Quien no acoge el reino de Dios como lo haría un niño no entrará en él.

Mc 10, 13-16. Viendo la reacción que los discípulos tienen frente a los niños, Jesús aprovecha la ocasión para dar una enseñanza sobre el reino de Dios: “el reino de Dios pertenece a los que son como ellos” y “quien no lo acoge como lo haría un niño non entrará en él”. Y les dice claramente de dejarlos que se acerquen a él.

El niño es pequeño, frágil, poco considerado socialmente en la época de Jesús, y al mismo tiempo vive con una cierta “ingenuidad”, confía en la persona mayor.

Para creer en las cosas de Dios, se necesita esa pizca de “ingenuidad”, de confiar en quien te precede, de no permanecer con ciertas preguntas que no tienen una respuesta racional. Es dejarse coger de la mano y seguirlo. Y así se va recorriendo el camino de la vida con Él. Casi sin darse cuenta uno va entrando, como el niño que va creciendo, en ese nuevo universo y descubriendo la belleza escondida.

¡Buenas noches!

Pentecostés

El Espíritu Santo es un don de Dios. Un don es un regalo, algo que no te pertenece. Él nos lo ha dado. Tampoco es un derecho. Es solo eso, un don.

Jesús ha querido dárnoslo. Para recibirlo, no es necesario dar nada en contrapartida, sólo hay que estar preparado, dispuesto a acogerlo. Este don es la fuerza de Dios, esa capacidad que Dios nos da para vivir la vida con serenidad, paz, alegría … y mucha fuerza interior, esa que sale de lo profundo de nosotros mismos y que nadie puede quitarnos.

La Iglesia ha nacido de esa fuerza. Una vez recibida, los discípulos dejaron atrás el miedo y enseguida sus lenguas empezaron a proclamar lo que sentían sus corazones. No tuvieron miedo de arriesgar sus vidas porque estaban en las manos de Dios. La fuerza de Dios abrió las puertas del Cenáculo, para comenzar en Jerusalén, continuar en Samaria, y así poder llegar hasta el confín del universo.

Gracias a esta fuerza y a las personas que se dejaron guiar por ella, ahora conocemos el Amor de Dios en nuestras vidas. ¡Qué privilegio!

Ser testigo no se improvisa de la noche a la mañana. No es el fruto del azar. Es un proceso. Es el resultado del trabajo diario, el que se realiza todos los días con la mirada y el corazón fijos en Dios. Todo comienza en una experiencia fundamental: «Te conocía incluso antes de que te hubieras formado en el vientre de tu madre, te consagré a mi servicio antes de que nacieras, y te destiné a ser profeta de las naciones»(Jer 1,5). Y sigue con el reconocimiento de la presencia de Dios en la propia vida: «Antes de formarme en el seno de mi madre, ya me conocías, Señor» (Sal 139,15-16). Es la experiencia de sentirse amado por el Señor, incluso antes de haber puesto un pie en este mundo. Para el Señor, eres único, ningún otro puede tomar tu lugar.

Mientras no hayas sentido el amor de Dios en tu vida, difícilmente podrás ser testigo. Es cuando te das cuenta de que «eres precioso a los ojos del Señor» y que cuentas para Él (Es 43,4), que desde lo más profundo de tu corazón brota una fuerza extraordinaria, que hasta ese momento no la conocías. Es esta fuerza la que desata tu lengua, agiliza tus pies y calienta tu corazón. Como dice el hermoso texto de Isaías: «Los que confían y esperan en el Señor renuevan sus fuerzas; echan alas como las águilas, corren sin cansarse, marchan sin fatigarse»(Is 40,31).

«Y hasta el fin del mundo». No olvides a todos aquellos que todavía no conocen el Camino, la Verdad y la Vida, no porque lo hayan rechazado, sino porque ningún testigo hasta este momento se lo ha anunciado (Rom 10, 13-17).

Hoy, somos cristianos, testigos del amor de Dios, gracias al don del Espíritu Santo y a los testigos que nos lo han transmitido.

¡Feliz fiesta de Pentecostés!

