Hambre de …

Mt 4,1-11. «Y al final sintió hambre». Esta afirmación está situada en la escena de lo que conocemos como las tentaciones de Jesús en el desierto. Inmediatamente después de ser bautizado, el Espíritu de Dios lo conduce al desierto para ser tentado. Así nos lo dice la palabra de Dios. «Guardó un ayuno de cuarenta días con sus noches y al final sintió hambre».

El hambre como esa tendencia que acompaña al ser humano de estar en el centro, de ser más que los otros, de creerse superior, de tomar el camino más fácil, ese que no comporta sacrificios, de permitirse todos los caprichos … «Sintió hambre». Me alegra ver a Jesús así: tentado, es decir, dividido en sí mismo, con un cierto desconcierto y algo de sufrimiento. Sentir el deseo, pero saber que ese no es el camino. Y volver a sentirlo, y seguir sabiendo que ese no es el camino. Me alegra ver a Jesús, al Hijo de Dios, así de humano, como yo.

Y cuando el Tentador, que astutamente quiere desviarlo del verdadero camino, lo tiene contra las cuerdas, he aquí que surge del fondo de su corazón lo más precioso que tiene: la palabra de Dios. Esa es su fuerza contra el mal. No hay otra. Es esa palabra eterna que lo salva.

Para que la Palabra de Dios nos salve, especialmente en aquellas situaciones donde somos extremadamente vulnerables, ésta tiene que estar en nuestro foro interno, tiene que habitarnos, y no como simple huésped. A este propósito me gusta recordar las siguientes palabras del libro de los Proverbios: «Él me instruía así: conserva mis palabras en la memoria, guarda mis preceptos y vivirás; adquiere sensatez, adquiere inteligencia, no la olvides, no te apartes de mis consejos; no la abandones, y te guardará; ámala y te protegerá» (Prov 4,4-6)

¡Feliz camino Cuaresmal!

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