Mc 7,14-23. Cuando se habla del “corazón” humano, me gusta utilizar la imagen del jardín. Quien ama el jardín, lo cuida con mucho detalle. Es como si todo estuviese programado: las semillas que se siembran, las plantas que crecen, las flores que aparecen, el césped que da suavidad… Lo que no embellece, se quita y se tira fuera.

El “jardín interior” debe de ser cuidado de la misma manera. Da los frutos de las semillas que se siembran. Si son buenas, dan frutos buenos, deliciosos, espléndidos, maravillosos; esos que invitan a la contemplación. Si, por el contrario, las semillas no son buenas, si no han sido seleccionadas, el jardín interior no atraerá la atención, se pasará al lado de él ignorándolo. Nadie hablará bien de él.
Cada uno es el jardinero de su jardín interior. La boca habla de lo que hay dentro.

