
Dios comunión

«Como bajan la lluvia y la nieve del cielo, y no vuelven allá, sino que empapan la tierra, la fecundan y la hacen germinar, para que dé semilla al sembrador y pan para comer, así será mi Palabra, que sale de mi boca: no volverá a mí vacía, sino que hará mi voluntad y cumplirá mi encargo» (Is 55,110-11)
«No os acomodéis a este mundo y a su manera de pensar y de hacer, antes dejad a Dios que os transforme con un cambio completo de vuestra inteligencia. Así podréis discernir lo que Dios quiere: lo que es bueno, agradable y perfecto» (Rom 12,2)

Ha habido dos acontecimientos importantes que se han desarrollado en esta semana que está pasando. El primero, el pasado jueves, se trataba de una iniciativa promovida por el Alto Comité para la Hermandad Humana donde invitaba a participar este 14 de mayo a todos los creyentes del mundo, independientemente de la religión que profesen, en una Jornada de oración, ayuno y súplica pidiendo a Dios que proteja a la humanidad afectada por la pandemia del coronavirus.

El segundo, el pasado sábado 16 de mayo, ha sido la celebración del Día Internacional de la Convivencia en Paz (JIVEP en francés: Journée Internationale du Vivre Ensemble en Paix). «La Asamblea General, reconociendo la necesidad de eliminar todas las formas de discriminación e intolerancia, en su resolución 72/130, declaró el 16 de mayo 2017 como el Día Internacional de la Convivencia en Paz, enfatizando la importante función de la sociedad civil, incluidos el mundo académico y los grupos de voluntarios, en el fomento del diálogo entre religiones y culturas, y alentando a que se apoyen medidas prácticas que movilicen a la sociedad civil, como la creación de capacidad, oportunidades y marcos de cooperación».
Subrayo estos dos hechos porque son signos de una voluntad de caminar juntos como humanidad, en el respeto más profundo de cada ser humano en su propia identidad cultural, religiosa, social… Es la voluntad de quien anhela en el fondo del corazón un mundo más fraterno, humano, solidario, justo, libre de toda servidumbre y desigualdad.

Muchas personas, en muchos lugares del mundo, tenemos objetivos comunes. Nada ni nadie nos puede detener o impedir de caminar juntos en la lucha por alcanzarlos.
La pandemia Covid-19 nos dice cómo «las fronteras», en sus múltiples y variadas manifestaciones, son invención de una mentalidad egoísta, insolidaria y destructiva; son fruto de la imposición del más fuerte, injusto e violento sobre el más débil.
El verdadero camino de Dios abre espacios, acoge personas, derriba murallas, abre los brazos, ensancha el corazón, comparte lo que recibe, sostiene al débil, escucha al que grita de desesperación y de dolor …
Cada uno, desde donde está y vive, puede aportar un granito de arena, pequeño o grande no importa, en la realización de este gran proyecto. Más este proyecto se siente amenazado, más debe ser nuestro esfuerzo para llevarlo adelante. Toda colaboración ayuda a realizar el objetivo fijado. No estamos solos. Dios está con nosotros.
Fraternalmente,
Fernando García, sx
Jn 20,1-10. Celebramos hoy la memoria de san Juan, apóstol y evangelista. El evangelio de este día me ayuda a comprender un poco mejor a este gran apóstol. Nos habla de María Magdalena que va por la mañana temprano a ver el sepulcro donde se encuentra el cuerpo de Jesús. Al llegar ve que han movido la piedra de la sepultura y que el cuerpo de Jesús no se encuentra ahí. Inmediatamente va a comunicarlo a Pedro y al otro discípulo, el predilecto de Jesús.
Los dos empiezan a correr. El otro discípulo llega antes que Pedro. Ve los lienzos, pero no entra. Enseguida llega Pedro que entra, y observa todo lo que hay, los lienzos y el sudario. «Entonces entró el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro, vio y creyó» (Jn 10,8).
Los dos, Pedro y Juan, han vivido con Jesús, han escuchado sus palabras, han visto lo que hacía. Pedro entra, observa, pero no llega a creer. Juan entra, ve y cree.

Se trata de creer o no creer. La fe antes que nada es una cuestión de corazón, de confianza, de amor. El razonamiento viene después. Es lo que vive Juan. En aquel sepulcro vacío reconoce las palabras dichas por Jesús. Y sus ojos se abren. No necesita más para creer.
Pedro, por el contario, tiene dificultad para entrar en el lenguaje de la fe gratuita, del don inesperado, de la sorpresa que se presenta sin buscarla, del acto de amar sin recompensa… Necesitará sentirse amado en la realidad triste de su propia existencia para dar el salto a la fe y confiar así su vida al Señor.
¿Qué es lo que vivió Juan y cómo lo vivió? Lo encontramos principalmente en el Evangelio que lleva su nombre. Sin duda el más original y personal de los cuatro. No se limitó a repetir las tradiciones que había recibido, las reelaboró a partir de su propia experiencia de vida: pinceladas del encuentro personal con Jesús: «Eran las cuatro de la tarde»; retrato, a través de Nicodemo, del nuevo nacimiento en el reino de Dios; relatos únicos de un camino de fe: la Samaritana, el hombre que llevaba treinta y ocho años enfermo en la piscina de Betesda, el ciego de nacimiento, la resurrección de Lázaro; descripción, a través de escenas de la vida real, del sentido profundo de la Ultima Cena: compartir y servir; unión estrecha entre el Maestro y el discípulo a través de la imagen de la vid y los sarmientos. La promesa del Espíritu …
¡Ver para creer!
Feliz día.

