«Mi alma la quiero para Dios»

«Jesús dice a Marta: —Yo soy la resurrección y la vida. Quien cree en mí, aunque muera, vivirá; y quien vive y cree en mí no morirá para siempre. ¿Lo crees? Le contestó: —Sí, Señor, yo creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que había de venir al mundo» (Jn 11,25-27).

Queridos paisanos y amigos, muchas gracias por vuestras palabras de cercanía y de cariño en este momento tan particular que estamos viviendo como familia, donde nuestra madre Consuelo nos ha dejado físicamente. La muerte forma parte de la vida terrestre. Es una etapa. La vivimos con la esperanza que nos viene de las palabras de Jesús: la muerte física te abre a otra dimensión, la vida eterna.

En los días pasados recibí muchos mensajes. No abrí el whatsApp ni el correo electrónico. He querido darme tiempo para poder estar en mí mismo, reflexionar, ir asumiendo la ausencia de quien me ha dado la vida y me ha acompañado durante los 57 años que tengo. Ahora poco a poco voy retomando la vida ordinaria y así me permito de poder compartir con vosotros algunos sentimientos y pensamientos que alberga mi corazón.

Sentí mucho el no poder estar al lado de ella en los últimos momentos. Sentí una gran impotencia de no poder moverme de donde estoy debido a las circunstancias que todos conocemos. Así que intenté acompañarla desde la distancia enviándole mucho cariño y ternura a través del pensamiento, del deseo y de la oración. Apenas supe de la gravedad de la situación en la que se encontraba la puse en las manos del Señor y de la Virgen María, nuestra Madre. Y tuve la sensación que mi oración era escuchada. Esto me dio serenidad.

El no poder hacer el velatorio como se hace normalmente con toda persona que fallece, también creó en mí un sentido de frustración. Pensé inmediatamente en todas las personas que han vivido o están viviendo situaciones parecidas. Pensemos en todos los que están muriendo a causa del Covid 19, y cómo están siendo enterrados o incinerados… Vivir en propia carne la misma situación te ayuda a sentir más de cerca la realidad de sufrimiento y de desgarro que viven muchas otras personas. En el fondo te sientes solidario de tanta gente que vive lo que tú estás viviendo. Nos hace más cercano al dolor de nuestro prójimo. Y podemos decir: «ahora hablo de esto no porque me lo han dicho, sino porque también yo lo he vivido».

El martes por la mañana, en la comunidad javeriana de Roma donde me encuentro ahora, hemos celebrado la Eucaristía como si mi madre estuviese de cuerpo presente en la Iglesia de nuestro pueblo, La Huertezuela, en el último adiós. Las dos lecturas que hemos hecho son las siguientes: la primera es del libro de Job (Job 19,25-27); y la segunda es el texto del Evangelio que he puesto al inicio (Jn 11,25-27). En el primero, Job proclama su fe en el Dios vivo, y afirma con una convicción total que él mismo verá a Dios. En el Evangelio encontramos la afirmación clara de Jesús cuando va a visitar a la familia de Marta y María, en ocasión de la muerte de su hermano Lázaro. Es una afirmación clara que quien cree en Jesús, aunque si muere vivirá eternamente. Pero para ello es necesario creer en sus palabras. Es la pregunta que Jesús le hace a Marta.

Creo que ambos textos reflejan la fe de mi madre, que es la fe de la Iglesia. Personalmente, leer estas palabras me da mucha serenidad, confianza y fuerza interior.

Después de celebrar la Eucaristía por su eterno descanso, me vino a la mente espontáneamente una frase que ella repetía en determinadas circunstancias y que bien podría resumir su vida. Es la siguiente: «Mi alma la quiero para Dios». La decía en momentos particulares en donde se requería ser honestos y decir la verdad. Con ella, por consiguiente, expresaba lo que ha sido la recta intención que la ha acompañado a lo largo de su vida. No había medias verdades en ella. Decía lo que pensaba y creía. Tenía una preocupación grande por ser honesta y verdadera. Y al mismo tiempo un gran sentido de la presencia de Dios en su vida. Es esta presencia de Dios la que la llevaba a vivir así.

