El Señor te asegura, (Is 48,17)

« Soy yo quien te hago saber lo que puedes necesitar; soy yo quien te hago caminar por el camino que debes seguir« »

« Sono io che ti faccio sapere quel che ti potrà servire; sono io che ti faccio camminare sulla strada che devi seguire »

« C’est moi qui t’enseigne
ce qui doit t’être utile ;
c’est moi qui te conduis
sur le chemin que tu suis. »

« I, the LORD, your God, teach you what is for your good,
and lead you on the way you should go »

« Akulah yang akan memberi tahu Anda apa yang akan Anda butuhkan; Akulah yang membuatmu berjalan di jalan yang harus kamu ikuti. »

« Sou eu quem o deixarei saber o que você precisará; sou eu que te faço trilhar o caminho que deves seguir. »

El Señor dice: (Is 41,14)

« El Señor dice: eres pequeño y débil como un gusanito, pero no temas: yo te ayudaré. »

« Le Seigneur dit: tu es petit et faible comme un ver, mais n’aie pas peur: je vais t’aider. »

« Dice il Signore: sei piccolo e debole come un verme, ma non temere: io ti aiuterò. »

« The Lord says: you are small and weak as a worm, but do not be afraid: I will help you. »

« Tuhan berkata: kamu kecil dan lemah seperti cacing, tapi jangan takut: Aku akan membantumu. »

« O Senhor diz: você é pequeno e fraco como um verme, mas não tenha medo: eu o ajudarei. »

Los que esperan en el Señor (Is 40,29-31)

« El Señor da fuerza al cansado, acrecienta el vigor del inválido; aun los muchachos se cansan, se fatigan, los jóvenes tropiezan y vacilan; 

pero los que esperan en el Señor renuevan sus fuerzas, echan alas como las águilas, corren sin cansarse, marchan sin fatigarse ».

« Le Seigneur redonne des forces à celui qui faiblit,
il remplit de vigueur celui qui n’en peut plus. Les jeunes eux-mêmes connaissent la défaillance ; même les champions trébuchent parfois.

Mais ceux qui comptent sur le Seigneur
reçoivent des forces nouvelles ;
comme des aigles ils s’élancent.
Ils courent, mais sans se lasser,
ils avancent, mais sans faiblir ».

« Il Signore dà energia a chi è affaticato e rende forte il debole. Perfino i giovani si stancano, anche i più forti vacillano e cadono;

ma tutti quelli che confidano nel Signore ricevono forze sempre nuove: camminano senza affannarsi, corrono senza stancarsi, volano con ali di acqua».

« The LORD gives strength to the fainting; for the weak he makes vigor abound.Though young men faint and grow weary, and youths stagger and fall,

They that hope in the LORD will renew their strength,
they will soar as with eagles’ wings;
They will run and not grow weary,
walk and not grow faint ».

« Mereka yang berharap kepada TUHAN akan memperbaharui kekuatannya, mereka akan membubung seperti sayap elang; Mereka akan lari dan tidak menjadi lelah,berjalan dan tidak pingsan »

« O Senhor dá vigor ao cansado e multiplica as forças ao que não tem nenhum vigor. Os jovens se cansarão e se fatigarão, e os jovens certamente cairão.

Mas os que esperam no Senhor renovarão as suas forças e subirão com asas como águias; correrão e não se cansarão; caminharão e não se fatigarão ».

El Señor piensa en mí

Estaba esta mañana leyendo el salmo 40 cuando hacia el final encuentro esta frase: “El Señor piensa en mí” (Sal 40.18). Me he quedado en silencio, pensando en lo que estaba leyendo, sin decir nada. Pasado un rato, logro intuir el significado encerrado en esta expresión. El Señor piensa en mí, como lo hace con cada ser humano, se interesa por mi situación personal, por lo que estoy viviendo, por mis preocupaciones, por mis anhelos y deseos … Nada mío es ajeno o extraño a Dios.

Y al pensar en mí, Dios me está iluminando, me abre horizontes, me da confianza y serenidad, me dice que me acompaña, que me guía … Puesto que está conmigo, ¿por qué he de temer algo? Me vienen a la mente las palabras que encontramos en 1 Jn 4,18: “Quien vive en el amor de Dios no tiene miedo. Antes bien, el verdadero amor desaloja el miedo”.  