Lc 23,35-43. Último Domingo del año litúrgico. La solemnidad de Jesucristo como rey del universo que celebramos hoy es la conclusión del camino que inició con la preparación del nacimiento del Mesías esperado: este Jesús que hemos acompañado y seguido a lo largo del año, este niño que nació en el anonimato, éste es el Señor, el Rey del universo, «el Camino, la Verdad y la Vida».
Ahora bien, la realeza, el señorío de Jesucristo no es a la manera de este mundo. «Mi reino no es de este mundo, si mi reino fuese de este mundo, mis soldados habrían peleado para que no me entregaran a los judíos. Ahora bien, mi reino no es de aquí», responde Jesús a Pilato.
«Entonces, ¿tú eres rey? Jesús contestó: – Tú lo dices. Yo soy rey: para eso he nacido, para eso he venido al mundo, para atestiguar la verdad. Quien está de parte de la verdad escucha mi voz» (Jn 18,36-37).
La realeza, el señorío de Jesús se manifiesta en sus palabras, en sus gestos, en su manera de vivir. Todo ello habla de la verdad de Dios.
¡Feliz Domingo!
Por una Iglesia con rostro amazónico, pobre y servidora, profética y samaritana
Nosotros, los participantes del Sínodo Pan-Amazónico, compartimos la alegría de vivir entre numerosos pueblos indígenas, quilombolas, ribereños, migrantes, comunidades en la periferia de las ciudades de este inmenso territorio del Planeta. Con ellos hemos experimentado la fuerza del Evangelio que actúa en los pequeños. El encuentro con estos pueblos nos desafía y nos invita a una vida más simple de compartir y gratuidad. Influidos por la escucha de sus gritos y lágrimas, acogemos de corazón las palabras del Papa Francisco:
“Muchos hermanos y hermanas en la Amazonía cargan cruces pesadas y esperan el consuelo liberador del Evangelio, la caricia amorosa de la Iglesia. Por ellos, con ellos, caminemos juntos”.
Recordamos con gratitud a los obispos que, en las Catacumbas de Santa Domitila, al final del Concilio Vaticano II, firmaron el Pacto por una Iglesia servidora y pobre. Recordamos con reverencia a todos los mártires miembros de las comunidades eclesiales de base, de las pastorales y movimientos populares; líderes indígenas, misioneras y misioneros, laicos, sacerdotes y obispos, que derramaron su sangre debido a esta opción por los pobres, por defender la vida y luchar por la salvaguardia de nuestra Casa Común. Al agradecimiento por su heroísmo, unimos nuestra decisión de continuar su lucha con firmeza y valentía. Es un sentimiento de urgencia que se impone ante las agresiones que hoy devastan el territorio amazónico, amenazado por la violencia de un sistema económico depredador y consumista.
Ante la Santísima Trinidad, nuestras Iglesias particulares, las Iglesias de América Latina y el Caribe y de aquellas que son solidarias en África, Asia, Oceanía, Europa y el norte del continente americano, a los pies de los apóstoles Pedro y Pablo y de la multitud de mártires de Roma, América Latina y especialmente de nuestra Amazonía, en profunda comunión con el sucesor de Pedro, invocamos al Espíritu Santo y nos comprometemos personal y comunitariamente a lo siguiente:
1. Asumir, ante la extrema amenaza del calentamiento global y el agotamiento de los recursos naturales, un compromiso de defender en nuestros territorios y con nuestras actitudes la selva amazónica en pie. De ella provienen las dádivas del agua para gran parte del territorio sudamericano, la contribución al ciclo del carbono y la regulación del clima global, una incalculable biodiversidad y una rica socio diversidad para la humanidad y la Tierra entera.
2. Reconocer que no somos dueños de la madre tierra, sino sus hijos e hijas, formados del polvo de la tierra (Gen 2, 7-8), huéspedes y peregrinos (1 Ped 1, 17b y 1 Ped 2, 11), llamados a ser sus celosos cuidadores y cuidadores (Gen 1, 26). Por tanto, nos comprometemos a una ecología integral, en la cual todo está interconectado, el género humano y toda la creación porque todos los seres son hijas e hijos de la tierra y sobre ellos flota el Espíritu de Dios (Génesis 1: 2).
3. Acoger y renovar cada día la alianza de Dios con todo lo creado: «Por mi parte, estableceré mi alianza contigo y tu descendencia, con todos los seres vivos que están contigo, aves, animales domésticos y salvajes, en resumen, con todas las bestias de la tierra que salieron del arca contigo” (Gen 9: 9-10; Gen 9: 12-17).
4. Renovar en nuestras iglesias la opción preferencial por los pobres, especialmente por los pueblos originarios, y junto con ellos garantizar el derecho a ser protagonistas en la sociedad y en la Iglesia. Ayudarlos a preservar sus tierras, culturas, lenguas, historias, identidades y espiritualidades. Crecer en la conciencia de que deben ser respetados local y globalmente y, en consecuencia, alentar, por todos los medios a nuestro alcance, a ser acogidos en pie de igualdad en el concierto mundial de otros pueblos y culturas.
