“Salió de la sinagoga y entró en casa de Simón. La suegra de Pedro estaba con fiebre muy alta y le suplicaban que hiciera algo por ella. Él se inclinó sobre ella, increpó a la fiebre y se le fue. Inmediatamente se levantó y se puso a servirles” (Lc 4,38-39).
Cada vez que encuentro esta parte del evangelio, mi atención va hacia esa fiebre que envuelve a la suegra de Simón. Ver a Jesús inclinándose hacia ella e increpar a la fiebre. Y al instante esta desaparece, abriendo un nuevo escenario: la suegra de Simón se levanta inmediatamente y se pone al servicio de ellos.
Si Jesús la increpa quiere decir que la fiebre es representativa de una fuerza poderosa que puede dominar al ser humano imponiéndole sus propios criterios y su manera particular de concebir la vida: vivir para sí, aislándose de los demás.
Pero quien tiene fiebre no está bien, hay un malestar general que invade todo su cuerpo, y al mismo tiempo repercute negativamente en el equilibrio y en la serenidad de los que viven alrededor. Necesita ser sanado para recuperar la alegría de vivir. Y eso es lo que hace Jesús, que tiene el poder para realizarlo, para poner a la persona en la dirección justa: vivir con alegría pensando en el bien de los demás y ayudando a que se realice.
Y así sucede el milagro del reino de Dios: que cuando se mira y se piensa en los demás, se olvidan las penas propias.
¡Sé abundantemente bendecido por el Señor!
Fraternamente,
Fernando García, sx