Es algo muy grande, que va más allá de lo que puedo comprender con mi pobre razón humana. Esta manera de revelarse de Dios, tan cercano, tan humano, tan atento, con tanto cariño, amándome y queriéndome, acompañándome en mi vida diaria … me deja sin palabras, me quita todas las barreras proteccionistas que me voy inventando, y con ternurame desafía, como un día Jesús lo hizo con Pedro:

Jesús les dijo: —¡Animaos! Soy yo, no temáis. Pedro le contestó:  —Señor, si eres tú, mándame ir por el agua hasta ti. —Ven, le dijo. Pedro saltó de la barca y comenzó a caminar por el agua acercándose a Jesús; pero, al sentir el viento, tuvo miedo, entonces empezó a hundirse y gritó: —¡Señor, sálvameAl punto Jesús extendió la mano, lo sostuvo y le dijo: —¡Hombre de poca fe! ¿Por qué dudaste? Cuando subieron a la barca, el viento amainó. Los de la barca se postraron ante él diciendo: —Ciertamente eres Hijo de Dios”. (Mt 14,27-33)

El Señor piensa en mí”. ¡Feliz quien, como un niño pequeño en los brazos de sus padres, acoge estas palabras como verdaderas y se deja guiar por ellas!

¡Feliz Domingo!

El don de perdonar

Durante la oración de esta mañana, el Espíritu de Dios puso en mi corazón el deseo de compartir contigo una parte del evangelio de este día: Mt 18,21-19,1. Se trata de la pregunta que Simón Pedro le hace a Jesús: «Señor, si mi hermano peca contra mí, ¿cuántas veces tengo que perdonar tengo que perdonarlo? ¿hasta siete veces?». Jesús le responde: «no te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete».

Es decir, siempre.

Este tema del perdón es vital para el crecimiento en la vida espiritual. Tenemos la experiencia de que no es fácil perdonar a quien te hace mal, o te lo desea. Pero la semilla divina está ahí: podemos perdonar porque Dios nos ha perdonado en su amor misericordioso.

Sin duda que el poder perdonar es un don de Dios.

En el mismo evangelio de san Mateo, Jesús dice: «Felices son lo que tienen el corazón puro, porque verán a Dios.

Pido a Dios Padre que la semilla del odio, de la venganza, del resentimiento, de la indiferencia … no echen raíces en mi corazón.

Que cada vez que surja en mi corazón uno de estos sentimientos negativos, y por consiguiente destructivos, tenga la claridad mental y la fuerza interior para reemplazarlos inmediatamente con sus opuestos. Es un camino de purificación en nuestro peregrinar hacia la unión con Dios.

Querido amigo, si un día puedes compartir tu experiencia sobre este tema, te lo agradezco de corazón. Necesito luz.

Un abrazo fuerte. ¡Qué tengas un buen día!

«Mi alma la quiero para Dios»

«Jesús dice a Marta: —Yo soy la resurrección y la vida. Quien cree en mí, aunque muera, vivirá; y quien vive y cree en mí no morirá para siempre. ¿Lo crees? Le contestó: —Sí, Señor, yo creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que había de venir al mundo» (Jn 11,25-27).

Queridos paisanos y amigos, muchas gracias por vuestras palabras de cercanía y de cariño en este momento tan particular que estamos viviendo como familia, donde nuestra madre Consuelo nos ha dejado físicamente. La muerte forma parte de la vida terrestre. Es una etapa. La vivimos con la esperanza que nos viene de las palabras de Jesús: la muerte física te abre a otra dimensión, la vida eterna.

En los días pasados recibí muchos mensajes. No abrí el whatsApp ni el correo electrónico. He querido darme tiempo para poder estar en mí mismo, reflexionar, ir asumiendo la ausencia de quien me ha dado la vida y me ha acompañado durante los 57 años que tengo. Ahora poco a poco voy retomando la vida ordinaria y así me permito de poder compartir con vosotros algunos sentimientos y pensamientos que alberga mi corazón.

Sentí mucho el no poder estar al lado de ella en los últimos momentos. Sentí una gran impotencia de no poder moverme de donde estoy debido a las circunstancias que todos conocemos. Así que intenté acompañarla desde la distancia enviándole mucho cariño y ternura a través del pensamiento, del deseo y de la oración. Apenas supe de la gravedad de la situación en la que se encontraba la puse en las manos del Señor y de la Virgen María, nuestra Madre. Y tuve la sensación que mi oración era escuchada. Esto me dio serenidad.

