
Un hombre que llevaba treinta y ocho años paralizado
Jn 5,1-16. Jesús se acerca a la piscina Betesda. Ve a un hombre que llevaba treinta y ocho años enfermo, paralizado, sin poder moverse. Quería curarse, pero no podía, lo intentaba de nuevo y no lo lograba. Jesús simplemente le dice: “¿quieres sanarte?”. Imaginamos la respuesta completa del hombre: “no me ves cómo estoy; claro que sí, pero no puedo por mi propia cuenta y no hay nadie que me da una mano. Aquí cada uno busca su propio interés, nadie se preocupa de mí”. Jesús responde al deseo profundo de su corazón: “Levántate, toma tu camilla y camina”. “Al punto se sanó, tomó su camilla y echó a andar”.

Es una escena que puede reflejar muy bien la situación de quien arrastra desde hace años, quizás muchos, ciertas parálisis espirituales y humanas, que deforman la belleza del proyecto creador de Dios. Parálisis en los pensamientos, en las palabras, en las acciones, en las actitudes, en los sentimientos.
Ha intentado, ha luchado, ha vuelto a intentarlo, pero sigue en la misma situación, y puede que hasta haya empeorado. Y al final, con el peso del cansancio, de los años, de los intentos vanos, se adapta a vivir en esa situación penosa, miserable ‘a los ojos de Dios’.
Y en todo esto, Jesús pasa por ahí, sigue pasando. No necesita que se le diga gran cosa, ve la situación, la conoce. Sólo espera que surja el deseo y la voluntad de dar un paso adelante.
Al final una palabra de vida: “No vuelvas a pecar, no te vaya a suceder algo peor”.
El desierto de la vida
Lc 4, 1-13. Primer Domingo de la Cuaresma. Después de sus muchos años en Nazaret, Jesús va hacia el lugar donde Juan se encuentra bautizando. Había mucha gente que acudía a él. Jesús, como uno mas del pueblo que alberga la esperanza de un cambio, entra en la cola de espera y recibe el bautismo. Con este paso, la puerta de su vida se abre para acoger el don del Espiritu Santo. En ese mismo momento, una voz venida del cielo revela su identidad: “Tu eres mi Hijo amado y querido, a quien he elegido“. A partir de ahora, Jesús es la manifestación plena de la divinidad, Padre, Hijo y Espíritu.

Y en Jesús, en su interior, comienza el combate entre el proyecto del reino de Dios y la mentalidad humana, terrestre. El Espíritu Santo lo guía y conduce. Y de golpe, entra en el desierto de su vida. En un momento concreto siente hambre, hambre de manipulación, de engaño, de poder, de apariencia, de obviar las dificultades, de pisotear los principios, de pasar por la tierra sin poner los pies en el lodo de la historia humana. Tentaciones fuertes, cuyo objetivo es que caiga en la contradicción de si mismo, que niege con sus opciones de vida su propia identidad.
Y, sin pensarlo, como una reacción instintiva, sale de lo mas profundo de si el tesoro acumulado, hecho carne de su propia carne: la palabra de Dios. No tiene otra fuerza para luchar contra el mal. Solo la palabra de Dios. Y con ella vence la tentación de caer en la nulidad de una vida centrada en si mismo. Es sólo el principio. Y sigue caminando.
Feliz tiempo de cuaresma!
El jardín interior
Mc 7,14-23. Cuando se habla del “corazón” humano, me gusta utilizar la imagen del jardín. Quien ama el jardín, lo cuida con mucho detalle. Es como si todo estuviese programado: las semillas que se siembran, las plantas que crecen, las flores que aparecen, el césped que da suavidad… Lo que no embellece, se quita y se tira fuera.

