Lc 7,31-35. Oyendo todo lo que se oía de Jesús, Juan Bautista envía a dos de sus discípulos para que le pregunten si es el Mesías o hay que esperar a otro. Jesús les muestra lo que hace y los devuelve hacia quien los ha enviado para que se lo cuenten.
Una de las grandes tentaciones en la vida cotidiana es no estar presente en el momento presente. Hay danzas de alegría y no se danza, hay cantos de tristeza y no se llora. ¡Qué pena! Es como si la vida no existiese más allá de sí mismo y de sus propias fijaciones.
Sólo quien vive en el momento presente, en el aquí y en el ahora, alejándose de la murmuración, del cotilleo, es capaz de darse cuenta de la sabiduría de Dios.
Palabra y vida. ¡Qué difícil es escuchar cuando se cierran los oídos y ver cuando se mira para otro lado, y amar cuando el corazón se hace insensible! ¡Qué difícil es amar cuando se vive fuera de sí mismo, cuando se malbarata la vida criticando, ofendiendo, hiriendo…!
Dios se manifiesta y en el aquí y en el ahora de mi vida, a menudo de una manera muy sencilla, casi sin darse cuenta. Y sin embargo ahí está.
Ejercicio en este día: valoro positivamente la presencia de Dios en los dones recibidos por las personas con las que estoy o voy a estar en relación en este día. Y se lo digo al menos a una de ellas.





Jn 19,26-27. Nuestra Señora, la Virgen de los Dolores. “Jesús, viendo a su madre y al lado al discípulo amado, dice a su madre: —Mujer, ahí tienes a tu hijo. Después dice al discípulo: —Ahí tienes a tu madre. Y desde aquel momento el discípulo se la llevó a su casa”.
Jn 3,16-17. La Santa Cruz. “Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único, para que quien crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna. Dios no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino que para que el mundo se salve por medio de él.”