El desierto de la vida

Lc 4, 1-13. Primer Domingo de la Cuaresma. Después de sus muchos años en Nazaret, Jesús va hacia el lugar donde Juan se encuentra bautizando. Había mucha gente que acudía a él.  Jesús, como uno mas del pueblo que alberga la esperanza de un cambio, entra en la cola de espera y recibe el bautismo. Con este paso, la puerta de su vida se abre para acoger el don del Espiritu Santo. En ese mismo momento, una voz venida del cielo revela su identidad: “Tu eres mi Hijo amado y querido, a quien he elegido“. A partir de ahora, Jesús es la manifestación plena de la divinidad, Padre, Hijo y Espíritu.

Y en Jesús, en su interior, comienza el combate entre el proyecto del reino de Dios y la mentalidad humana, terrestre. El Espíritu Santo lo guía y conduce. Y de golpe, entra en el desierto de su vida. En un momento concreto siente hambre, hambre de manipulación, de engaño, de poder, de apariencia, de obviar las dificultades, de pisotear los principios, de pasar por la tierra sin poner los pies en el lodo de la historia humana. Tentaciones fuertes, cuyo objetivo es que caiga en la contradicción de si mismo, que niege con sus opciones de vida su propia identidad.

Y, sin pensarlo, como una reacción instintiva, sale de lo mas profundo de si el tesoro acumulado, hecho carne de su propia carne: la palabra de Dios. No tiene otra fuerza para luchar contra el mal. Solo la palabra de Dios. Y con ella vence la tentación de caer en la nulidad de una vida centrada en si mismo. Es sólo el principio. Y sigue caminando.

Feliz tiempo de cuaresma!

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