El “jardín interior” debe de ser cuidado de la misma manera. Da los frutos de las semillas que se siembran. Si son buenas, dan frutos buenos, deliciosos, espléndidos, maravillosos; esos que invitan a la contemplación. Si, por el contrario, las semillas no son buenas, si no han sido seleccionadas, el jardín interior no atraerá la atención, se pasará al lado de él ignorándolo. Nadie hablará bien de él.
Cada uno es el jardinero de su jardín interior. La boca habla de lo que hay dentro.
El mal deshumaniza
Mc 5,1-20. La escena se pasa en la región de los Gerasenos. Jesús se encuentra con un hombre poseído por el mal. La descripción que el evangelista hace de esta persona (habitaba en los sepulcros, nadie podía sujetarlo, ni con cadenas, se pasaba las noches y los días dando gritos e hiriéndose con piedras) da una idea de la situación interior que está viviendo. El encuentro con Jesús lo devuelve a la vida, recuperando así la dignidad perdida (estaba sentado, vestido y en sus cabales).
Este hecho me conduce a una reflexión muy sencilla: el mal en todas sus manifestaciones, desde las más pequeñas a las más grandes, ya sea en las palabras, en los pensamientos, en las miradas, en los hechos…, deshumaniza al ser humano.
Una vez sanado, le pide a Jesús de poder seguirlo. Pero Jesús no se lo permite, lo envía entre los suyos para que les cuente lo que el Señor ha hecho de bueno en su vida. Y es lo que hace.
HOY
Lc 4, 21-30. Jesús está en Nazaret, es el día del sábado y como tenía la costumbre va a la sinagoga. Le dan el libro del profeta Isaías y lee una parte. Al terminar de leerla dice: “Hoy, en presencia vuestra, se ha cumplido este pasaje de la Escritura”.
Quiero subrayar la reacción de los paisanos de Jesús. La primera es positiva, de admiración por las palabras que salían de su boca. La segunda es de preguntarse por el origen de Jesús, lo conocían, sabían de donde venía y quien eran sus padres. Diciendo esto anulan la fuerza de su enseñanza. ‘Puesto que sabemos quién es y de donde viene, qué puede enseñarnos’. Detrás de esta reacción está ese pensamiento perverso de cierta superioridad, que impide abrirse a la novedad.

Veo que es algo que sucede a menudo entre los humanos. Los prejuicios, las ideas preconcebidas, los pensamientos ya hechos… impiden a menudo acoger la novedad que viene de quien quizás menos esperamos. Es la actitud de quien encerrándose en sí mismo es incapaz de reconocer la grandeza que ese otro está comunicando. Y así se van perdiendo ocasiones.
Fraternalmente.
El poder del Espíritu de Dios
Mc 9,38-40. «Juan le dijo: —Maestro, vimos a uno que expulsaba demonios en tu nombre, y tratamos de impedírselo porque no va con nosotros. Jesús respondió: —No se lo impidáis. Aquel que haga un milagro en mi nombre no puede luego hablar mal de mí. Quien no está contra nosotros, está a nuestro favor».

El poder del Espíritu de Dios se manifiesta allí donde hay corazones generosos, que buscan el bien del prójimo, más allá de una pertenencia religiosa o social. Podemos decir que no conoce fronteras ni límites, sencillamente porque esto es obra humana, y los frutos del Espíritu de Dios es obra divina. ¡Esa es la diferencia!
Hacer el bien, colaborar, construir puentes, superar obstáculos, mirar el corazón y no la apariencia. El Espíritu de Dios ayuda a mirar más allá de los propios intereses económicos, sociales, culturales, políticos, étnicos, religiosos. Engendra el reino de Dios.
El reino de Dios es apertura de inteligencia y de corazón; horizontes amplios y abiertos; miradas fraternas que incluyen, que engendran ternura, confianza, paz; brazos abiertos que acogen, ayudan y comparten; pies para caminar juntos.
El Espíritu de Dios no es propiedad de ninguna institución, pertenece a la humanidad entera.
¡Feliz Domingo!
La ministerialidad
Visitando las diferentes comunidades cristianas donde nos encontramos los misioneros javerianos aquí en Brasil, una realidad que aparece a primera vista es la ministerialidad, y por consiguiente la corresponsabilidad ejercida por el conjunto de la comunidad. Los laicos participan muy activamente en la vida de la Iglesia, sea a nivel interno como en su inserción en la sociedad.