El no poder hacer el velatorio como se hace normalmente con toda persona que fallece, también creó en mí un sentido de frustración. Pensé inmediatamente en todas las personas que han vivido o están viviendo situaciones parecidas. Pensemos en todos los que están muriendo a causa del Covid 19, y cómo están siendo enterrados o incinerados… Vivir en propia carne la misma situación te ayuda a sentir más de cerca la realidad de sufrimiento y de desgarro que viven muchas otras personas. En el fondo te sientes solidario de tanta gente que vive lo que tú estás viviendo. Nos hace más cercano al dolor de nuestro prójimo. Y podemos decir: «ahora hablo de esto no porque me lo han dicho, sino porque también yo lo he vivido».

El martes por la mañana, en la comunidad javeriana de Roma donde me encuentro ahora, hemos celebrado la Eucaristía como si mi madre estuviese de cuerpo presente en la Iglesia de nuestro pueblo, La Huertezuela, en el último adiós. Las dos lecturas que hemos hecho son las siguientes: la primera es del libro de Job (Job 19,25-27); y la segunda es el texto del Evangelio que he puesto al inicio (Jn 11,25-27). En el primero, Job proclama su fe en el Dios vivo, y afirma con una convicción total que él mismo verá a Dios. En el Evangelio encontramos la afirmación clara de Jesús cuando va a visitar a la familia de Marta y María, en ocasión de la muerte de su hermano Lázaro. Es una afirmación clara que quien cree en Jesús, aunque si muere vivirá eternamente. Pero para ello es necesario creer en sus palabras. Es la pregunta que Jesús le hace a Marta.

Creo que ambos textos reflejan la fe de mi madre, que es la fe de la Iglesia. Personalmente, leer estas palabras me da mucha serenidad, confianza y fuerza interior.

Después de celebrar la Eucaristía por su eterno descanso, me vino a la mente espontáneamente una frase que ella repetía en determinadas circunstancias y que bien podría resumir su vida. Es la siguiente: «Mi alma la quiero para Dios». La decía en momentos particulares en donde se requería ser honestos y decir la verdad. Con ella, por consiguiente, expresaba lo que ha sido la recta intención que la ha acompañado a lo largo de su vida. No había medias verdades en ella. Decía lo que pensaba y creía. Tenía una preocupación grande por ser honesta y verdadera. Y al mismo tiempo un gran sentido de la presencia de Dios en su vida. Es esta presencia de Dios la que la llevaba a vivir así.

Ahora que los días van pasando, creo que es bueno recordar cosas que nos ha transmitido y que forman parte de la riqueza que nos ha legado. Recordar para no olvidar. El mundo en el que vivimos va tan rápido, aunque ahora con el Covid 19 las cosas se empiezan a mirar diferentemente, que casi no nos da tiempo de reflexionar, pensar, valorar, transmitir. Y una persona que ha vivido 94 años, con una historia increíble, como todas las personas de nuestro pueblo que nos han ido precediendo y que han hecho posible que nosotros estemos ahora aquí y seamos lo que somos, merecen que se les recuerden y se pongan en evidencia todo aquello que los ha hecho grandes como personas. Y creo que también las generaciones posteriores de nuestras familias, nietos y bisnietos, tienen el derecho, y por qué no decir la obligación, de conocerlos un poco mejor, aunque siempre sea tamizado por el filtro de los que han vivido más cerca de ellos.

Gracias de nuevo. Un día, cuando podamos circular de nuevo libremente, nos reuniremos, en presencia de nuestro patrón, san José Obrero, y de nuestra Madre, la Virgen María, para celebrar juntos la Eucaristía por su eterno descanso, y al mismo tiempo, dar gracias a Dios por el don de su vida en nuestras vidas..

Saludos para todos y feliz Pascua de Resurrección.

