Un hombre que llevaba treinta y ocho años paralizado

Jn 5,1-16. Jesús se acerca a la piscina Betesda. Ve a un hombre que llevaba treinta y ocho años enfermo, paralizado, sin poder moverse. Quería curarse, pero no podía, lo intentaba de nuevo y no lo lograba. Jesús simplemente le dice: “¿quieres sanarte?”. Imaginamos la respuesta completa del hombre: “no me ves cómo estoy; claro que sí, pero no puedo por mi propia cuenta y no hay nadie que me da una mano. Aquí cada uno busca su propio interés, nadie se preocupa de mí”. Jesús responde al deseo profundo de su corazón: “Levántate, toma tu camilla y camina”. “Al punto se sanó, tomó su camilla y echó a andar”.

Es una escena que puede reflejar muy bien la situación de quien arrastra desde hace años, quizás muchos, ciertas parálisis espirituales y humanas, que deforman la belleza del proyecto creador de Dios. Parálisis en los pensamientos, en las palabras, en las acciones, en las actitudes, en los sentimientos.

Ha intentado, ha luchado, ha vuelto a intentarlo, pero sigue en la misma situación, y puede que hasta haya empeorado. Y al final, con el peso del cansancio, de los años, de los intentos vanos, se adapta a vivir en esa situación penosa, miserable ‘a los ojos de Dios’.

Y en todo esto, Jesús pasa por ahí, sigue pasando. No necesita que se le diga gran cosa, ve la situación, la conoce. Sólo espera que surja el deseo y la voluntad de dar un paso adelante.

Al final una palabra de vida: “No vuelvas a pecar, no te vaya a suceder algo peor”.

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