La sabiduría de Dios

Lc 7,31-35. Oyendo todo lo que se oía de Jesús, Juan Bautista envía a dos de sus discípulos para que le pregunten si es el Mesías o hay que esperar a otro. Jesús les muestra lo que hace y los devuelve hacia quien los ha enviado para que se lo cuenten.

Una de las grandes tentaciones en la vida cotidiana es no estar presente en el momento presente. Hay danzas de alegría y no se danza, hay cantos de tristeza y no se llora. ¡Qué pena! Es como si la vida no existiese más allá de sí mismo y de sus propias fijaciones.

Sólo quien vive en el momento presente, en el aquí y en el ahora, alejándose de la murmuración, del cotilleo, es capaz de darse cuenta de la sabiduría de Dios.

Palabra y vida. ¡Qué difícil es escuchar cuando se cierran los oídos y ver cuando se mira para otro lado, y amar cuando el corazón se hace insensible!   ¡Qué difícil es amar cuando se vive fuera de sí mismo, cuando se malbarata la vida criticando, ofendiendo, hiriendo…!

Dios se manifiesta y en el aquí y en el ahora de mi vida, a menudo de una manera muy sencilla, casi sin darse cuenta. Y sin embargo ahí está.

Ejercicio en este día: valoro positivamente la presencia de Dios en los dones recibidos por las personas con las que estoy o voy a estar en relación en este día. Y se lo digo al menos a una de ellas.

¡No llores!

Lc 7,11-17. Acercándose a Naim, Jesús ve el entierro de un joven. Se interesa por él. Le dicen que es hijo único de una mujer viuda. Inmediatamente siente compasión por esta mujer. Se acerca y le dice: ¡No llores!

Jesús abre los ojos, los oídos y el corazón. De ahí salen las palabras que dan vida.

Palabra y vida. Ojos para ver, oídos para oír, corazón para sentir y ponerse en la piel del otro, boca para dar palabras de consuelo y manos para ayudar.

Ejercicio en este día: me dejo interpelar por la situación de sufrimiento que viven personas que veo con mis ojos y escucho con mis oídos. Doy una palabra de consolación y de vida al menos a una persona que lo necesita en este día.

Ofrecer el perdón

Mt 18,21-35. Pedro quiere saber cuántas veces tiene que perdonar a quien le ofende repetidamente. Propone un número: siete. Jesús ve que detrás de la pregunta hay buena voluntad, pero que está lejos de comprender la manera de ser de Dios.

El perdón no conoce límites. Es un don y se da como tal. Es verdad que para llegar a este punto es necesario haber pasado/vivido por la experiencia de haber metido la pata, y por consiguiente haber hecho mal y daño al prójimo, y al mismo tiempo sentirse perdonado, es decir amado en el pecado, en la fragilidad de la vida.

Palabra y vida. El perdón hace bien a quien lo da y a quien lo recibe. Ofrecer el perdón desinteresadamente muestra que se es genuinamente humano, en lo que la naturaleza humana tiene de bello y sublime.

Ejercicio en este día: si hay algún perdón no ofrecido en mi vida, miro a Jesús en la Cruz y lo ofrezco a la persona ofendida.

Dar buenos frutos

Lc 6,43-49. “Un buen árbol no puede dar frutos malos”. Es algo evidente lo que Jesús enseña. Conviene recordar que el Señor nos ha creado para que demos buenos frutos. Y nos ha dado la capacidad para ello: la fuerza y sabiduría de su Espíritu.

Palabra y vida. Los fundamentos y, por consiguiente, la estabilidad de la vida del discípulo, según la imagen de la casa construida sobre la roca, dependen de los buenos frutos que de. He aquí “el fruto del Espíritu: amor, gozo, paz, paciencia, amabilidad, bondad, fidelidad, modestia, dominio propio…  El Espíritu nos ha dado la vida; es necesario que dirija nuestra manera de ser y de comportarnos” (Gal 5,22-23.25)

Ejercicio en este día: me dejo llevar y conducir por la fuerza de amor del Espíritu, y por consiguiente me esfuerzo es dar buenos frutos.

Intención del Papa para Septiembre

Orar por la intención del papa Francisco para este mes de Septiembre: “Por nuestras parroquias, para que animadas de un espíritu misionero, sean lugares de comunicación de la fe y de testimonio de la caridad.”

¡Madre!

Jn 19,26-27. Nuestra Señora, la Virgen de los Dolores. “Jesús, viendo a su madre y al lado al discípulo amado, dice a su madre: —Mujer, ahí tienes a tu hijo.  Después dice al discípulo: —Ahí tienes a tu madre. Y desde aquel momento el discípulo se la llevó a su casa”.

Momentos antes de su muerte, en la cruz, Jesús confía el discípulo amado a su madre para que lo acoja como su propio hijo. Y a continuación, confía al discípulo amado su madre para que la acoja como su propia madre. Y es lo que hace.

Palabra y vida. Me emociono al escuchar de los labios de Jesús en la Cruz darle al discípulo amado su madre como la suya. Y al mismo tiempo darle a su madre como hijo al discípulo amado. Desde entonces, en la vida de la Iglesia, María es nuestra madre y nosotros somos sus hijos.

