Confianza

Mc 1,16-20. Todo parece espontáneo. Sucedió un día, no sabemos exactamente la fecha. Jesús caminaba por el lago de Galilea. Vio a unos pescadores y parece que casi sin pensarlo no se le ocurrió otra cosa que pedirles que lo siguieran. Y para asombro de quien lee, lo dejan todo y lo siguen. Eso sí, les hizo una promesa: de ahora en adelante serán pescadores de hombres. ¿Cómo? La respuesta queda en el aire.

Apenas iniciado el evangelio de Marcos, nos encontramos con que Jesús llama a personas concretas, sencillas, trabajadores que se ganan el pan con el sudor de la frente. ¿Quién conocía a quién? ¿Jesús a estos pescadores? ¿Ellos a Jesús? Sucede un hecho real: lo dejan todo y lo siguen. Inician de esta manera un camino sin saber dónde los llevará. Uno puede imaginar que esto sólo lo pueden hacer personas desequilibradas mentalmente.

Quizás hay un hecho que no logramos ver en un primer momento y que se convierte en fundamental: se fían de Jesús. Inician este nuevo camino confiando plenamente en Jesús. La confianza es tan grande en Él, que dejan todo lo conocido, lo que daba seguridad a sus vidas, y lo siguen.

Me viene al pensamiento las conocidas palabras de Teresa del Niño Jesús: “Es la confianza y sólo la confianza las que nos lleva al Amor”.

« Tú, Dios mío, eres mi pastor; contigo nada me falta. Me haces descansar en verdes pastos, y para calmar mi sed me llevas a tranquilas aguas. Me das nuevas fuerzas y me guías por el mejor camino, porque así eres tú.

Puedo cruzar lugares peligrosos y no tener miedo de nada, porque tú eres mi pastor y siempre estás a mi lado; me guías por el buen camino y me llenas de confianza.

Aunque se enojen mis enemigos, tú me ofreces un banquete y me llenas de felicidad; ¡me das un trato especial!

Estoy completamente seguro de que tu bondad y tu amor me acompañarán mientras yo viva, y de que para siempre viviré donde tú vives » (Sal 23).

Jesús increpa a la fiebre

“Salió de la sinagoga y entró en casa de Simón. La suegra de Pedro estaba con fiebre muy alta y le suplicaban que hiciera algo por ella. Él se inclinó sobre ella, increpó a la fiebre y se le fue. Inmediatamente se levantó y se puso a servirles” (Lc 4,38-39).

Cada vez que encuentro esta parte del evangelio, mi atención va hacia esa fiebre que envuelve a la suegra de Simón. Ver a Jesús inclinándose hacia ella e increpar a la fiebre. Y al instante esta desaparece, abriendo un nuevo escenario: la suegra de Simón se levanta inmediatamente y se pone al servicio de ellos.

Si Jesús la increpa quiere decir que la fiebre es representativa de una fuerza poderosa que puede dominar al ser humano imponiéndole sus propios criterios y su manera particular de concebir la vida: vivir para sí, aislándose de los demás.

Pero quien tiene fiebre no está bien, hay un malestar general que invade todo su cuerpo, y al mismo tiempo repercute negativamente en el equilibrio y en la serenidad de los que viven alrededor. Necesita ser sanado para recuperar la alegría de vivir. Y eso es lo que hace Jesús, que tiene el poder para realizarlo, para poner a la persona en la dirección justa: vivir con alegría pensando en el bien de los demás y ayudando a que se realice.

Y así sucede el milagro del reino de Dios: que cuando se mira y se piensa en los demás, se olvidan las penas propias.

¡Sé abundantemente bendecido por el Señor!

Fraternamente,

Fernando García, sx