Ahora que los días van pasando, creo que es bueno recordar cosas que nos ha transmitido y que forman parte de la riqueza que nos ha legado. Recordar para no olvidar. El mundo en el que vivimos va tan rápido, aunque ahora con el Covid 19 las cosas se empiezan a mirar diferentemente, que casi no nos da tiempo de reflexionar, pensar, valorar, transmitir. Y una persona que ha vivido 94 años, con una historia increíble, como todas las personas de nuestro pueblo que nos han ido precediendo y que han hecho posible que nosotros estemos ahora aquí y seamos lo que somos, merecen que se les recuerden y se pongan en evidencia todo aquello que los ha hecho grandes como personas. Y creo que también las generaciones posteriores de nuestras familias, nietos y bisnietos, tienen el derecho, y por qué no decir la obligación, de conocerlos un poco mejor, aunque siempre sea tamizado por el filtro de los que han vivido más cerca de ellos.

Gracias de nuevo. Un día, cuando podamos circular de nuevo libremente, nos reuniremos, en presencia de nuestro patrón, san José Obrero, y de nuestra Madre, la Virgen María, para celebrar juntos la Eucaristía por su eterno descanso, y al mismo tiempo, dar gracias a Dios por el don de su vida en nuestras vidas..

Saludos para todos y feliz Pascua de Resurrección.

Amar a Dios

En estos días pasados ha habido una palabra de Jesús que me ha llegado al fondo del alma. Hablando a sus discípulos y a los que lo rodeaban dice con rotundidad: «Yo sé bien que no amáis a Dios» (Jn 5,41). Esto ha encendido una alarma en mi corazón: ¿qué está pasando aquí?, me he preguntado. Intentando comprender lo dicho por Jesús, mis ojos han ido hacia otra palabra de Él que la precede. Dice: «su palabra no está arraigada en vosotros» (Jn 5,38). Se refiere a la Palabra de Dios Padre. La conclusión lógica es muy clara: si la palabra de Dios no está arraigada, es decir si no ha echado raíces (Mc 4,16-19) en el corazón humano, no hay amor a Dios. No hay que engañarse a sí mismo. Serán palabras huecas y vacías.

De pronto he recordado otra palabra del profeta Oseas que hemos escuchado unos días atrás, donde el Señor dice a su pueblo: «Tu amor por mí desaparece como una nube matutina; es como el rocío que se desvanece al amanecer» (Os 6,4-5). Y con contundencia afirma: «Quiero amor constante, no sacrificios. Prefiero que mi pueblo me conozca, en lugar de ofrecerme sacrificios» (Os 6,6).

La pregunta inevitable que me hago es: ¿cómo puedo amar a Dios verdaderamente?, ¿en qué se manifiesta que el amor de Dios está en mi corazón?; ¿cómo puedo ser creyente, no de un momento o de unos días, sino día y noche, un día sí y otro también, en las duras y en las maduras?

La respuesta que encuentro es la siguiente: se ama a Dios acogiendo su Palabra, haciéndola carne de la propia carne. Es un trabajo cotidiano, de entrenamiento diario para ir adquiriendo la nueva personalidad que viene del Espíritu de Dios; de quien ama a Dios y encuentra su gozo y su alegría en Él; de quien siente la necesidad de Dios como el cuerpo humano siente la necesidad de respirar.

En el momento de las tentaciones de Jesús, lo que le salvó fue la palabra de Dios. Pudo vencer las invitaciones seductoras del Diablo con la sola fuerza de la palabra de Dios. Pero esta palabra salió afuera, surgió en el momento justo porque estaba en el corazón de Jesús.

