Hoy es el Domingo Mundial de las Misiones. Se enmarca en el ya tradicional mes de octubre misionero, donde la Iglesia pone un énfasis particular en el mandato recibido del Señor: «—Id por todo el mundo proclamando la Buena Noticia a toda la humanidad» (Mc 16,15). En la parte central del mensaje que papa Francisco ha escrito en esta ocasión para toda la Iglesia, se encuentran las palabras del profeta Isaías: «Oí al Señor decir: “¿A quién enviaré? ¿Quién será mi mensajero?”. Le respondí: “¡Aquí estoy, estoy listo! ¡Envíame!» (Is 6,8)
A partir de mi propia experiencia, quisiera compartir algunos puntos que considero importantes para enriquecernos espiritualmente en esta Jornada Misionera Mundial.

1. Dios tiene un proyecto de amor para la humanidad: formar una sola familia, la Familia de los hijos de Dios. La tarea de los creyentes es reconocernos como hijos suyos y, por tanto, hermanos y hermanas entre nosotros. Pensemos en los diferentes pueblos que forman la humanidad, tan diferentes, pero al mismo tiempo con una gran riqueza. Ningún pueblo puede considerarse como superior al otro. Somos complementarios, pues cada uno revela una parte del rostro divino.
Este proyecto de Dios, su Reino, debe aparecer para el creyente como el único proyecto válido para el mundo creado y amado por Dios, no hay otro. Este proyecto divino, en su belleza y radicalidad (cfr. Is 65,16b-25), debe estar en la base de todo proyecto humano, sea político, social, económico, cultural o personal.
Este proyecto ejerce en el creyente tal fascinación que lo «arrastra» a la acción de Dios, no se puede comparar con ninguna otra realidad. Recuerdo en mi adolescencia, en torno a los 14-15 años, cómo este plan de Dios se me presentó, a través de Jesucristo, con gran claridad y belleza. Hasta el punto de dar una orientación total y definitiva a mi vida: ponerme a su servicio.
Es la experiencia que describe la parábola del tesoro escondido (Mt 13,45): «Un hombre encuentra este tesoro escondido, lo vuelve a esconder, luego, lleno de alegría, corre a vender todo lo que tiene y compra ese campo» (Mt 13 , 45). En la base hay un encuentro personal y único con el Señor de la vida.
Domingo Mundial de las Misiones. Hay misión porque hay amor y pasión por este proyecto, por Jesucristo, que es «Camino, Verdad y Vida» (Jn 14,6) para todos los pueblos de la tierra. Es este proyecto divino el que nos muestra el horizonte, el camino a recorrer, el que nos sostiene cuando faltan nuestras fuerzas y el cielo se vuelve gris. «El cielo y la tierra pasarán, mis palabras no pasarán» (Mt 24,35)
2. Lo que rompe este designio divino es el pecado, esa tendencia humana egoísta a vivir para sí, a encerrarse en las propias necesidades materiales, olvidándose del otro, en su necesidad, sea material, humana o espiritual. «¿Dónde está tu hermano Abel?», le preguntó Dios a Caín (Gen 4,9). «—Quien quiera seguirme, deje de pensar a sí mismo, cargue con su cruz y me siga. Quien se empeñe en salvar su vida, la perderá; quien esté dispuesto a sacrificar su vida por mí y por la Buena Noticia, la salvará» dice Jesús a quienes quieren ser discípulos suyos (Mc 8, 34-35).
Pero Dios no se deja vencer por el pecado humano. ¿De qué manera? Lo vemos en Jesús: al comienzo de su actividad misionera, después de anunciar que «el reino de Dios se ha acercado» (Mc 1,15), inmediatamente llama a unas personas trabajadoras, Simón y su hermano Andrés, Santiago y su hermano Juan, y les dice: «—Veníos conmigo y os haré pescadores de hombres» (Mc 1,16-20). Son los primeros discípulos.

«Oí al Señor decir: “¿A quién enviaré? ¿Quién será mi mensajero?». Le respondí: “¡Aquí estoy, estoy listo! ¡Envíame!» (Is 6,8). El proyecto de Dios, la misión confiada por Jesús a la Iglesia sigue adelante y se realiza a través de nosotros, de ti y de mí, así como somos, pobres y frágiles. Al confiarnos esta hermosa tarea, podemos decir, con una cierta emoción en lo más profundo de nuestro ser, que el Señor no podía ser más bueno con nosotros.
3. «Dad al emperador lo que es del emperador, pero lo que es de Dios, dadlo a Dios» (Mt 22,21). Se necesita:
Estar enamorado de las cosas de Dios, de su proyecto de amor, que encontramos en la Palabra de Dios. Estar enamorado hasta el punto de ofrecer la propia vida a Dios, cada uno en la situación en que se encuentra. Es decir, poner la vida, que hemos recibido gratuitamente por pura gracia divina, al servicio de los intereses de Dios. Se requiere para ello hacer frente a la tentación de la tibieza, que es la que anula la dimensión profética de la acción misionera de la Iglesia.
Llevar el mundo, creado y amado por Dios, en nuestro corazón. Un mundo que está formado por personas concretas, con rostros humanos diferentes, que viven en culturas distintas… Dios se encarnó en todos los pueblos de la tierra. Amar a Dios requiere amar su obra creativa.
Amar concretamente al mundo, es decir, a las personas que el Señor pone en nuestro camino. Amarlas con gestos concretos de fraternidad, cercanía, servicio… El Señor manifiesta su amor a través de nuestras manos, nuestros ojos, nuestros oídos, nuestra boca, nuestros pies.
Cada uno de nosotros donde está, llevando el proyecto de Dios en su propio corazón; cada uno haciendo lo que puede, lo que está a su alcance, colabora activamente con el Señor, ayuda a realizar su proyecto de amor.
Este testimonio de vida es el signo de la verdad divina que acompaña a la Iglesia, a todos los que hemos acogido a Jesucristo como Señor de nuestra vida, y a todas las personas de buena voluntad que desean y anhelan la eternidad.
Una Iglesia misionera, en salida, que ofrece lo que ha recibido de lo Alto.
«¡Que nuestro Señor Jesucristo sea conocido y amado por todos los pueblos de la tierra!»

