La Iglesia, y por consiguiente la vida cristiana, nacen con el don del Espíritu. A veces se puede pensar que este don está reservado a unos pocos privilegiados, a unos iniciados. Otras veces, uno se puede preguntar: pero ¿qué es este don?, ¿qué significa concretamente?… Partiendo de la palabra de Dios que la liturgia de la Iglesia nos ofrece en este día, quisiera subrayar tres elementos que hacen posible la acogida del don del Espíritu en nuestras vidas.
1.- «Cuando llegó el día de Pentecostés, estaban todos reunidos» (Hch 2,1). El Espíritu entra en el corazón de quien vive en comunión con los demás. Es verdad que esta comunión es fruto del Espíritu, pero para que se concretice tiene que ser acogida como un regalo precioso que hay que cuidar, como un valor importante que da forma y orientación a la propia vida. Sin esta comunión con el otro, con quien vive cercano como lejano, sin la voluntad de vivir ‘mano con la mano’, el don del Espíritu pasa de lado.
Dicha comunión fraterna se expresa, entre otras cosas, en la acogida incondicional del prójimo, en la solidaridad, en el compartir la misma vida y destino, … No vivo solo, formo parte de un pueblo, de una comunidad que abraza la humanidad entera.
2.- «Se llenaron todos de Espíritu Santo y empezaron a hablar en lenguas extranjeras, según el Espíritu les permitía expresarse… Estaban asombrados porque cada uno oía a los apóstoles hablando en su propio idioma» (Hch 2,4-6). Vivir en comunión no quiere decir uniformidad, que todos deben hacer lo mismo o presentarse de la misma manera. El Espíritu de Dios entra en la humanidad de cada persona con su particularidad, en su propia identidad cultural, lingüística… El Espíritu de Dios no viene para anular la diversidad, sino para que esta pueda ser vivida en la fraternidad, y por consiguiente como una riqueza para toda la humanidad. Quien es guiado por el Espíritu de Dios ama y acoge al prójimo, y ve en él esa parte que le falta para poder ser él mismo.

3.- «Si me amáis. Guardad mis mandamientos; y yo pediré al Padre que os envíe otro Valedor que esté siempre con vosotros: el Espíritu de la verdad, que el mundo no puede recibir, puesto que no lo ve ni lo conoce. Vosotros lo conocéis, pues permanece con vosotros y está en vosotros» (Jn 14,15-17). En una primera lectura puede dar la impresión que Jesús condiciona el envío del don del Espíritu de la verdad al hecho de guardar sus mandamientos, signo visible del amor que el discípulo le tiene. Ya el hecho de respetar y vivir el mandamiento principal del amor a Dios y a los hermanos es fruto del Espíritu.
Creo, come he dicho para la comunión, que lo que cuenta verdaderamente es la disposición interna, es decir, el deseo de vivir en la presencia de Dios, de hacer realidad su proyecto de amor para la humanidad. Apenas aparece este deseo en el corazón y en la mente humana, el Espíritu de Dios viene en ayuda. Y a partir de ahí, cosas grandes, a veces humanamente inexplicables, se pueden realizar: es el camino de la santidad abierto y al alcance de todo ser humano.
« Ven, Espíritu divino,
manda tu luz desde el cielo.
Padre amoroso del pobre,
don, en tus dones espléndido,
luz que penetra las almas,
fuente del mayor consuelo,
ben, dulce huésped del alma,
descanso de nuestro esfuerzo,
tregua en el duro trabajo,
brisa en las horas de fuego,
gozo que enjuga las lágrimas
y reconforta en los duelos.
Entra hasta el fondo del alma,
divina luz, y enriquécenos.
Mira el vacío del hombre,
si tú le faltas por dentro;
mira el poder del pecado,
cuando no envías tu aliento.
Riega la tierra en sequía,
sana el corazón enfermo,
lava las manchas, infunde
calor de vida en el hielo,
doma el espíritu indómito,
guía al que tuerce el sendero.
Reparte tus siete dones,
según la fe de tus siervos;
por tu bondad y tu gracia,
dale al esfuerzo su mérito;
salva al que busca salvarse
y danos tu gozo eterno. »
Amén.