«Un árbol sano da frutos buenos, un árbol enfermo da frutos malos. Un árbol sano no puede dar frutos malos ni un árbol enfermo puede dar frutos buenos … Así pues, por sus frutos los reconoceréis» (Mt 7,15-20) Se trata sencillamente de dar un fruto diario: hacer una acción buena, decir una palabra agradable y constructiva, tener un comportamiento justo que ayuda al bien común, desarrollar una reacción llena de humanidad, ofrecer el perdón, escuchar a quien lo necesita, dar una mano a quien se queda atrás, ser paciente cuando la circunstancia lo requiere … No se trata de heroicidades, sino de pequeñas cosas que están al alcance de nuestras manos.

Repitiéndolas una y otra vez, como se hace en el entrenamiento de cualquier deporte o actividad, van entrando dentro del ser humano, ayudando a «nacer de nuevo» (Jn 3,1-8). Y es ahí donde se manifiesta que la palabra de Dios va echando raíces en el corazón, que se ama a Dios por encima de otras cosas; y se le ama no de una forma pasajera, a veces incluso interesada, sino de una manera continua y permanente. Haciendo así, se va sintiendo, casi sin darse uno cuenta, que nuestra vida va encontrando su plenitud viviendo unido a Él.

Fraternalmente.

Hambre de …

Mt 4,1-11. «Y al final sintió hambre». Esta afirmación está situada en la escena de lo que conocemos como las tentaciones de Jesús en el desierto. Inmediatamente después de ser bautizado, el Espíritu de Dios lo conduce al desierto para ser tentado. Así nos lo dice la palabra de Dios. «Guardó un ayuno de cuarenta días con sus noches y al final sintió hambre».

El hambre como esa tendencia que acompaña al ser humano de estar en el centro, de ser más que los otros, de creerse superior, de tomar el camino más fácil, ese que no comporta sacrificios, de permitirse todos los caprichos … «Sintió hambre». Me alegra ver a Jesús así: tentado, es decir, dividido en sí mismo, con un cierto desconcierto y algo de sufrimiento. Sentir el deseo, pero saber que ese no es el camino. Y volver a sentirlo, y seguir sabiendo que ese no es el camino. Me alegra ver a Jesús, al Hijo de Dios, así de humano, como yo.

Y cuando el Tentador, que astutamente quiere desviarlo del verdadero camino, lo tiene contra las cuerdas, he aquí que surge del fondo de su corazón lo más precioso que tiene: la palabra de Dios. Esa es su fuerza contra el mal. No hay otra. Es esa palabra eterna que lo salva.

Para que la Palabra de Dios nos salve, especialmente en aquellas situaciones donde somos extremadamente vulnerables, ésta tiene que estar en nuestro foro interno, tiene que habitarnos, y no como simple huésped. A este propósito me gusta recordar las siguientes palabras del libro de los Proverbios: «Él me instruía así: conserva mis palabras en la memoria, guarda mis preceptos y vivirás; adquiere sensatez, adquiere inteligencia, no la olvides, no te apartes de mis consejos; no la abandones, y te guardará; ámala y te protegerá» (Prov 4,4-6)

¡Feliz camino Cuaresmal!

Este es mi Hijo querido

Mt 3,13-17. Sigo pensando en la fiesta del bautismo de Jesús, en lo que él pide y hace, en la voz que surge desde arriba revelando su verdadera identidad. “Este es mi Hijo querido, mi predilecto”.

Mi memoria se va a algunos años atrás en la sabana chadiana, acompañando grupos de catecúmenos que se preparaban para ser bautizados. Entre lectura y lectura de la palabra de Dios, apareció este mismo pasaje, y como esa luz que iluminó a Saulo camino de Damasco, el Espíritu quiso iluminarme sobre el sentido de las palabras que estaba escuchando.

Así, de pronto, comprendí el significado del bautismo: la revelación de parte de Dios Padre de ser su hijo amado, querido. Fue en silencio, no hubo sobresaltos, la jornada siguió trascurriendo como lo había hecho hasta entonces, pero en mi interior había un asombro agradecido y casi inmerecido: “soy hijo amado y querido por Dios”. La alegría instaló en mí una serenidad basada en la verdad de esa convicción.