Permaneced en mi amor

Jn 15, 9-17. A lo largo de su vida, Jesús va compartiendo con los discípulos lo que hay en su corazón. Lo hace expresando sus sentimientos, a través de la enseñanza y con acciones concretas. En el evangelio de hoy vemos a Jesús enseñando. ¿En qué consiste? Hay varios elementos a tener en cuenta:

  1. Hace una llamada a vivir y permanecer en el amor divino. La manera de lograrlo es guardando y observando sus mandamientos. Una cosa sencilla: cuando respetas los mandamientos de Dios estás viviendo en su amor.
  2. Hay una aportación personal de Jesús. Su mandamiento se concentra en uno solo: “amaros los unos a los otros como yo os he amado”. Cuando amas al otro permaneces en el amor de Dios.
  3. ¿Cómo se ama al prójimo? Dando la propia vida, día tras día, gesto tras gesto, como Jesús lo ha hecho. Este es el grado más alto del amor.
  4. Jesús llama a sus discípulos amigos. ¿Por qué? “Todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer”. No hay secretos, hay plena confianza. Se entra así en un proceso de comunión.
  5. El primer paso es Jesús quien lo ha dado. Es Él quien ha elegido a sus discípulos con una finalidad bien concreta: dar muchos frutos y frutos duraderos, eternos.
  6. El mandamiento del amor se traduce en frutos concretos, cotidianos, mirando el bien del prójimo, que no es otro diferente sino parte de mí mismo. Esto es lo que Jesús ha vivido y es lo que pide a sus discípulos.
  7. Todo esto Jesús lo enseña para compartir la alegría que lo acompaña continuamente. El hecho de compartirla quiere decir que no la reserva para él sólo, sino que su alegría crece en la alegría del prójimo.

¡Feliz Domingo!

“Yo soy el buen pastor”.

Jn 10, 11-18.  La imagen del pastor y del rebaño de ovejas proviene del Antiguo Testamento, donde es aplicada a la relación que establece Dios con su pueblo.

En el Evangelio de hoy, Jesús se define a sí mismo como el buen pastor con dos características fundamentales: por una parte, afirma que conoce a las ovejas y estas lo conocen igualmente, y a continuación dice que el buen pastor está preparado para dar la vida por ellas y la da. Hace una comparación con el mercenario para subrayar dónde está la diferencia.

Tiene una preocupación importante: aquellas ovejas que están fuera del redil.

Palabra y vida. A la base de esta imagen hay una verdad fundamental, que nos es ofrecida hoy por el apóstol san Juan: “Ved qué amor tan grande nos ha mostrado el Padre. Él nos ha llamado a ser sus hijos. Y verdaderamente lo somos (…) Queridos, ahora somos hijos de Dios” (1 Jn 3,1-3).

¿Por qué Dios se preocupa de mí? Porque soy su hijo. ¿Por qué Dios se preocupa del otro? Porque cada ser humano es parte de sus entrañas. No hay más razones.

La consecuencia de todo ello es que quien comprende las cosas así entra en la manera de ser de Dios y por consiguiente actúa como Él.

Ejercicio en este día: Hoy en la Iglesia es una jornada mundial de oración por las vocaciones. Yo oro hoy de una manera particular por la vocación cristiana: saber acoger el amor de Dios en la vida, es decir sentirse amado y querido por Él.  Dios me ama, soy hijo suyo. Y a continuación salir hacia fuera de sí mismo, ahí donde se necesita más ser amado.

Escuchadle

Mc 9,2-10. Todo sucede de una manera sencilla y rápida: la transfiguración de Jesús delante de tres de sus discípulos, una blancura resplandeciente, la presencia de Elías y Moisés conversando con Él, el bienestar de los discípulos manifestando el deseo de quedarse en este lugar, una voz de lo alto revelando su identidad acompañada de un imperativo y la vuelta a la normalidad con un encargo a sus discípulos de no contar nada de lo vivido a nadie hasta el día de la resurrección.

La Transfiguración de Jesús nos revela su identidad y la nuestra. El ser humano ha sido creado para ser imagen de Dios. Quien vive en su presencia, y por consiguiente lo acoge en su vida, irremediablemente refleja la belleza divina.

«¡Qué bien se está aquí!». Vivir en presencia de Dios, vivir con su fuerza es bello, sublime, atrae a quien camina con un corazón transparente, a quien desea siempre algo mejor.

«Éste es mi Hijo querido. Escuchadle». El camino de la transfiguración del ser humano es la escucha del Hijo de Dios.

Palabra y vida. En el fondo del ser humano hay un deseo profundo de eternidad. La vida que nos acompaña nos ha sido dada. Dar cauce a ese deseo educándolo y formándolo con la Palabra, que progresivamente, con altos y con bajos, va realizando en nosotros la transfiguración a imagen de nuestro Padre y Creador.

