Quien no acoge el reino de Dios como lo haría un niño no entrará en él.

Mc 10, 13-16. Viendo la reacción que los discípulos tienen frente a los niños, Jesús aprovecha la ocasión para dar una enseñanza sobre el reino de Dios: “el reino de Dios pertenece a los que son como ellos” y “quien no lo acoge como lo haría un niño non entrará en él”. Y les dice claramente de dejarlos que se acerquen a él.

El niño es pequeño, frágil, poco considerado socialmente en la época de Jesús, y al mismo tiempo vive con una cierta “ingenuidad”, confía en la persona mayor.

Para creer en las cosas de Dios, se necesita esa pizca de “ingenuidad”, de confiar en quien te precede, de no permanecer con ciertas preguntas que no tienen una respuesta racional. Es dejarse coger de la mano y seguirlo. Y así se va recorriendo el camino de la vida con Él. Casi sin darse cuenta uno va entrando, como el niño que va creciendo, en ese nuevo universo y descubriendo la belleza escondida.

¡Buenas noches!

Permaneced en mi amor

Jn 15, 9-17. A lo largo de su vida, Jesús va compartiendo con los discípulos lo que hay en su corazón. Lo hace expresando sus sentimientos, a través de la enseñanza y con acciones concretas. En el evangelio de hoy vemos a Jesús enseñando. ¿En qué consiste? Hay varios elementos a tener en cuenta:

  1. Hace una llamada a vivir y permanecer en el amor divino. La manera de lograrlo es guardando y observando sus mandamientos. Una cosa sencilla: cuando respetas los mandamientos de Dios estás viviendo en su amor.
  2. Hay una aportación personal de Jesús. Su mandamiento se concentra en uno solo: “amaros los unos a los otros como yo os he amado”. Cuando amas al otro permaneces en el amor de Dios.
  3. ¿Cómo se ama al prójimo? Dando la propia vida, día tras día, gesto tras gesto, como Jesús lo ha hecho. Este es el grado más alto del amor.
  4. Jesús llama a sus discípulos amigos. ¿Por qué? “Todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer”. No hay secretos, hay plena confianza. Se entra así en un proceso de comunión.
  5. El primer paso es Jesús quien lo ha dado. Es Él quien ha elegido a sus discípulos con una finalidad bien concreta: dar muchos frutos y frutos duraderos, eternos.
  6. El mandamiento del amor se traduce en frutos concretos, cotidianos, mirando el bien del prójimo, que no es otro diferente sino parte de mí mismo. Esto es lo que Jesús ha vivido y es lo que pide a sus discípulos.
  7. Todo esto Jesús lo enseña para compartir la alegría que lo acompaña continuamente. El hecho de compartirla quiere decir que no la reserva para él sólo, sino que su alegría crece en la alegría del prójimo.

¡Feliz Domingo!

“Yo soy el buen pastor”.

Jn 10, 11-18.  La imagen del pastor y del rebaño de ovejas proviene del Antiguo Testamento, donde es aplicada a la relación que establece Dios con su pueblo.

En el Evangelio de hoy, Jesús se define a sí mismo como el buen pastor con dos características fundamentales: por una parte, afirma que conoce a las ovejas y estas lo conocen igualmente, y a continuación dice que el buen pastor está preparado para dar la vida por ellas y la da. Hace una comparación con el mercenario para subrayar dónde está la diferencia.

Tiene una preocupación importante: aquellas ovejas que están fuera del redil.

Palabra y vida. A la base de esta imagen hay una verdad fundamental, que nos es ofrecida hoy por el apóstol san Juan: “Ved qué amor tan grande nos ha mostrado el Padre. Él nos ha llamado a ser sus hijos. Y verdaderamente lo somos (…) Queridos, ahora somos hijos de Dios” (1 Jn 3,1-3).

¿Por qué Dios se preocupa de mí? Porque soy su hijo. ¿Por qué Dios se preocupa del otro? Porque cada ser humano es parte de sus entrañas. No hay más razones.

La consecuencia de todo ello es que quien comprende las cosas así entra en la manera de ser de Dios y por consiguiente actúa como Él.

Ejercicio en este día: Hoy en la Iglesia es una jornada mundial de oración por las vocaciones. Yo oro hoy de una manera particular por la vocación cristiana: saber acoger el amor de Dios en la vida, es decir sentirse amado y querido por Él.  Dios me ama, soy hijo suyo. Y a continuación salir hacia fuera de sí mismo, ahí donde se necesita más ser amado.

