Lc 4,31-37. El encuentro tiene lugar en la sinagoga. La enseñanza de Jesús provoca una reacción violenta en un hombre que estaba poseído por el espíritu de un demonio inmundo. En primer lugar, interpela recriminando a Jesús, y a continuación le revela su verdadera identidad: “sé quién eres: ¡el consagrado de Dios!”.
La imagen del demonio inmundo habla de la inhumanidad que hay en todo ser humano, esa parte animal, de bestia, de agresividad violenta, de individualismo egocéntrico, de mentalidad totalitaria, de dependencia mortal, de indiferencia, que denigra la humanidad de la persona. Es una fuerza destructora que pone al hombre (inteligencia, afectividad y voluntad) a su servicio. En casos así, es difícil, casi imposible establecer un diálogo con él. ¡No razona!

Palabra y vida. La palabra de Dios tiene una fuerza extraordinaria. Es capaz de sacar del corazón humano la parte que lo deshumaniza y devolverle su verdadera naturaleza: imagen y semejanza de Dios. Curado con la palabra de Dios, puede dialogar, fraternizar, ser maestro de él mismo, trabajar por una causa justa, ver en el otro que es diferente un colaborador, un hermano.
Ejercicio en este día: en este día hago dos ejercicios: el primero, me miro a mí mismo y observo esa parte animal que hay en mí: ¿qué nombre tiene? A continuación, dejo a Jesús mirarme a los ojos ofreciéndome su palabra.
El segundo, miro a mi alrededor, el entorno más cercano y observo esa parte animal presente, encarnada: ¿qué sentimiento y reacción produce en mí? ¿Siento el deseo de trabajar por Dios, de enseñar su palabra?

