«Jesús dice a Marta: —Yo soy la resurrección y la vida. Quien cree en mí, aunque muera, vivirá; y quien vive y cree en mí no morirá para siempre. ¿Lo crees? Le contestó: —Sí, Señor, yo creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que había de venir al mundo» (Jn 11,25-27).
Queridos paisanos y amigos, muchas gracias por vuestras palabras de cercanía y de cariño en este momento tan particular que estamos viviendo como familia, donde nuestra madre Consuelo nos ha dejado físicamente. La muerte forma parte de la vida terrestre. Es una etapa. La vivimos con la esperanza que nos viene de las palabras de Jesús: la muerte física te abre a otra dimensión, la vida eterna.
En los días pasados recibí muchos mensajes. No abrí el whatsApp ni el correo electrónico. He querido darme tiempo para poder estar en mí mismo, reflexionar, ir asumiendo la ausencia de quien me ha dado la vida y me ha acompañado durante los 57 años que tengo. Ahora poco a poco voy retomando la vida ordinaria y así me permito de poder compartir con vosotros algunos sentimientos y pensamientos que alberga mi corazón.
Sentí mucho el no poder estar al lado de ella en los últimos momentos. Sentí una gran impotencia de no poder moverme de donde estoy debido a las circunstancias que todos conocemos. Así que intenté acompañarla desde la distancia enviándole mucho cariño y ternura a través del pensamiento, del deseo y de la oración. Apenas supe de la gravedad de la situación en la que se encontraba la puse en las manos del Señor y de la Virgen María, nuestra Madre. Y tuve la sensación que mi oración era escuchada. Esto me dio serenidad.
El no poder hacer el velatorio como se hace normalmente con toda persona que fallece, también creó en mí un sentido de frustración. Pensé inmediatamente en todas las personas que han vivido o están viviendo situaciones parecidas. Pensemos en todos los que están muriendo a causa del Covid 19, y cómo están siendo enterrados o incinerados… Vivir en propia carne la misma situación te ayuda a sentir más de cerca la realidad de sufrimiento y de desgarro que viven muchas otras personas. En el fondo te sientes solidario de tanta gente que vive lo que tú estás viviendo. Nos hace más cercano al dolor de nuestro prójimo. Y podemos decir: «ahora hablo de esto no porque me lo han dicho, sino porque también yo lo he vivido».
El martes por la mañana, en la comunidad javeriana de Roma donde me encuentro ahora, hemos celebrado la Eucaristía como si mi madre estuviese de cuerpo presente en la Iglesia de nuestro pueblo, La Huertezuela, en el último adiós. Las dos lecturas que hemos hecho son las siguientes: la primera es del libro de Job (Job 19,25-27); y la segunda es el texto del Evangelio que he puesto al inicio (Jn 11,25-27). En el primero, Job proclama su fe en el Dios vivo, y afirma con una convicción total que él mismo verá a Dios. En el Evangelio encontramos la afirmación clara de Jesús cuando va a visitar a la familia de Marta y María, en ocasión de la muerte de su hermano Lázaro. Es una afirmación clara que quien cree en Jesús, aunque si muere vivirá eternamente. Pero para ello es necesario creer en sus palabras. Es la pregunta que Jesús le hace a Marta.
Creo que ambos textos reflejan la fe de mi madre, que es la fe de la Iglesia. Personalmente, leer estas palabras me da mucha serenidad, confianza y fuerza interior.
Después de celebrar la Eucaristía por su eterno descanso, me vino a la mente espontáneamente una frase que ella repetía en determinadas circunstancias y que bien podría resumir su vida. Es la siguiente: «Mi alma la quiero para Dios». La decía en momentos particulares en donde se requería ser honestos y decir la verdad. Con ella, por consiguiente, expresaba lo que ha sido la recta intención que la ha acompañado a lo largo de su vida. No había medias verdades en ella. Decía lo que pensaba y creía. Tenía una preocupación grande por ser honesta y verdadera. Y al mismo tiempo un gran sentido de la presencia de Dios en su vida. Es esta presencia de Dios la que la llevaba a vivir así.
Ahora que los días van pasando, creo que es bueno recordar cosas que nos ha transmitido y que forman parte de la riqueza que nos ha legado. Recordar para no olvidar. El mundo en el que vivimos va tan rápido, aunque ahora con el Covid 19 las cosas se empiezan a mirar diferentemente, que casi no nos da tiempo de reflexionar, pensar, valorar, transmitir. Y una persona que ha vivido 94 años, con una historia increíble, como todas las personas de nuestro pueblo que nos han ido precediendo y que han hecho posible que nosotros estemos ahora aquí y seamos lo que somos, merecen que se les recuerden y se pongan en evidencia todo aquello que los ha hecho grandes como personas. Y creo que también las generaciones posteriores de nuestras familias, nietos y bisnietos, tienen el derecho, y por qué no decir la obligación, de conocerlos un poco mejor, aunque siempre sea tamizado por el filtro de los que han vivido más cerca de ellos.
Gracias de nuevo. Un día, cuando podamos circular de nuevo libremente, nos reuniremos, en presencia de nuestro patrón, san José Obrero, y de nuestra Madre, la Virgen María, para celebrar juntos la Eucaristía por su eterno descanso, y al mismo tiempo, dar gracias a Dios por el don de su vida en nuestras vidas..
Saludos para todos y feliz Pascua de Resurrección.