Escuchadle

Mc 9,2-10. Todo sucede de una manera sencilla y rápida: la transfiguración de Jesús delante de tres de sus discípulos, una blancura resplandeciente, la presencia de Elías y Moisés conversando con Él, el bienestar de los discípulos manifestando el deseo de quedarse en este lugar, una voz de lo alto revelando su identidad acompañada de un imperativo y la vuelta a la normalidad con un encargo a sus discípulos de no contar nada de lo vivido a nadie hasta el día de la resurrección.

La Transfiguración de Jesús nos revela su identidad y la nuestra. El ser humano ha sido creado para ser imagen de Dios. Quien vive en su presencia, y por consiguiente lo acoge en su vida, irremediablemente refleja la belleza divina.

«¡Qué bien se está aquí!». Vivir en presencia de Dios, vivir con su fuerza es bello, sublime, atrae a quien camina con un corazón transparente, a quien desea siempre algo mejor.

«Éste es mi Hijo querido. Escuchadle». El camino de la transfiguración del ser humano es la escucha del Hijo de Dios.

Palabra y vida. En el fondo del ser humano hay un deseo profundo de eternidad. La vida que nos acompaña nos ha sido dada. Dar cauce a ese deseo educándolo y formándolo con la Palabra, que progresivamente, con altos y con bajos, va realizando en nosotros la transfiguración a imagen de nuestro Padre y Creador.

Ejercicio en este día. Doy gracias al Señor por salir a mi encuentro y por la vida eterna que me ofrece continuamente.

El don de la fe

Jn 20, 8. “Entonces entró el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro, vio y creyó”.

Una de las cosas por las que, en este día en que celebro el aniversario de mi nacimiento, doy gracias al Señor es por el don de la fe. La verdad es que no se cómo ha sido: la educación en mi familia, en el Seminario, personas que me han ido acompañando… La de Dios es una presencia muy familiar, cercana, casi podría decir natural. Cuando me encuentro con un no creyente, me pregunto: ‘¿y por qué yo tengo fe?’.

El Evangelio de hoy nos presenta al otro discípulo, a Juan, al que Jesús amaba, y podemos imaginar que él también amaba a Jesús. Simplemente llegó, vio y creyó. Esto es la fe: confianza y amor. No hay más razonamientos. Te sientes amado, no sabes muy bien porqué, pero es así, y confías en la persona que te ama. La vida diaria te va ayudando a integrar esta presencia ‘Otra’ en la propia carne, en la propia respiración. Simplemente dejarte llevar por quien te acompaña. Amor y confianza.

Doy gracias al Señor por este gran regalo, y al mismo tiempo le digo: ‘¡aumenta mi fe!’.

¡Hoy hemos visto cosas maravillosas!

Lc 5,17-26. Me sorprende ver a estas personas, cuyos nombres desconocemos, acercarse a Jesús llevando en una camilla a un hombre paralítico. Quieren presentárselo, pero hay mucha gente. En vez de desanimarse, hacen algo casi imposible. Y ahí están delante de Jesús.

Debía ser muy grande su fe, porque es sobre ella que Jesús da una nueva vida al hombre paralizado.

Palabra y vida. Pienso en el bien que estas personas hicieron a este hermano que vivía postrado y paralizado. Gracias a ellos, la vida, y con ella la esperanza y la alegría, surgió de nuevo. Volvió a renacer.

Pienso en todo el bien que podemos hacer cuando nos interesamos al otro. ¿Qué les movió? El bien del hermano, verlo feliz, alegre, libre de toda atadura de servidumbre. Así de sencillo.

Ejercicio en este día: cultivo en mi vida el deseo de hacer el bien a quien lo necesita. Con mucha confianza presento al Señor aquellas personas que conozco y que necesitan sentirse amadas por Dios.

5 Noviembre

Este fin de semana estuve de nuevo en Parma. La ocasión ha sido la celebración de la fiesta de nuestro fundador, san Guido M. Conforti. Un par de días de familia y fraternidad. Entre los javerianos con los que me he encontrado está Giorgio Biguzzi, mi maestro de novicios, y siendo Obispo de Makeni en Sierra Leona fue quien me ordenó presbítero en noviembre de 1990. Ha sido una gran alegría de encontrarme de nuevo con él. A sus 81 años lo he visto lleno de energía, fuerza y vivacidad.

