Lc 10,17-24. Los discípulos y Jesús manifiestan un gran sentimiento interior: la alegría. Los primeros se alegran al ver el resultado de lo que hacen ellos mismos. Jesús, por el contrario, recibe la alegría como un don del Espíritu, que le permite ver allí donde los ojos humanos no llegan.

Palabra y vida. La alegría es uno de los grandes regalos del Espíritu. No se puede forzar. Es fruto de una actitud: dejarse guiar por Dios, vivir en la confianza cotidiana sin condiciones. “Es dando que se recibe, es olvidándose de sí mismo que uno se encuentra”.
Ejercicio en este día: intento compartir la alegría que Dios me regala de manera múltiple: escuchando, comprendiendo, estando atento a quien lo necesita, haciendo bien el servicio que se me encarga… «Señor, que allí donde haya tristeza, ponga yo alegría».

