Hace unos días, visitando a un compañero, he tenido un encuentro inesperado, diría providencial, breve pero muy denso, con una amiga suya. Inmediatamente después de la presentación se inicia el diálogo. El tema va enseguida sobre la fe, la Navidad.
Pediatra de profesión encuentra diariamente muchos niños, y confiesa la tristeza que siente viendo estos pequeños, muy cuidados, pero vacíos de la fe. “Los padres se preocupan de todo lo que les concierne, excepto de transmitirles la fe”, dice. Y exclama: “¡pero si es lo más grande que podemos transmitir a nuestros hijos!”.
Volviendo a casa mi pensamiento va al contenido de este encuentro no programado. Me vienen en mente las palabras de Papa Francisco: “estamos en un cambiamiento de época”. ¿Por qué esta sociedad occidental, a nivel general, ha dejado de transmitir la fe? ¿Por qué para los padres no es importante iniciar a sus hijos en el conocimiento y en el amor al Señor? Habrá muchas razones sin duda, pero pienso en una de una manera particular: se transmite lo que se valora como importante para la vida. Esto quiere decir que la fe cristiana, el evangelio de Jesucristo, para muchos no ha sido acogido como tal. Y si no es acogido como importante tampoco vale la pena transmitirlo. Casi que viene a ser considerado como un obstáculo al progreso humano.
Entonces, ¿quién puede trasmitir la fe, quién puede decir a la generación que sigue que la fe es un don inestimable para vivir plenamente, en comunión fraterna, en la realización de un proyecto de sociedad donde lo que cuenta en primer lugar es la dignidad de cada ser humano? ¿Quién? Quien ha tenido experiencia de ello.
Unos días antes en París, otro encuentro providencial con una familia. Los padres y tres hijos. El padre es rumano, ortodoxo; la madre es francesa, católica. Basta verlos un momento para darse cuenta que estos padres han transmitido la fe cristiana a sus hijos, que ahora son adolescentes: la acogida, la manera de hablar, gestos de atención, de servicio, las preguntas que hacen, lo que van compartiendo…
¡Eh sí, la fe se puede transmitir!
Hace un año conocí a un matrimonio en Italia. Tienen dos hijos, empezando a trabajar después de la Universidad. Es una familia cristiana. Dialogando con el padre, debe tener sobre los 60 años, me dijo casi como si fuese una confesión: “la mayor alegría de mi vida, es la fe de mis hijos”. ¡Casi nada!
La fe solo se puede transmitir cuando se está convencido de ella, cuando Jesucristo es algo más que un personaje de la historia, cuando se descubre en él “el Camino, la Verdad y la Vida”. No transmitirlo sería una locura, una insensatez.
Os deseo un muy feliz año nuevo, caminando con Él, dejándose conducir y modelar por su Palabra, con un horizonte amplio, ir haciendo de nuestro mundo el hogar donde todos podemos vivir fraternamente, sentirnos bien los unos con los otros.
Un abrazo,
Fernando García, sx







Estamos empezando el nuevo año 2019. Comparto dos sentimientos que anidan en mi interior. El primero, es el agradecimiento. Dar gracias a Quien me ha dado la posibilidad de vivir, de comenzar un nuevo año. Reconozco que todo lo que soy parte de ahí, de un don. Todo lo que soy y tengo proviene de ese gran regalo que es la vida. Todo, absolutamente todo. Vida física, espiritual, cualidades, posibilidades, esfuerzos, ilusiones, sueños, compromisos, fraternidad, vida consagrada, ministerio presbiteral, familia natural y religiosa, Iglesia, vida misionera…

La Virgen María está muy presente en la Iglesia brasileña. El santuario de Aparecida es el lugar por excelencia que habla de esta presencia de madre en medio de la comunidad cristiana. A la Virgen se le quiere y se le ama profunda y tiernamente.