Esta mañana, cuando he terminado la celebración de la Eucaristía, después de saludar y bendecir a muchos niños, me está esperando un señor, me saluda y me presenta a sus cuatro hijos. Es nuevo en el barrio y está buscando una parroquia cercana. Le han señalado nuestra capilla y ahí ha venido. Me pregunta por el horario de la Eucaristía y cuáles son las Iglesias cercanas. Dialogamos un rato. Al final me dice,
– «mis dos hijos mayores quieren verte».
– «¿Y para qué?» le pregunto.
-«Quieren confesarse».
Los acojo individualmente. Tienen entre los 13 y 15 años. Hacen una bonita confesión. Me impresiona el rigor: «hace x tiempo que no me he confesado; pido perdón al Señor por todos mis pecados, que son los siguientes: …» Dialogo un poquito con cada uno. Me doy cuenta del grado de conciencia que tienen: reconocen el mal, pequeño o mediano, que han hecho, y manifiestan un buen grado de arrepentimiento. Me pregunto: ¿quién los ha formado para que tenga este nivel de vida cristiana? Cuando termina el menor, salgo, y ahí está el padre esperando con un rostro sereno y alegre. Le digo que la Eucaristía dominical la celebramos a las 7h30.
-«Gracias, padre, hablaré con mis hijos»

Detrás de la fe de estos chavales está la fe del padre.