Es un gran testimonio para todos nosotros. Cuando el Papa aceptó su dimisión al cumplir los 75 años, tras 25 años de episcopado, volvió a la familia javeriana y se puso a disposición del Superior para ir allí donde hubiese necesidad. Ahora está plenamente integrado en una comunidad javeriana. Se ofrece mucho para la animación misionera y está a disposición del Obispo local para cuando lo necesita. Le deseo mucho bien y que pueda continuar a enriquecernos con su manera sencilla casi espontánea de vivir la consagración religioso misionera.

Ayer Domingo, durante la Eucaristía, Berto Kardi, joven indonesiano de la comunidad del Teologado de Parma, ha hecho la profesión perpetua. Es la primera vez como superior general que presido una tal celebración. Lo debo confesar, en la preparación de la liturgia me emocioné varias veces. Acoger la profesión de los votos religiosos de Berto me emocionó. Y cuánta alegría en el rostro y en el corazón de Berto. “Todo para la misión”, “todo lo puedo con el que me da fuerzas”. Berto también se emocionó al final en el momento de dar gracias y de recordar la familia, sus padres y hermanos que están en Indonesia, y aquellos que le han ayudado a ser cristiano y misionero javeriano. “Cuando era pequeño veía al misionero extranjero hacerse uno de nuestro pueblo anunciando la palabra de Dios. De ahí nació mi deseo de consagrar mi vida al Señor en la misión”. Gracias Berto por el don de tu vida. El Señor te acompaña continuamente. Con Él darás muchos frutos para el bien del reino de Dios. No pierdas nunca la alegría que te acompaña como un gran don del Espíritu.

Dichosos

«Dichosos los pobres de corazón, porque el reinado de Dios les pertenece.

Dichosos los afligidos, porque serán consolados.

Dichosos los desposeídos, porque heredarán la tierra.

Dichosos los que tienen hambre y sed de justicia, porque serán saciados.

Dichosos los misericordiosos, porque serán tratados con misericordia.

Dichosos los limpios de corazón, porque verán a Dios.

Dichosos los que trabajan por la paz, porque se llamarán hijos de Dios.

Dichosos los perseguidos por causa del bien, porque el reinado de Dios les pertenece.

Dichosos vosotros cuando os injurien, os persigan y os calumnien de todo por mi causa.

Estad alegres y contentos pues vuestra paga en el cielo es abundante. De igual modo persiguieron a los profetas que os precedieron.

(Mt 5, 3-13)

Vivir unificado

Mt 22,34-40. No hay dudas en la respuesta que Jesús da al doctor de la ley que maliciosamente le pregunta sobre cuál es el precepto más importante: amar a Dios con todo el corazón, con toda el alma y con toda la mente; y al prójimo como a sí mismo. En ello está resumida la ley entera.

Palabra y vida. Todo el corazón, toda el alma, toda la mente. La palabra de Dios conduce a la unificación de la persona. No puede haber fisuras. Para vivir plenamente, todo el ser de la persona ha de estar orientado hacia quien le ha dado la vida.

Los dos amores van de la mano: amar a Dios y amar al prójimo. El amor a Dios se verifica en el amor al prójimo. “Si uno dice que ama a Dios mientras odia a su hermano, miente; pues si no ama al hermano suyo a quien ve, no puede amar a Dios a quien no ve” (1 Jn 4,20)

Ejercicio en este día: pido al Señor el don de vivir unificado en torno a Él, y de adorarlo de una manera particular en el servicio a mi prójimo.

La coyuntura presente

Lc 12,54-59. Jesús reacciona de una manera fuerte ante lo que está viendo. Se saben interpretar los fenómenos de la naturaleza, pero se es incapaz de interpretar la coyuntura presente ¿Ignorancia, cerrazón, ligereza, superficialidad, fijaciones…? Jesús los llama “hipócritas”.

Quizás viven tan centrados en sí mismos que continúan pasando al lado del tesoro escondido sin darse cuenta de lo que dejan al lado.

Palabra y vida. Interpretar la coyuntura presente requiere abrir los ojos, mirar, escuchar, buscar, dejarse sorprender, guardar silencio, compartir. No se tarda en descubrir los signos de la presencia de Dios.

Ejercicio en este día: miro fuera de mí mismo para darme cuenta de la presencia de Dios en gestos, detalles, palabras, compromisos, personas, silencios, reivindicaciones, impotencias…