Esas palabras que había escuchado, leído, explicado, estudiado, reflexionado tantas veces ahora se llenaban de vida. ¡Eran lo que expresaban! Hay una gran diferencia entre conocer intelectualmente y comprender interiormente el significado de la palabra de Dios. Desde entonces, ese momento carismático, con el que el Señor tocó mi entendimiento, lo considero como uno de esos pasos fundacionales de Dios en mi vida.

Mi bautismo, la revelación por parte de Dios de mi propia identidad, de quién soy realmente en su presencia: hijo amado y querido por Él. De este modo, la vida misionera no es otra cosa que compartir la revelación recibida para que otros muchos puedan acogerla igualmente.

Saludos fraternos.

Fernando García, sx

No se puede empezar mejor el nuevo año

Ha sido el primero de enero. He viajado desde Roma a Bogotá. La razón es la visita a los compañeros javerianos que se encuentran en Colombia. El viaje ha sido largo, muchas horas de vuelo. Llegando al aeropuerto de El Dorado siento el calor humano de la acogida de este hermoso país. Enseguida hay que pasar por la inmigración. Éramos una marea humana. A causa del cansancio hay que tener una dosis mayor de paciencia y tomarse las cosas como vienen, con calma, esperando tu momento.

La señora que organizaba me indicó la ventanilla que me correspondía. Me encontré con un joven funcionario, muy amable. Le di el pasaporte. Tomó los datos de la identidad. Al final me preguntó que donde pensaba pasar la noche. Le indiqué la dirección de nuestra comunidad de Bogotá. Se quedó pensando y al momento me preguntó:

  • “¿es usted sacerdote?”. Le respondí afirmativamente.
  • “¿podría darme la bendición?”, me dijo.
  • “¿qué?”, le pregunté ante lo inesperado de la petición.
  • “Si puede darme la bendición. Es el primer día del año”, me respondió.
  • “¿Y dónde?”, le pregunté.
  • “Aquí mismo”.

Oré un momento y lo bendije en el nombre del Señor.

  •  “No hay mejor manera de empezar el nuevo año, con la bendición de Dios”, dijo con una cara sonriente. Lo agradeció y me dio la mano para el saludo final.

Un nuevo “guiño” del Señor. En este caso para darme la bienvenida en Colombia, tierra que piso por primera vez.

Empezar el nuevo año poniéndose en las manos de quien nos ofrece el don de la vida. No se puede empezar mejor, con la bendición de Dios.

¡Feliz año 2020!

Fernando García, sx

Llegando al final del año y empezando el nuevo

Hace unos días, visitando a un compañero, he tenido un encuentro inesperado, diría providencial, breve pero muy denso, con una amiga suya. Inmediatamente después de la presentación se inicia el diálogo. El tema va enseguida sobre la fe, la Navidad.

Pediatra de profesión encuentra diariamente muchos niños, y confiesa la tristeza que siente viendo estos pequeños, muy cuidados, pero vacíos de la fe. Los padres se preocupan de todo lo que les concierne, excepto de transmitirles la fe”, dice. Y exclama: “¡pero si es lo más grande que podemos transmitir a nuestros hijos!”.

Volviendo a casa mi pensamiento va al contenido de este encuentro no programado. Me vienen en mente las palabras de Papa Francisco: “estamos en un cambiamiento de época”. ¿Por qué esta sociedad occidental, a nivel general, ha dejado de transmitir la fe? ¿Por qué para los padres no es importante iniciar a sus hijos en el conocimiento y en el amor al Señor? Habrá muchas razones sin duda, pero pienso en una de una manera particular: se transmite lo que se valora como importante para la vida. Esto quiere decir que la fe cristiana, el evangelio de Jesucristo, para muchos no ha sido acogido como tal. Y si no es acogido como importante tampoco vale la pena transmitirlo. Casi que viene a ser considerado como un obstáculo al progreso humano.

