedir consejo… Aprovechan también para realizar el sacramento de la reconciliación. Esta tarde vinieron para saludarme. Saben que mañana me voy para Roma y querían estar un poquito conmigo. Me trajeron un regalito que lo muestro en la foto: un rosario. Me ha emocionado. “En el nuevo servicio que tienes que hacer, la oración te será de mucha ayuda”, me dice Angèle. Abre el bolso y saca una cajetita con el rosario dentro. ¡Precioso! Les doy las gracias de todo corazón y les digo que cada vez que rezaré el rosario oraré por ellos y por el proyecto de vida en común que tienen. Oramos y les doy la bendición. ¡Qué grande es la fe! El mundo, una familia.

Thierry

Esta mañana después de la Eucaristía he ido a llevar la comunión a Thierry.  Hace siete años tuvo un accidente, estaba esperando a un amigo, un camión pasó y se lo llevó. La consecuencia es una parálisis total que le obliga a pasar la mayor parte del tiempo en la cama, sin movimiento, depende totalmente de la familia. Su esposa, con quien tenía cinco hijos, lo abandonó al poco del accidente. Alegó que no podía llevar una vida sentimental normal, y que era todavía joven.

Thierry, después de haber hecho un master en gestión económica había conseguido un buen trabajo. De la noche a la mañana todo se vino abajo. Ha pasado momentos muy duros, de dudas, desesperación, ha recorrido diversos grupos sectarios que le prometían la curación a base de oraciones… Hasta que un día tuvo como una revelación, una especie de luz, de claridad en su vida, me dice. Asumió su nueva situación y se puso en las manos de Dios, Desde entonces vive con serenidad y confianza. El hermano mayor, con su familia, se ocupa de él.

Hace un par de semanas llamó por teléfono a la comunidad: «llevo días sin recibir el alimento de Jesús».  Y me dijo: «mi espíritu necesita la Eucaristía». Esta mañana, cuando he entrado, lo he encontrado en la cama. Estaba viendo una programa dominical en la TV. Llama al hijo para que apague la TV. Iniciamos la oración. Después del Evangelio y un pequeño comentario de mi parte, lo invito a hacer una oración: «gracias, Señor Jesús, porque has venido a mi casa».  Me quedo callado, en silencio. ¿Qué decir? «Señor, aumenta mi fe».

Id también vosotros a mi viña

Lc 20,1-16. Es una parábola que nos habla del reinado de Dios. En ella se nos presenta a un señor que es propietario de una viña que necesita obreros para trabajar. Sale por la mañana temprano, sale a media mañana, sale a mediodía, sale al inicio de la tarde y sale cuando queda poco sol. “¿Qué hacéis aquí parados todo el día sin trabajar? – Nadie nos ha contratado. – Id también vosotros a mi viña”.

Es la imagen de Dios nuestro padre que ha creado el mundo y que invita continuamente a trabajar en su viña. Y para todos,  el de la primera y el de la última hora, la misma recompensa : la alegría de hacer el trabajo de Dios.

Dicen los padres de la Iglesia que Dios ha creado el mundo sin nuestra colaboración, pero para salvarlo no puede hacerlo sin nosotros. ¡Qué gran don, qué privilegio y qué responsabilidad!

Palabra y vida. ¿Cuál es el trabajo de Dios? Cosas muy sencillas, respetar a Dios, no mentir, no robar, no cometer adulterio, honrar a tus semejantes, ser justo, sonreír, comprender, perdonar, echar una mano, acoger a quien lo necesita… Cosas a nuestro alcance. Con ellas y otras parecidas ayudamos a que el reinado de Dios vaya manifestando su belleza.

Ejercicio en este día: colaboro activamente y con alegría en el trabajo de Dios

La parábola del sembrador

Lc 8,4-15. ¡Qué maravilla! La madre de las parábolas. La buena semilla, la palabra de Dios, que es sembrada en el corazón humano. Aridez, falta de humedad, dos pies en dos caminos. La palabra de Dios no puede dar fruto. Sólo la buena tierra permite a la palabra de Dios dar frutos buenos, generosos y abundantes.

Escuchar la palabra de Dios sin comprenderla, sin dejarla reposar, sin darle tiempo para que entre y se quede. Es fácil presa para el diablo, esta fuerza viva que quiere continuamente separarnos de nuestro Origen y Creador.

Sólo con la humedad la semilla comienza a germinar y llega a dar los frutos propios. La escucha atenta y meditativa de la palabra de Dios, el diálogo íntimo con el Señor, la frecuencia de los sacramentos principales, Eucaristía y Reconciliación, la confrontación con una persona “hecha en la fe”, es la humedad que hace fecunda la palabra de Dios en el corazón humano.

Una vida centrada en sí mismo, sin más horizonte que el propio ombligo, sin más pasión que la sensualidad, la riqueza egoísta, la preocupación egocéntrica, el hedonismo, son virus mortales para la palabra de Dios.

Palabra y vida. Para que la palabra de Dios de buenos y generosos frutos es necesaria la colaboración humana, una inteligencia, una afectividad y una voluntad que se van unificando en torno a Dios.

Ejercicio en este día: doy al menos un par de frutos de la bondad de Dios.

La pasión del corazón

Lc 8,1-3. Allí por donde va pasando, Jesús anuncia y proclama la Buena Noticia del reinado de Dios. No se cansa.

«¡Qué hermosos son sobre los montes los pies del mensajero que anuncia la paz, que trae la buena nueva, que pregona la victoria, que dice a Sion: ya reina tu Dios!” (Is 52,7)

Y no va solo. Junto a los discípulos lo acompañan María de Magdala, Juana mujer de Cuza, administrador de Herodes, Susana y otras muchas, que los atendían con sus bienes.

Palabra y vida. La boca habla de lo que hay en el corazón. Cuando hay una pasión, esta te acompaña continuamente. Todo tu ser (inteligencia, afectividad y voluntad) está a su servicio.

Ejercicio en este día: hago como Jesús, aprovecho una ocasión para anunciar la Buena Noticia del reinado de Dios.

Sígueme


Mt 9,9-13
. San Mateo. Fue suficiente una palabra –“Sígueme”– para cambiar la vida de una persona, Mateo.

¿Fue la mirada de Jesús, las palabras que salían de su boca, su comportamiento? Esa palabra dirigida al corazón de Mateo caló hondo. “Se levantó y le siguió”

Palabra y vida. Hay palabras que salvan, ayudan, trasmiten vida, revelan la propia identidad.

Ejercicio en este día: me dejo mirar por Jesús y escucho lo que Él quiere decirme en este momento de mi vida. Al mismo tiempo pronuncio palabras que engendran vida, entusiasmo, ánimo; palabras que valorizan.