Uno de los males que el papa Francisco denuncia a menudo es el clericalismo, es decir esa tendencia del clero a acaparar, a considerarse con una cierta superioridad, a reducir al laicado a un cierto infantilismo…
Da alegría ver comunidades bastantes vivas, comprometidas, celebrativas, con una identidad eclesial que se deja ver enseguida. Sin duda una riqueza para la Iglesia universal.
Guaianases
Jorge, Santos y José Dolores forman una pequeña comunidad javeriana en la periferia de Sao Paulo. Sirven la Parroquia Sagrado Corazón de Jesús situada en el corazón del barrio de Guaianases. Es difícil saber exactamente la población, entre 70 000 y 100 000 habitantes. La parroquia está dividida en treces comunidades, que podrían formar otras tantas parroquias.
La periferia de Sao Paulo ha mejorado mucho en los últimos quince años: calles asfaltadas, luz y agua corriente, transporte público, áreas culturales y de recreación… El barrio se ha ido poblando progresivamente a medida que iba llegando la población desde los diferentes rincones de Brasil en busca de un trabajo. Llegaban y allí donde podían iban instalándose. Prácticamente son barrios dormitorio. Por las mañanas temprano las calles son una marea humana que se desplaza hacia el centro de la ciudad donde está el trabajo. Alrededor de dos horas es el tiempo que se tarda en llegar al destino. Al anochecer es el mismo recorrido, pero esta vez de vuelta a casa. El problema más importante es el desempleo, que ha aumentado en los últimos años como consecuencia de la crisis. La droga está muy extendida. La violencia ha disminuido.
La presencia javeriana en este contexto de periferia viene desde los años sesenta. Hoy la situación ha cambiado pero el desafío es el mismo: anunciar el evangelio de Jesucristo, proclamar que el reino de Dios está ya en medio de nosotros.
Beatriz es la coordinadora de una Comunidad Eclesial de Base. “En estos años que estoy en la comunidad hay una cosa fundamental que he aprendido: la comunidad cristiana debe estar fundamentalmente al servicio del evangelio, del reino de Dios. Los sacramentos vienen después. El reino de Dios crece con una sonrisa, con un saludo, dando una mano a quien lo necesita, colaborando en una actividad en favor del bien común, viviendo la fraternidad, dando parte del tiempo para los demás. Es mucha la alegría que se recibe cuando se piensa en el otro antes que en uno mismo”. En la reunión en la que he participado, se ha proclamado el evangelio de Mateo de ser luz del mundo y sal de la tierra. Después de compartir el bien que la palabra de Dios ha hecho en nuestras vidas, se han pasado de mano en mano varias velas encendidas y se ha gustado un poco de sal. En eso consiste esencialmente la vida cristiana: ser luz que ilumina y sal que hace agradable el caminar por esta vida.
Hacer memoria del Señor
Mc 14, 22-26 (Lc 22, 14-20). La cena del Señor. Sucede al final de su vida, en el cuadro de la pascua judía. Reúne a los doce discípulos y cena con ellos. Es la última. Durante esta cena hace un gesto importante. Toma el pan, pronuncia la bendición, lo parte y se lo da, diciendo: – “Tomad, esto es mi cuerpo”. A continuación, toma la copa, da gracias a Dios, se la da y todos beben. Sobre ella pronuncia las siguientes palabras: – “Esta es mi sangre, sangre de la alianza, que se derrama por todos”. Y concluye diciendo “que no volveré a beber del fruto de la vid hasta el día que beba el vino nuevo en el reino de Dios”. Y pide explícitamente a los discípulos lo siguiente: “haced esto en memoria mía”.

La cena del Señor tiene un significado profundo: las imágenes del pan/el cuerpo y el vino/la sangre nos hablan de la vida de Jesús; una vida que se entrega para la salvación de la humanidad. Jesús ha vivido para los demás, ha amado dando la propia vida para que otros puedan tenerla. “Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por los amigos” (Jn 15,13). Dicho de una manera sencilla: nos ha enseñado, a través de su propio testimonio, el camino de la vida eterna.
Este es el significado del sacrificio cristiano. Amar a Dios se expresa en el acto de ofrenda de sí mismo, de la propia vida poniéndola al servicio del Amor. Vivir amando y sirviendo hasta las últimas consecuencias como Jesús ha hecho.

Jesús nos ha dejado esta última cena como memorial. Es curioso que este gesto lo hace al final de su vida. La celebración de la Eucaristía responde a esta invitación/imperativo de Jesús. Podemos decir que hacemos memoria de Jesús cuando, celebrando la Eucaristía, vamos progresivamente dando, ofreciendo nuestra vida a Dios en el servicio a la humanidad.