Amar a Dios

En estos días pasados ha habido una palabra de Jesús que me ha llegado al fondo del alma. Hablando a sus discípulos y a los que lo rodeaban dice con rotundidad: «Yo sé bien que no amáis a Dios» (Jn 5,41). Esto ha encendido una alarma en mi corazón: ¿qué está pasando aquí?, me he preguntado. Intentando comprender lo dicho por Jesús, mis ojos han ido hacia otra palabra de Él que la precede. Dice: «su palabra no está arraigada en vosotros» (Jn 5,38). Se refiere a la Palabra de Dios Padre. La conclusión lógica es muy clara: si la palabra de Dios no está arraigada, es decir si no ha echado raíces (Mc 4,16-19) en el corazón humano, no hay amor a Dios. No hay que engañarse a sí mismo. Serán palabras huecas y vacías.

De pronto he recordado otra palabra del profeta Oseas que hemos escuchado unos días atrás, donde el Señor dice a su pueblo: «Tu amor por mí desaparece como una nube matutina; es como el rocío que se desvanece al amanecer» (Os 6,4-5). Y con contundencia afirma: «Quiero amor constante, no sacrificios. Prefiero que mi pueblo me conozca, en lugar de ofrecerme sacrificios» (Os 6,6).

La pregunta inevitable que me hago es: ¿cómo puedo amar a Dios verdaderamente?, ¿en qué se manifiesta que el amor de Dios está en mi corazón?; ¿cómo puedo ser creyente, no de un momento o de unos días, sino día y noche, un día sí y otro también, en las duras y en las maduras?

La respuesta que encuentro es la siguiente: se ama a Dios acogiendo su Palabra, haciéndola carne de la propia carne. Es un trabajo cotidiano, de entrenamiento diario para ir adquiriendo la nueva personalidad que viene del Espíritu de Dios; de quien ama a Dios y encuentra su gozo y su alegría en Él; de quien siente la necesidad de Dios como el cuerpo humano siente la necesidad de respirar.

En el momento de las tentaciones de Jesús, lo que le salvó fue la palabra de Dios. Pudo vencer las invitaciones seductoras del Diablo con la sola fuerza de la palabra de Dios. Pero esta palabra salió afuera, surgió en el momento justo porque estaba en el corazón de Jesús.

«Un árbol sano da frutos buenos, un árbol enfermo da frutos malos. Un árbol sano no puede dar frutos malos ni un árbol enfermo puede dar frutos buenos … Así pues, por sus frutos los reconoceréis» (Mt 7,15-20) Se trata sencillamente de dar un fruto diario: hacer una acción buena, decir una palabra agradable y constructiva, tener un comportamiento justo que ayuda al bien común, desarrollar una reacción llena de humanidad, ofrecer el perdón, escuchar a quien lo necesita, dar una mano a quien se queda atrás, ser paciente cuando la circunstancia lo requiere … No se trata de heroicidades, sino de pequeñas cosas que están al alcance de nuestras manos.

Repitiéndolas una y otra vez, como se hace en el entrenamiento de cualquier deporte o actividad, van entrando dentro del ser humano, ayudando a «nacer de nuevo» (Jn 3,1-8). Y es ahí donde se manifiesta que la palabra de Dios va echando raíces en el corazón, que se ama a Dios por encima de otras cosas; y se le ama no de una forma pasajera, a veces incluso interesada, sino de una manera continua y permanente. Haciendo así, se va sintiendo, casi sin darse uno cuenta, que nuestra vida va encontrando su plenitud viviendo unido a Él.

Fraternalmente.

Hambre de …

Mt 4,1-11. «Y al final sintió hambre». Esta afirmación está situada en la escena de lo que conocemos como las tentaciones de Jesús en el desierto. Inmediatamente después de ser bautizado, el Espíritu de Dios lo conduce al desierto para ser tentado. Así nos lo dice la palabra de Dios. «Guardó un ayuno de cuarenta días con sus noches y al final sintió hambre».

El hambre como esa tendencia que acompaña al ser humano de estar en el centro, de ser más que los otros, de creerse superior, de tomar el camino más fácil, ese que no comporta sacrificios, de permitirse todos los caprichos … «Sintió hambre». Me alegra ver a Jesús así: tentado, es decir, dividido en sí mismo, con un cierto desconcierto y algo de sufrimiento. Sentir el deseo, pero saber que ese no es el camino. Y volver a sentirlo, y seguir sabiendo que ese no es el camino. Me alegra ver a Jesús, al Hijo de Dios, así de humano, como yo.