Entonces, ¿quién puede trasmitir la fe, quién puede decir a la generación que sigue que la fe es un don inestimable para vivir plenamente, en comunión fraterna, en la realización de un proyecto de sociedad donde lo que cuenta en primer lugar es la dignidad de cada ser humano? ¿Quién? Quien ha tenido experiencia de ello.

Unos días antes en París, otro encuentro providencial con una familia. Los padres y tres hijos. El padre es rumano, ortodoxo; la madre es francesa, católica. Basta verlos un momento para darse cuenta que estos padres han transmitido la fe cristiana a sus hijos, que ahora son adolescentes: la acogida, la manera de hablar, gestos de atención, de servicio, las preguntas que hacen, lo que van compartiendo…

¡Eh sí, la fe se puede transmitir!

Hace un año conocí a un matrimonio en Italia. Tienen dos hijos, empezando a trabajar después de la Universidad. Es una familia cristiana. Dialogando con el padre, debe tener sobre los 60 años, me dijo casi como si fuese una confesión: “la mayor alegría de mi vida, es la fe de mis hijos”. ¡Casi nada!

La fe solo se puede transmitir cuando se está convencido de ella, cuando Jesucristo es algo más que un personaje de la historia, cuando se descubre en él “el Camino, la Verdad y la Vida”. No transmitirlo sería una locura, una insensatez.

Os deseo un muy feliz año nuevo, caminando con Él, dejándose conducir y modelar por su Palabra, con un horizonte amplio, ir haciendo de nuestro mundo el hogar donde todos podemos vivir fraternamente, sentirnos bien los unos con los otros.

Un abrazo,

Fernando García, sx

San Juan, apóstol y evangelista

Jn 20,1-10. Celebramos hoy la memoria de san Juan, apóstol y evangelista. El evangelio de este día me ayuda a comprender un poco mejor a este gran apóstol. Nos habla de María Magdalena que va por la mañana temprano a ver el sepulcro donde se encuentra el cuerpo de Jesús. Al llegar ve que han movido la piedra de la sepultura y que el cuerpo de Jesús no se encuentra ahí. Inmediatamente va a comunicarlo a Pedro y al otro discípulo, el predilecto de Jesús.

Los dos empiezan a correr. El otro discípulo llega antes que Pedro. Ve los lienzos, pero no entra. Enseguida llega Pedro que entra, y observa todo lo que hay, los lienzos y el sudario. «Entonces entró el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro, vio y creyó» (Jn 10,8).

Los dos, Pedro y Juan, han vivido con Jesús, han escuchado sus palabras, han visto lo que hacía. Pedro entra, observa, pero no llega a creer. Juan entra, ve y cree.

Se trata de creer o no creer. La fe antes que nada es una cuestión de corazón, de confianza, de amor. El razonamiento viene después. Es lo que vive Juan. En aquel sepulcro vacío reconoce las palabras dichas por Jesús. Y sus ojos se abren. No necesita más para creer.

Pedro, por el contario, tiene dificultad para entrar en el lenguaje de la fe gratuita, del don inesperado, de la sorpresa que se presenta sin buscarla, del acto de amar sin recompensa… Necesitará sentirse amado en la realidad triste de su propia existencia para dar el salto a la fe y confiar así su vida al Señor.

¿Qué es lo que vivió Juan y cómo lo vivió? Lo encontramos principalmente en el Evangelio que lleva su nombre. Sin duda el más original y personal de los cuatro. No se limitó a repetir las tradiciones que había recibido, las reelaboró a partir de su propia experiencia de vida: pinceladas del encuentro personal con Jesús: «Eran las cuatro de la tarde»; retrato, a través de Nicodemo, del nuevo nacimiento en el reino de Dios; relatos únicos de un camino de fe: la Samaritana, el hombre que llevaba treinta y ocho años enfermo en la piscina de Betesda, el ciego de nacimiento, la resurrección de Lázaro; descripción, a través de escenas de la vida real, del sentido profundo de la Ultima Cena: compartir y servir; unión estrecha entre el Maestro y el discípulo a través de la imagen de la vid y los sarmientos. La promesa del Espíritu …

¡Ver para creer!