Una de las devociones a María con la que me siento muy identificado y oro a menudo es la de “María, que desatas los nudos difíciles”. A menudo confío a nuestra madre nudos difíciles que se presentan en mi vida o en la vida de las personas que conozco. Tarde o temprano, con mayor o menor dificultad, ese nudo se va desliando.

Nuestra Madre, ¡qué gran don de nuestro Señor Jesucristo!

Ejercicio en este día: echo un rato de diálogo con María, mi madre. La pongo al corriente del momento actual de mi vida. Le presento un nudo difícil, que engendra sufrimiento, que está presente en mi vida o en la de una persona querida. Y esto lo hago por espacio de nueve días.

 

Monique

Esta tarde después de una buena lluvia he ido a saludar a los miembros del grupo ‘palabra de Dios’, que se reunen cada Jueves por la tarde. Cuando he terminado y volvía a casa, en la penunbra oígo un saludo, me vuelvo y reconozco a Monique. Nos saludamos y me pregunta: ‘pero desde cuándo estás aquí?’. Iniciamos una pequeña conversación y como va cayendo la noche le digo que debo marcharme. Y de golpe, como si es lo que estuviese esperando, me dice: ‘pero padre ven a bendecir mi nueva habitación. Sabes, estoy mudándome y quiero que la bendigas’. Intento decirle que es tarde y que es mejor otro día, pero nada, insiste e insiste.

Conozco a Monique desde hace años. Casada, con dos hijas, en torno a los 40 añós, hace unos años sufrió un trauma muy grande que le ha desequilibrado su vida cuando su marido la abandonó. Desde entonces no encuentra la paz. Vive sola. Con una constitución  psicológica frágil, desborda con mucha facilidad en lo espiritual. Poco a poco ha ido degenerando, se siente continuamente amenazada por fuerzas invisibles fruto de su imaginación. Recobra un poco de paz cuando se desahoga hablando y terminamos orando. Venía siempre con una botella grande de agua y un poco de sal para que la bendijese. Y repartía con un poco de serenidad. La soledad, el vacío juegan un rol muy negativo en su vida.

Con el dinero que el marido le dejó ha podido hacer Magisterio. Me dice que ha terminado, pero no ha encontrado trabajo. Echa su dossier pero no la llaman. De ahí a entrar en una depresión no hay más que un paso.

La acompaño hasta la nueva habitación. Me la muestra, está situada en un riconcito. Le pide a la vecina la lámpara, pues no hay electricidad. Abre la puerta, entro,  el techo está agujereado lo que hace que haya goteras abundantes… La noche ya está encima. Oramos, bendigo la habitación y a Monique. En un ángulo está la botella de agua y la bolsilla con la sal. Las bendigo también. Y termino desándole una buena noche. ‘Gracias, gracias padre. Buenas noches’, me responde.

Volviendo a casa, no puedo de dejar de pensar en Monique. Una persona frágil psicológicamente, víctima del abandono, viviendo en la soledad, en la miseria. Y como ella, desgraciadamente, hay otras muchas personas.

¡Qué misterio de amor!

Jn 3,16-17. La Santa Cruz. “Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único, para que quien crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna. Dios no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino que para que el mundo se salve por medio de él.”

¡Qué misterio de amor!

Palabra y vida. La cruz, símbolo de una vida dada y entregada para que otros puedan tener vida.

Ejercicio en este día: pienso y medito el sentido profundo de la cruz. Pido al Señor la gracia de amar el mundo, la sociedad, cada grupo humano y cada rostro que encuentro. Renuevo el ofrecimiento de mi vida al Señor.

La transmisión de la fe

Esta mañana, cuando he terminado la celebración de la Eucaristía, después de saludar y bendecir a muchos niños, me está esperando un señor, me saluda y me presenta a sus cuatro hijos. Es nuevo en el barrio y está buscando una parroquia cercana. Le han señalado nuestra capilla y ahí ha venido. Me pregunta por el horario de la Eucaristía y cuáles son las Iglesias cercanas. Dialogamos un rato. Al final me dice,

– «mis dos hijos mayores quieren verte».

– «¿Y para qué?» le pregunto.

-«Quieren confesarse».

Los acojo individualmente. Tienen entre los 13 y 15 años. Hacen una bonita confesión. Me impresiona el rigor: «hace x tiempo que no me he confesado; pido perdón al Señor por todos mis pecados, que son los siguientes: …» Dialogo un poquito con cada uno. Me doy cuenta del grado de conciencia que tienen: reconocen el mal, pequeño o mediano, que han hecho, y manifiestan un buen grado de arrepentimiento.  Me pregunto: ¿quién los ha formado para que tenga este nivel de vida cristiana? Cuando termina el menor, salgo, y ahí está el padre esperando con un rostro sereno y alegre. Le digo que la Eucaristía dominical la celebramos a las 7h30.

-«Gracias, padre, hablaré con mis hijos»

Detrás de la fe de estos chavales está la fe del padre.