Ejercicio en este día. Doy gracias al Señor por salir a mi encuentro y por la vida eterna que me ofrece continuamente.

«Al crecer la maldad, se enfriará el amor en la mayoría» (Mt 24,12)

Queridos hermanos y hermanas:

Una vez más nos sale al encuentro la Pascua del Señor. Para prepararnos a recibirla, la Providencia de Dios nos ofrece cada año la Cuaresma, «signo sacramental de nuestra conversión»,[1] que anuncia y realiza la posibilidad de volver al Señor con todo el corazón y con toda la vida.

Como todos los años, con este mensaje deseo ayudar a toda la Iglesia a vivir con gozo y con verdad este tiempo de gracia; y lo hago inspirándome en una expresión de Jesús en el Evangelio de Mateo: «Al crecer la maldad, se enfriará el amor en la mayoría» (24,12).

Esta frase se encuentra en el discurso que habla del fin de los tiempos y que está ambientado en Jerusalén, en el Monte de los Olivos, precisamente allí donde tendrá comienzo la pasión del Señor. Jesús, respondiendo a una pregunta de sus discípulos, anuncia una gran tribulación y describe la situación en la que podría encontrarse la comunidad de los fieles: frente a acontecimientos dolorosos, algunos falsos profetas engañarán a mucha gente hasta amenazar con apagar la caridad en los corazones, que es el centro de todo el Evangelio.

Los falsos profetas

Escuchemos este pasaje y preguntémonos: ¿qué formas asumen los falsos profetas?

Son como «encantadores de serpientes», o sea, se aprovechan de las emociones humanas para esclavizar a las personas y llevarlas adonde ellos quieren. Cuántos hijos de Dios se dejan fascinar por las lisonjas de un placer momentáneo, al que se le confunde con la felicidad. Cuántos hombres y mujeres viven como encantados por la ilusión del dinero, que los hace en realidad esclavos del lucro o de intereses mezquinos. Cuántos viven pensando que se bastan a sí mismos y caen presa de la soledad.

Otros falsos profetas son esos «charlatanes» que ofrecen soluciones sencillas e inmediatas para los sufrimientos, remedios que sin embargo resultan ser completamente inútiles: cuántos son los jóvenes a los que se les ofrece el falso remedio de la droga, de unas relaciones de «usar y tirar», de ganancias fáciles pero deshonestas. Cuántos se dejan cautivar por una vida completamente virtual, en que las relaciones parecen más sencillas y rápidas pero que después resultan dramáticamente sin sentido. Estos estafadores no sólo ofrecen cosas sin valor sino que quitan lo más valioso, como la dignidad, la libertad y la capacidad de amar. Es el engaño de la vanidad, que nos lleva a pavonearnos… haciéndonos caer en el ridículo; y el ridículo no tiene vuelta atrás. No es una sorpresa: desde siempre el demonio, que es «mentiroso y padre de la mentira» (Jn 8,44), presenta el mal como bien y lo falso como verdadero, para confundir el corazón del hombre. Cada uno de nosotros, por tanto, está llamado a discernir y a examinar en su corazón si se siente amenazado por las mentiras de estos falsos profetas. Tenemos que aprender a no quedarnos en un nivel inmediato, superficial, sino a reconocer qué cosas son las que dejan en nuestro interior una huella buena y más duradera, porque vienen de Dios y ciertamente sirven para nuestro bien.

Un corazón frío

Dante Alighieri, en su descripción del infierno, se imagina al diablo sentado en un trono de hielo;[2] su morada es el hielo del amor extinguido. Preguntémonos entonces: ¿cómo se enfría en nosotros la caridad? ¿Cuáles son las señales que nos indican que el amor corre el riesgo de apagarse en nosotros?

Lo que apaga la caridad es ante todo la avidez por el dinero, «raíz de todos los males» (1 Tm 6,10); a esta le sigue el rechazo de Dios y, por tanto, el no querer buscar consuelo en él, prefiriendo quedarnos con nuestra desolación antes que sentirnos confortados por su Palabra y sus Sacramentos.[3] Todo esto se transforma en violencia que se dirige contra aquellos que consideramos una amenaza para nuestras «certezas»: el niño por nacer, el anciano enfermo, el huésped de paso, el extranjero, así como el prójimo que no corresponde a nuestras expectativas.