Feliz día.

NAVIDAD

Navidad es la celebración de la manifestación humana, visible de Dios. Él se hace uno de nosotros. Misterio de los misterios, que se acoge en la fe y en la confianza que nos da su palabra.

En estos días de preparación navideña, dos elementos han llegado a mi pensamiento. Los comparto. El primero es mirando la genealogía de Jesús, sus antepasados que se pierden en el tiempo. Él se encarna, nace en una historia familiar, en un pueblo que espera el Mesías, aquel que lo liberaría de toda opresión.

Y a partir de él sigue la historia de la salvación, que se abre ahora a la universalidad de los diferentes pueblos que habitan la Tierra.

Me da alegría pensar que yo también formo parte de este pueblo querido y amado por Dios. Un pueblo que tiene una historia grande de presencia de Dios, y al mismo tiempo una responsabilidad, la de seguir transmitiendo a las generaciones presentes y futuras la Vida que ha recibido. Es algo grande, fruto del nacimiento de Jesús, “Dios que salva a la humanidad”.

El segundo es la manera cómo Dios se presenta entre nosotros. Los diferentes pasajes bíblicos, y en particular los evangélicos, nos hablan de una presencia inesperada. Dios se presenta en quien menos se podría esperar. De ahí que veo la importancia de estar abiertos a la sorpresa de Dios en nuestras vidas. La experiencia nos va diciendo que hay poco de programación en esto. Dios entra, toca el corazón, mueve los sentimientos, y te dice: “cuento contigo”. ¡Algo grande y maravilloso! Dejarse sorprender por Él, disponerse para que pueda tocarnos cuando lo vea conveniente y oportuno. Y seguir así escribiendo la historia de la salvación.

¡Feliz Navidad!

Jesucristo, Rey y Señor del Universo

Lc 23,35-43. Último Domingo del año litúrgico. La solemnidad de Jesucristo como rey del universo que celebramos hoy es la conclusión del camino que inició con la preparación del nacimiento del Mesías esperado: este Jesús que hemos acompañado y seguido a lo largo del año, este niño que nació en el anonimato, éste es el Señor, el Rey del universo, «el Camino, la Verdad y la Vida».

Ahora bien, la realeza, el señorío de Jesucristo no es a la manera de este mundo. «Mi reino no es de este mundo, si mi reino fuese de este mundo, mis soldados habrían peleado para que no me entregaran a los judíos. Ahora bien, mi reino no es de aquí», responde Jesús a Pilato.

«Entonces, ¿tú eres rey? Jesús contestó: – Tú lo dices. Yo soy rey: para eso he nacido, para eso he venido al mundo, para atestiguar la verdad. Quien está de parte de la verdad escucha mi voz» (Jn 18,36-37).

La realeza, el señorío de Jesús se manifiesta en sus palabras, en sus gestos, en su manera de vivir. Todo ello habla de la verdad de Dios.

¡Feliz Domingo!

Pacto de las Catacumbas por la Casa Común

Por una Iglesia con rostro amazónico, pobre y servidora, profética y samaritana

Nosotros, los participantes del Sínodo Pan-Amazónico, compartimos la alegría de vivir entre numerosos pueblos indígenas, quilombolas, ribereños, migrantes, comunidades en la periferia de las ciudades de este inmenso territorio del Planeta. Con ellos hemos experimentado la fuerza del Evangelio que actúa en los pequeños. El encuentro con estos pueblos nos desafía y nos invita a una vida más simple de compartir y gratuidad. Influidos por la escucha de sus gritos y lágrimas, acogemos de corazón las palabras del Papa Francisco:

“Muchos hermanos y hermanas en la Amazonía cargan cruces pesadas y esperan el consuelo liberador del Evangelio, la caricia amorosa de la Iglesia. Por ellos, con ellos, caminemos juntos”.

