Lc 5,1-11. El elemento que ayuda a comprender esta escena es la presencia/ausencia de la palabra de Dios, y por consiguiente de Jesús mismo, en la vida de la comunidad cristiana y consecuentemente en la del discípulo.
Simón salió por su cuenta a pescar, pasó toda la noche y no trajo nada. Por la mañana, cuando no era la hora de pescar, Jesús le invita a ir mar adentro y echar las redes. Desconfiado e inseguro, pero apoyándose en las palabras que acababa de escuchar, echa las redes. Y ahí descubrió quién era realmente y quién era el que estaba delante: “¡Apártate de mí, Señor, que soy un pobre pecador!”.
Sobre su fragilidad, Jesús le confía a Simón Pedro la misión de ser de ahora en adelante pescador de hombres.

Palabra y vida. Hay una diferencia grande, como entre la noche y el día: escuchar la palabra de Dios y dejarse guiar por ella, y escucharse a sí mismo dejando de lado al Señor. La fuerza del discípulo misionero de Jesús no reside en él mismo, en sus cualidades o en el puesto que ocupa, sino en quién lo envía, el Señor Jesús. ¡No hay que dejarse engañar!
Ejercicio para este día: parar ir mar adentro con confianza, serenidad y determinación, hago un buen momento de oración íntima, de corazón a corazón, con el Señor Jesús. Leo y medito el Evangelio de Jesús cada día.

