Lc 6,43-49. “Un buen árbol no puede dar frutos malos”. Es algo evidente lo que Jesús enseña. Conviene recordar que el Señor nos ha creado para que demos buenos frutos. Y nos ha dado la capacidad para ello: la fuerza y sabiduría de su Espíritu.

Palabra y vida. Los fundamentos y, por consiguiente, la estabilidad de la vida del discípulo, según la imagen de la casa construida sobre la roca, dependen de los buenos frutos que de. He aquí “el fruto del Espíritu: amor, gozo, paz, paciencia, amabilidad, bondad, fidelidad, modestia, dominio propio… El Espíritu nos ha dado la vida; es necesario que dirija nuestra manera de ser y de comportarnos” (Gal 5,22-23.25)
Ejercicio en este día: me dejo llevar y conducir por la fuerza de amor del Espíritu, y por consiguiente me esfuerzo es dar buenos frutos.