Recordamos con gratitud a los obispos que, en las Catacumbas de Santa Domitila, al final del Concilio Vaticano II, firmaron el Pacto por una Iglesia servidora y pobre. Recordamos con reverencia a todos los mártires miembros de las comunidades eclesiales de base, de las pastorales y movimientos populares; líderes indígenas, misioneras y misioneros, laicos, sacerdotes y obispos, que derramaron su sangre debido a esta opción por los pobres, por defender la vida y luchar por la salvaguardia de nuestra Casa Común. Al agradecimiento por su heroísmo, unimos nuestra decisión de continuar su lucha con firmeza y valentía. Es un sentimiento de urgencia que se impone ante las agresiones que hoy devastan el territorio amazónico, amenazado por la violencia de un sistema económico depredador y consumista.

Ante la Santísima Trinidad, nuestras Iglesias particulares, las Iglesias de América Latina y el Caribe y de aquellas que son solidarias en África, Asia, Oceanía, Europa y el norte del continente americano, a los pies de los apóstoles Pedro y Pablo y de la multitud de mártires de Roma, América Latina y especialmente de nuestra Amazonía, en profunda comunión con el sucesor de Pedro, invocamos al Espíritu Santo y nos comprometemos personal y comunitariamente a lo siguiente:

1.   Asumir, ante la extrema amenaza del calentamiento global y el agotamiento de los recursos naturales, un compromiso de defender en nuestros territorios y con nuestras actitudes la selva amazónica en pie. De ella provienen las dádivas del agua para gran parte del territorio sudamericano, la contribución al ciclo del carbono y la regulación del clima global, una incalculable biodiversidad y una rica socio diversidad para la humanidad y la Tierra entera.

2.  Reconocer que no somos dueños de la madre tierra, sino sus hijos e hijas, formados del polvo de la tierra (Gen 2, 7-8), huéspedes y peregrinos (1 Ped 1, 17b y 1 Ped 2, 11), llamados a ser sus celosos cuidadores y cuidadores (Gen 1, 26). Por tanto, nos comprometemos a una ecología integral, en la cual todo está interconectado, el género humano y toda la creación porque todos los seres son hijas e hijos de la tierra y sobre ellos flota el Espíritu de Dios (Génesis 1: 2).

3.  Acoger y renovar cada día la alianza de Dios con todo lo creado: «Por mi parte, estableceré mi alianza contigo y tu descendencia, con todos los seres vivos que están contigo, aves, animales domésticos y salvajes, en resumen, con todas las bestias de la tierra que salieron del arca contigo” (Gen 9: 9-10; Gen 9: 12-17).

4.  Renovar en nuestras iglesias la opción preferencial por los pobres, especialmente por los pueblos originarios, y junto con ellos garantizar el derecho a ser protagonistas en la sociedad y en la Iglesia. Ayudarlos a preservar sus tierras, culturas, lenguas, historias, identidades y espiritualidades. Crecer en la conciencia de que deben ser respetados local y globalmente y, en consecuencia, alentar, por todos los medios a nuestro alcance, a ser acogidos en pie de igualdad en el concierto mundial de otros pueblos y culturas.

5.  Abandonar, como resultado, en nuestras parroquias, diócesis y grupos toda clase de mentalidad y postura colonialistas, acogiendo y valorando la diversidad cultural, étnica y lingüística en un diálogo respetuoso con todas las tradiciones espirituales.

6.  Denunciar todas las formas de violencia y agresión contra la autonomía y los derechos de los pueblos indígenas, su identidad, sus territorios y sus formas de vida.

7.  Anunciar la novedad liberadora del evangelio de Jesucristo, en la acogida al otro demás y al diferente, como sucedió con Pedro en la casa de Cornelio: “Usted bien sabe que está prohibido que un judío se relacione con un extranjero o que entre en su casa. Ahora, Dios me ha mostrado que no se debe decir que ningún hombre es profano o impuro” (Hechos 10, 28).