Y cuando el Tentador, que astutamente quiere desviarlo del verdadero camino, lo tiene contra las cuerdas, he aquí que surge del fondo de su corazón lo más precioso que tiene: la palabra de Dios. Esa es su fuerza contra el mal. No hay otra. Es esa palabra eterna que lo salva.

Para que la Palabra de Dios nos salve, especialmente en aquellas situaciones donde somos extremadamente vulnerables, ésta tiene que estar en nuestro foro interno, tiene que habitarnos, y no como simple huésped. A este propósito me gusta recordar las siguientes palabras del libro de los Proverbios: «Él me instruía así: conserva mis palabras en la memoria, guarda mis preceptos y vivirás; adquiere sensatez, adquiere inteligencia, no la olvides, no te apartes de mis consejos; no la abandones, y te guardará; ámala y te protegerá» (Prov 4,4-6)

¡Feliz camino Cuaresmal!

Este es mi Hijo querido

Mt 3,13-17. Sigo pensando en la fiesta del bautismo de Jesús, en lo que él pide y hace, en la voz que surge desde arriba revelando su verdadera identidad. “Este es mi Hijo querido, mi predilecto”.

Mi memoria se va a algunos años atrás en la sabana chadiana, acompañando grupos de catecúmenos que se preparaban para ser bautizados. Entre lectura y lectura de la palabra de Dios, apareció este mismo pasaje, y como esa luz que iluminó a Saulo camino de Damasco, el Espíritu quiso iluminarme sobre el sentido de las palabras que estaba escuchando.

Así, de pronto, comprendí el significado del bautismo: la revelación de parte de Dios Padre de ser su hijo amado, querido. Fue en silencio, no hubo sobresaltos, la jornada siguió trascurriendo como lo había hecho hasta entonces, pero en mi interior había un asombro agradecido y casi inmerecido: “soy hijo amado y querido por Dios”. La alegría instaló en mí una serenidad basada en la verdad de esa convicción.

Esas palabras que había escuchado, leído, explicado, estudiado, reflexionado tantas veces ahora se llenaban de vida. ¡Eran lo que expresaban! Hay una gran diferencia entre conocer intelectualmente y comprender interiormente el significado de la palabra de Dios. Desde entonces, ese momento carismático, con el que el Señor tocó mi entendimiento, lo considero como uno de esos pasos fundacionales de Dios en mi vida.

Mi bautismo, la revelación por parte de Dios de mi propia identidad, de quién soy realmente en su presencia: hijo amado y querido por Él. De este modo, la vida misionera no es otra cosa que compartir la revelación recibida para que otros muchos puedan acogerla igualmente.

Saludos fraternos.

Fernando García, sx

No se puede empezar mejor el nuevo año

Ha sido el primero de enero. He viajado desde Roma a Bogotá. La razón es la visita a los compañeros javerianos que se encuentran en Colombia. El viaje ha sido largo, muchas horas de vuelo. Llegando al aeropuerto de El Dorado siento el calor humano de la acogida de este hermoso país. Enseguida hay que pasar por la inmigración. Éramos una marea humana. A causa del cansancio hay que tener una dosis mayor de paciencia y tomarse las cosas como vienen, con calma, esperando tu momento.

La señora que organizaba me indicó la ventanilla que me correspondía. Me encontré con un joven funcionario, muy amable. Le di el pasaporte. Tomó los datos de la identidad. Al final me preguntó que donde pensaba pasar la noche. Le indiqué la dirección de nuestra comunidad de Bogotá. Se quedó pensando y al momento me preguntó:

  • “¿es usted sacerdote?”. Le respondí afirmativamente.
  • “¿podría darme la bendición?”, me dijo.
  • “¿qué?”, le pregunté ante lo inesperado de la petición.
  • “Si puede darme la bendición. Es el primer día del año”, me respondió.
  • “¿Y dónde?”, le pregunté.
  • “Aquí mismo”.

Oré un momento y lo bendije en el nombre del Señor.

  •  “No hay mejor manera de empezar el nuevo año, con la bendición de Dios”, dijo con una cara sonriente. Lo agradeció y me dio la mano para el saludo final.

Un nuevo “guiño” del Señor. En este caso para darme la bienvenida en Colombia, tierra que piso por primera vez.

Empezar el nuevo año poniéndose en las manos de quien nos ofrece el don de la vida. No se puede empezar mejor, con la bendición de Dios.

¡Feliz año 2020!

Fernando García, sx