Habíamos quedado con Paolo y su familia. No los conocía personalmente. Quería agradecerle de viva voz la generosidad que han tenido con la misión que el Señor nos ha confiado en Camerún y Chad.

Paolo nos esperaba al borde del lago, allí donde tiene su trabajo. Nos invitó a dar una vuelta con una barca. Una experiencia gratificante. Me invitó a conducirla y yo sin mucha maestría en ello cojí el volante. Y mientras hacíamos el recorrido íbamos hablando, compartiendo cosillas de la misión y de su familia. Me hablaba emocionado de su esposa y de sus hijos, me mostraba el paisaje, los pueblecillos de la ribera… Y me habló de su fe, de lo importante que era Dios en su vida, de la peregrinación a Medjugore, de su parroquia, del párroco… Y hablando de su familia, me dijo: «El mayor regalo que Dios ha podido hacerme es la fe de mis hijos». Lo confieso, en ese momento yo también me emocioné.

