Queridos amig@s,

celebrar la Pascua del Señor es uno de los mayores dones que hemos recibido de Dios. Descubrir y redescubrir que la muerte ha sido vencida por la Vida cambia la orientación existencial de quien vive esta experiencia. Así fue para los primeros discípulos, y así sucede para aquellos que se abren confiadamente a la novedad de Dios en la historia humana.

Los Evangelios nos presentan la resurrección del Señor como el acontecimiento central en la vida de aquellos discípulos que, a pesar de haber abandonado al Señor en su pasión y muerte, se encuentran ahora reunidos en el Cenáculo, contando cómo el Señor se les ha mostrado. «He visto al Señor», «Hemos visto al Señor», «Señor mío y Dios mío». De este encuentro pascual nace la Iglesia, fermento del reino de Dios en la humanidad.

Hay un antes y un después. Lo vivido con Jesús en el período anterior a su muerte, de Galilea a Jerusalén, es leído y reinterpretado a partir de esta experiencia personal y comunitaria. Lo que Jesús hizo y dijo, su estilo de vida, es verdad, es algo eterno.

La experiencia de la resurrección del Señor que han hecho los primeros discípulos sigue siendo para nosotros el paradigma sobre el que nace, crece y se fortalece toda vida cristiana. Encontrar al Señor resucitado, vivo, y experimentarlo, es el punto de partida para cualquier desarrollo de la vida en Dios. Nadie puede hacer esta experiencia en nuestro lugar.

Sobre este punto me gusta recordar una historia de Anthony de Mello que tiene por título El mapa del Río Amazonas. Dice así: «Un explorador había regresado entre su gente, la cual estaba ansiosa por saber todo sobre el Río Amazonas. Pero, ¿cómo podía poner en palabras los sentimientos que habían invadido su corazón al ver flores de asombrosa belleza y escuchar los sonidos de la selva por la noche? ¿Cómo podía comunicar lo que experimentaba en su corazón al sentir el peligro de las bestias o al conducir su canoa por las traicioneras aguas del río? Les dijo: “Vayan a verlo por ustedes mismos. Nada puede reemplazar el riesgo personal y la experiencia personal”. Sin embargo, para guiarlos, dibujó un mapa del Río Amazonas. Ellos tomaron el mapa, lo enmarcaron y lo colgaron en el ayuntamiento. Hicieron copias personales de él. Y cualquiera que tuviera una copia se consideraba un experto en el Amazonas. ¿No conocía, quizás, cada ángulo y curva del río, y cuánto era ancho y profundo, y dónde estaban los rápidos y dónde las cataratas? El explorador vivía arrepentido de haber trazado aquel mapa. Hubiera sido mejor si no hubiese dibujado nada».

Releyendo los relatos evangélicos de la resurrección, quisiera enfatizar en particular tres puntos que pueden ayudarnos, como lo fue para los primeros discípulos, a encontrar al Señor y a reencontrarlo de nuevo cada día de nuestra vida con aquella frescura, espontaneidad, credibilidad y fuerza interior que caracterizó el primer encuentro.

  1. «Muy de mañana». Todos los cuatro evangelios enfatizan este hecho. Hablar de amanecer, de la madrugada, habla de un deseo profundo y apasionado de ver el cuerpo de Jesús. Este deseo es lo que caracteriza al verdadero creyente. Encontrar al Señor resucitado es un don. Pero este don debe buscarse con todo el corazón, con toda la inteligencia y con todas las fuerzas. Apenas se da el primer paso, Él sale a nuestro encuentro.
  2. «¿De qué cosas vienen hablando?» Los dos discípulos van camino de Emaús, hablan de lo ocurrido en Jerusalén y, suponemos, de su desencanto. Y luego, sin preverlo, otra persona comienza a caminar con ellos. Es la forma cómo hace Dios: se acerca de manera silenciosa, sin pretender imponerse, entra en sus vidas sin herir sus sentimientos; y así, casi como sin que ellos se den cuenta, es aceptado por ellos con gusto, hasta el punto de que no quieren separarse de él. De esta forma, a lo largo del camino, poco a poco, los lleva a descubrir lo que se esconde a sus ojos.

En el seguimiento de Cristo es necesario, por una parte, estar abierto a la novedad, a lo inesperado, no encerrarse en uno mismo, en las propias seguridades; y por la otra, se necesita humildad para aceptar ser guiado hacia la Verdad. La humildad es la que nos hace discípulos. En el corazón de quien está lleno de sí mismo no hay lugar para el otro y mucho menos para Dios.

  • «¡No seas incrédulo, sino creyente!»; «Simón, hijo de Juan, ¿de verdad me amas?». La experiencia que tienen Tomás y Simón Pedro es la de su debilidad y fragilidad, la de su pecado. Les cuesta reconocerlo. Sin embargo, sólo cuando lo aceptan, experimentan la salvación de Dios en Jesucristo.

Aceptar la parte oscura de nuestra realidad humana, esa que en la práctica niega a Dios, es decir que no lo ama, no es fácil, porque toca el propio orgullo, toca la imagen idealizada que nos hacemos de nosotros mismos. Sólo en la aceptación serena, aún si a veces es dolorosa, de la propia fragilidad y pecado, se experimenta la salvación de Dios que se acerca a nosotros amándonos. Éste es el punto inicial del que parte el verdadero testimonio misionero: se relata, se comparte, el bien que Dios me ha hecho y que sigue haciéndome en el presente.

En el contexto concreto que estamos viviendo, por un parte la pandemia del Covid, y por otra el Año jubilar, de gracia para nuestra Familia Javeriana, dejémonos amar por Dios a través de nuestro Señor Jesucristo. De esto depende la calidad y significatividad de la vocación cristiana en general, y de la javeriana en particular.

¡Te/Os deseo una feliz y santa Pascua de la resurrección del Señor!

Fernando García Rodríguez, sx.

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