8.  Caminar ecuménicamente con otras comunidades cristianas en el anuncio inculturado y liberador del evangelio, y con otras religiones y personas de buena voluntad, en solidaridad con los pueblos originarios, los pobres y los pequeños, en defensa de sus derechos y en la preservación de la Casa. Común

9.  Establecer en nuestras iglesias particulares una forma de vida sinodal, donde los representantes de los pueblos originarios, misioneros, laicos, en razón de su bautismo y en comunión con sus pastores, tengan voz y voto en las asambleas diocesanas, en los consejos pastorales y parroquiales, en resumen, en todo lo que les cabe en el gobierno de las comunidades.

10.  Comprometernos en el reconocimiento urgente de los ministerios eclesiales ya existentes en las comunidades, llevados a cabo por agentes pastorales, catequistas indígenas, ministras y ministros de la Palabra, valorando especialmente su atención a los más vulnerables y excluidos.

11.  Hacer efectivo en las comunidades que nos han confiado el paso de una pastoral de visita a una pastoral de presencia, asegurando que el derecho a la Mesa de la Palabra y la Mesa de la Eucaristía se haga efectivo en todas las comunidades.

12.  Reconocer los servicios y la real diaconía de la gran cantidad de mujeres que dirigen comunidades en la Amazonía hoy y buscar consolidarlas con un ministerio apropiado de mujeres líderes de comunidad.

13.  Buscar nuevos caminos de acción pastoral en las ciudades donde actuamos, con el protagonismo de laicos y jóvenes, con atención a sus periferias y migrantes, trabajadores y desempleados, los estudiantes, educadores, investigadores y al mundo de la cultura y de la comunicación.

14.  Asumir frente a la avalancha del consumismo con un estilo de vida alegremente sobrio, sencillo y solidario con aquellos que tienen poco o nada; reducir la producción de residuos y el uso de plásticos, favorecer la producción y comercialización de productos agroecológicos y utilizar el transporte público siempre que sea posible.

15.  Ponernos al lado de los que son perseguidos por el servicio profético de denuncia y reparación de injusticias, de defensa de la tierra y de los derechos de los pequeños, de acogida y apoyo a los migrantes y refugiados. Cultivar amistades verdaderas con los pobres, visitar a los más simples y enfermos, ejerciendo el ministerio de la escucha, del consuelo y del apoyo que traen aliento y renuevan la esperanza.

Conscientes de nuestras debilidades, nuestra pobreza y pequeñez frente a desafíos tan grandes y graves, nos encomendamos a la oración de la Iglesia. Que nuestras comunidades eclesiales, sobre todo, nos ayuden con su intercesión, afecto en el Señor y, cuando sea necesario, con la caridad de la corrección fraterna.

Acogemos de corazón abierto la invitación del cardenal Hummes a ser guiados por el Espíritu Santo en estos días del Sínodo y en nuestro regreso a nuestras iglesias:

“Déjense envolver en el manto de la Madre de Dios y Reina de la Amazonía. No dejemos que nos venza la auto-referencialidad, sino la misericordia ante el grito de los pobres y de la tierra. Se requerirá mucha oración, meditación y discernimiento, así como una práctica concreta de comunión eclesial y espíritu sinodal. Este sínodo es como una mesa que Dios ha preparado para sus pobres y nos pide  nosotros que seamos los que sirven la mesa».

Celebramos esta Eucaristía del Pacto como «un acto de amor cósmico». “¡Sí, cósmico! Porque incluso cuando se lleva a cabo en el pequeño altar de una iglesia de aldea, la Eucaristía siempre se celebra, en cierto modo, en el altar del mundo». La Eucaristía une el cielo y la tierra, abraza y penetra toda la creación. El mundo salido de las manos de Dios regresa a Él en feliz y plena adoración: en el Pan Eucarístico «la creación tiende a la divinización, a las santas nupcias, a la unificación con el mismo Creador». «Por esta razón, la Eucaristía es también fuente de luz y motivación para nuestras preocupaciones por el medio ambiente, y nos lleva a ser guardianes de toda la creación».

Catacumbas de Santa Domitila, Roma, 20 de octubre de 2019