San Juan, apóstol y evangelista

Jn 20,1-10. Celebramos hoy la memoria de san Juan, apóstol y evangelista. El evangelio de este día me ayuda a comprender un poco mejor a este gran apóstol. Nos habla de María Magdalena que va por la mañana temprano a ver el sepulcro donde se encuentra el cuerpo de Jesús. Al llegar ve que han movido la piedra de la sepultura y que el cuerpo de Jesús no se encuentra ahí. Inmediatamente va a comunicarlo a Pedro y al otro discípulo, el predilecto de Jesús.

Los dos empiezan a correr. El otro discípulo llega antes que Pedro. Ve los lienzos, pero no entra. Enseguida llega Pedro que entra, y observa todo lo que hay, los lienzos y el sudario. «Entonces entró el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro, vio y creyó» (Jn 10,8).

Los dos, Pedro y Juan, han vivido con Jesús, han escuchado sus palabras, han visto lo que hacía. Pedro entra, observa, pero no llega a creer. Juan entra, ve y cree.

Se trata de creer o no creer. La fe antes que nada es una cuestión de corazón, de confianza, de amor. El razonamiento viene después. Es lo que vive Juan. En aquel sepulcro vacío reconoce las palabras dichas por Jesús. Y sus ojos se abren. No necesita más para creer.

Pedro, por el contario, tiene dificultad para entrar en el lenguaje de la fe gratuita, del don inesperado, de la sorpresa que se presenta sin buscarla, del acto de amar sin recompensa… Necesitará sentirse amado en la realidad triste de su propia existencia para dar el salto a la fe y confiar así su vida al Señor.

¿Qué es lo que vivió Juan y cómo lo vivió? Lo encontramos principalmente en el Evangelio que lleva su nombre. Sin duda el más original y personal de los cuatro. No se limitó a repetir las tradiciones que había recibido, las reelaboró a partir de su propia experiencia de vida: pinceladas del encuentro personal con Jesús: «Eran las cuatro de la tarde»; retrato, a través de Nicodemo, del nuevo nacimiento en el reino de Dios; relatos únicos de un camino de fe: la Samaritana, el hombre que llevaba treinta y ocho años enfermo en la piscina de Betesda, el ciego de nacimiento, la resurrección de Lázaro; descripción, a través de escenas de la vida real, del sentido profundo de la Ultima Cena: compartir y servir; unión estrecha entre el Maestro y el discípulo a través de la imagen de la vid y los sarmientos. La promesa del Espíritu …

¡Ver para creer!

Feliz día.

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