También la creación es un testigo silencioso de este enfriamiento de la caridad: la tierra está envenenada a causa de los desechos arrojados por negligencia e interés; los mares, también contaminados, tienen que recubrir por desgracia los restos de tantos náufragos de las migraciones forzadas; los cielos —que en el designio de Dios cantan su gloria— se ven surcados por máquinas que hacen llover instrumentos de muerte.

El amor se enfría también en nuestras comunidades: en la Exhortación apostólica Evangelii gaudium traté de describir las señales más evidentes de esta falta de amor. estas son: la acedia egoísta, el pesimismo estéril, la tentación de aislarse y de entablar continuas guerras fratricidas, la mentalidad mundana que induce a ocuparse sólo de lo aparente, disminuyendo de este modo el entusiasmo misionero. [4]

¿Qué podemos hacer?

Si vemos dentro de nosotros y a nuestro alrededor los signos que antes he descrito, la Iglesia, nuestra madre y maestra, además de la medicina a veces amarga de la verdad, nos ofrece en este tiempo de Cuaresma el dulce remedio de la oración, la limosna y el ayuno.

El hecho de dedicar más tiempo a la oración hace que nuestro corazón descubra las mentiras secretas con las cuales nos engañamos a nosotros mismos, [5] para buscar finalmente el consuelo en Dios. Él es nuestro Padre y desea para nosotros la vida.

El ejercicio de la limosna nos libera de la avidez y nos ayuda a descubrir que el otro es mi hermano: nunca lo que tengo es sólo mío. Cuánto desearía que la limosna se convirtiera para todos en un auténtico estilo de vida. Al igual que, como cristianos, me gustaría que siguiésemos el ejemplo de los Apóstoles y viésemos en la posibilidad de compartir nuestros bienes con los demás un testimonio concreto de la comunión que vivimos en la Iglesia.

A este propósito hago mía la exhortación de san Pablo, cuando invitaba a los corintios a participar en la colecta para la comunidad de Jerusalén: «Os conviene» (2 Co 8,10). Esto vale especialmente en Cuaresma, un tiempo en el que muchos organismos realizan colectas en favor de iglesias y poblaciones que pasan por dificultades. Y cuánto querría que también en nuestras relaciones cotidianas, ante cada hermano que nos pide ayuda, pensáramos que se trata de una llamada de la divina Providencia: cada limosna es una ocasión para participar en la Providencia de Dios hacia sus hijos; y si él hoy se sirve de mí para ayudar a un hermano, ¿no va a proveer también mañana a mis necesidades, él, que no se deja ganar por nadie en generosidad? [6]

El ayuno, por último, debilita nuestra violencia, nos desarma, y constituye una importante ocasión para crecer. Por una parte, nos permite experimentar lo que sienten aquellos que carecen de lo indispensable y conocen el aguijón del hambre; por otra, expresa la condición de nuestro espíritu, hambriento de bondad y sediento de la vida de Dios. El ayuno nos despierta, nos hace estar más atentos a Dios y al prójimo, inflama nuestra voluntad de obedecer a Dios, que es el único que sacia nuestra hambre.

Querría que mi voz traspasara las fronteras de la Iglesia Católica, para que llegara a todos ustedes, hombres y mujeres de buena voluntad, dispuestos a escuchar a Dios. Si se sienten afligidos como nosotros, porque en el mundo se extiende la iniquidad, si les preocupa la frialdad que paraliza el corazón y las obras, si ven que se debilita el sentido de una misma humanidad, únanse a nosotros para invocar juntos a Dios, para ayunar juntos y entregar juntos lo que podamos como ayuda para nuestros hermanos.

El fuego de la Pascua

Invito especialmente a los miembros de la Iglesia a emprender con celo el camino de la Cuaresma, sostenidos por la limosna, el ayuno y la oración. Si en muchos corazones a veces da la impresión de que la caridad se ha apagado, en el corazón de Dios no se apaga. Él siempre nos da una nueva oportunidad para que podamos empezar a amar de nuevo.

Una ocasión propicia será la iniciativa «24 horas para el Señor», que este año nos invita nuevamente a celebrar el Sacramento de la Reconciliación en un contexto de adoración eucarística. En el 2018 tendrá lugar el viernes 9 y el sábado 10 de marzo, inspirándose en las palabras del Salmo 130,4: «De ti procede el perdón». En cada diócesis, al menos una iglesia permanecerá abierta durante 24 horas seguidas, para permitir la oración de adoración y la confesión sacramental.

