Ha sido el primero de enero. He viajado desde Roma a Bogotá. La razón es la visita a los compañeros javerianos que se encuentran en Colombia. El viaje ha sido largo, muchas horas de vuelo. Llegando al aeropuerto de El Dorado siento el calor humano de la acogida de este hermoso país. Enseguida hay que pasar por la inmigración. Éramos una marea humana. A causa del cansancio hay que tener una dosis mayor de paciencia y tomarse las cosas como vienen, con calma, esperando tu momento.
La señora que organizaba me indicó la ventanilla que me correspondía. Me encontré con un joven funcionario, muy amable. Le di el pasaporte. Tomó los datos de la identidad. Al final me preguntó que donde pensaba pasar la noche. Le indiqué la dirección de nuestra comunidad de Bogotá. Se quedó pensando y al momento me preguntó:
- “¿es usted sacerdote?”. Le respondí afirmativamente.
- “¿podría darme la bendición?”, me dijo.
- “¿qué?”, le pregunté ante lo inesperado de la petición.
- “Si puede darme la bendición. Es el primer día del año”, me respondió.
- “¿Y dónde?”, le pregunté.
- “Aquí mismo”.
Oré un momento y lo bendije en el nombre del Señor.
- “No hay mejor manera de empezar el nuevo año, con la bendición de Dios”, dijo con una cara sonriente. Lo agradeció y me dio la mano para el saludo final.
Un nuevo “guiño” del Señor. En este caso para darme la bienvenida en Colombia, tierra que piso por primera vez.
Empezar el nuevo año poniéndose en las manos de quien nos ofrece el don de la vida. No se puede empezar mejor, con la bendición de Dios.
¡Feliz año 2020!
Fernando García, sx



Fernando, me ha encantado esta narración, que bien empezar el año pidiendo la bendición de Dios