En la noche de Pascua reviviremos el sugestivo rito de encender el cirio pascual: la luz que proviene del «fuego nuevo» poco a poco disipará la oscuridad e iluminará la asamblea litúrgica. «Que la luz de Cristo, resucitado y glorioso, disipe las tinieblas de nuestro corazón y de nuestro espíritu»,[7] para que todos podamos vivir la misma experiencia de los discípulos de Emaús: después de escuchar la Palabra del Señor y de alimentarnos con el Pan eucarístico nuestro corazón volverá a arder de fe, esperanza y caridad.

Los bendigo de todo corazón y rezo por ustedes. No se olviden de rezar por mí.

Vaticano, 1 de noviembre de 2017
Solemnidad de Todos los Santos

 

FRANCISCO

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[1] Misal Romano, I Dom. de Cuaresma, Oración Colecta.
[2] «Salía el soberano del reino del dolor fuera de la helada superficie, desde la mitad del pecho» (Infierno XXXIV, 28-29).
[3] «Es curioso, pero muchas veces tenemos miedo a la consolación, de ser consolados. Es más, nos sentimos más seguros en la tristeza y en la desolación. ¿Sabéis por qué? Porque en la tristeza nos sentimos casi protagonistas. En cambio en la consolación es el Espíritu Santo el protagonista» (Ángelus, 7 diciembre 2014).
[4] Núms. 76-109.
[5] Cf. Benedicto XVI, Enc. Spe salvi, 33.
[6] Cf. Pío XII, Enc. Fidei donum, III.
[7] Misal Romano, Vigilia Pascual, Lucernario.

El don de la fe

Jn 20, 8. “Entonces entró el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro, vio y creyó”.

Una de las cosas por las que, en este día en que celebro el aniversario de mi nacimiento, doy gracias al Señor es por el don de la fe. La verdad es que no se cómo ha sido: la educación en mi familia, en el Seminario, personas que me han ido acompañando… La de Dios es una presencia muy familiar, cercana, casi podría decir natural. Cuando me encuentro con un no creyente, me pregunto: ‘¿y por qué yo tengo fe?’.

El Evangelio de hoy nos presenta al otro discípulo, a Juan, al que Jesús amaba, y podemos imaginar que él también amaba a Jesús. Simplemente llegó, vio y creyó. Esto es la fe: confianza y amor. No hay más razonamientos. Te sientes amado, no sabes muy bien porqué, pero es así, y confías en la persona que te ama. La vida diaria te va ayudando a integrar esta presencia ‘Otra’ en la propia carne, en la propia respiración. Simplemente dejarte llevar por quien te acompaña. Amor y confianza.

Doy gracias al Señor por este gran regalo, y al mismo tiempo le digo: ‘¡aumenta mi fe!’.

Navidad

“No temáis. Mirad, os doy una Buena Noticia, una gran alegría para todo el pueblo. Hoy os ha nacido en la ciudad de David el Salvador, el Mesías y Señor” (Lc 2, 10-11)

La fiesta de Navidad que celebramos hoy es el misterio de la presencia de Dios en medio de nosotros. La humanidad no está sola, Dios está con nosotros. ¡Es una belleza extraordinaria!

Es el misterio de la luz que ilumina y acompaña cada rincón de nuestra vida y de nuestro mundo. Quien acoge esta luz se convierte en hijo de la luz, y recibe el encargo de dar testimonio de ella.

Que esta presencia divina sea en nuestra vida cotidiana una fuente de inspiración continua día tras día.

¡Feliz Navidad!

¡Hoy hemos visto cosas maravillosas!

Lc 5,17-26. Me sorprende ver a estas personas, cuyos nombres desconocemos, acercarse a Jesús llevando en una camilla a un hombre paralítico. Quieren presentárselo, pero hay mucha gente. En vez de desanimarse, hacen algo casi imposible. Y ahí están delante de Jesús.

Debía ser muy grande su fe, porque es sobre ella que Jesús da una nueva vida al hombre paralizado.

Palabra y vida. Pienso en el bien que estas personas hicieron a este hermano que vivía postrado y paralizado. Gracias a ellos, la vida, y con ella la esperanza y la alegría, surgió de nuevo. Volvió a renacer.

Pienso en todo el bien que podemos hacer cuando nos interesamos al otro. ¿Qué les movió? El bien del hermano, verlo feliz, alegre, libre de toda atadura de servidumbre. Así de sencillo.

Ejercicio en este día: cultivo en mi vida el deseo de hacer el bien a quien lo necesita. Con mucha confianza presento al Señor aquellas personas que conozco y que necesitan sentirse amadas por Dios.