5. Abandonar, como resultado, en nuestras parroquias, diócesis y grupos toda clase de mentalidad y postura colonialistas, acogiendo y valorando la diversidad cultural, étnica y lingüística en un diálogo respetuoso con todas las tradiciones espirituales.
6. Denunciar todas las formas de violencia y agresión contra la autonomía y los derechos de los pueblos indígenas, su identidad, sus territorios y sus formas de vida.
7. Anunciar la novedad liberadora del evangelio de Jesucristo, en la acogida al otro demás y al diferente, como sucedió con Pedro en la casa de Cornelio: “Usted bien sabe que está prohibido que un judío se relacione con un extranjero o que entre en su casa. Ahora, Dios me ha mostrado que no se debe decir que ningún hombre es profano o impuro” (Hechos 10, 28).
8. Caminar ecuménicamente con otras comunidades cristianas en el anuncio inculturado y liberador del evangelio, y con otras religiones y personas de buena voluntad, en solidaridad con los pueblos originarios, los pobres y los pequeños, en defensa de sus derechos y en la preservación de la Casa. Común
9. Establecer en nuestras iglesias particulares una forma de vida sinodal, donde los representantes de los pueblos originarios, misioneros, laicos, en razón de su bautismo y en comunión con sus pastores, tengan voz y voto en las asambleas diocesanas, en los consejos pastorales y parroquiales, en resumen, en todo lo que les cabe en el gobierno de las comunidades.
10. Comprometernos en el reconocimiento urgente de los ministerios eclesiales ya existentes en las comunidades, llevados a cabo por agentes pastorales, catequistas indígenas, ministras y ministros de la Palabra, valorando especialmente su atención a los más vulnerables y excluidos.
11. Hacer efectivo en las comunidades que nos han confiado el paso de una pastoral de visita a una pastoral de presencia, asegurando que el derecho a la Mesa de la Palabra y la Mesa de la Eucaristía se haga efectivo en todas las comunidades.
12. Reconocer los servicios y la real diaconía de la gran cantidad de mujeres que dirigen comunidades en la Amazonía hoy y buscar consolidarlas con un ministerio apropiado de mujeres líderes de comunidad.
13. Buscar nuevos caminos de acción pastoral en las ciudades donde actuamos, con el protagonismo de laicos y jóvenes, con atención a sus periferias y migrantes, trabajadores y desempleados, los estudiantes, educadores, investigadores y al mundo de la cultura y de la comunicación.
14. Asumir frente a la avalancha del consumismo con un estilo de vida alegremente sobrio, sencillo y solidario con aquellos que tienen poco o nada; reducir la producción de residuos y el uso de plásticos, favorecer la producción y comercialización de productos agroecológicos y utilizar el transporte público siempre que sea posible.
15. Ponernos al lado de los que son perseguidos por el servicio profético de denuncia y reparación de injusticias, de defensa de la tierra y de los derechos de los pequeños, de acogida y apoyo a los migrantes y refugiados. Cultivar amistades verdaderas con los pobres, visitar a los más simples y enfermos, ejerciendo el ministerio de la escucha, del consuelo y del apoyo que traen aliento y renuevan la esperanza.
Conscientes de nuestras debilidades, nuestra pobreza y pequeñez frente a desafíos tan grandes y graves, nos encomendamos a la oración de la Iglesia. Que nuestras comunidades eclesiales, sobre todo, nos ayuden con su intercesión, afecto en el Señor y, cuando sea necesario, con la caridad de la corrección fraterna.
Acogemos de corazón abierto la invitación del cardenal Hummes a ser guiados por el Espíritu Santo en estos días del Sínodo y en nuestro regreso a nuestras iglesias:
“Déjense envolver en el manto de la Madre de Dios y Reina de la Amazonía. No dejemos que nos venza la auto-referencialidad, sino la misericordia ante el grito de los pobres y de la tierra. Se requerirá mucha oración, meditación y discernimiento, así como una práctica concreta de comunión eclesial y espíritu sinodal. Este sínodo es como una mesa que Dios ha preparado para sus pobres y nos pide nosotros que seamos los que sirven la mesa».
Celebramos esta Eucaristía del Pacto como «un acto de amor cósmico». “¡Sí, cósmico! Porque incluso cuando se lleva a cabo en el pequeño altar de una iglesia de aldea, la Eucaristía siempre se celebra, en cierto modo, en el altar del mundo». La Eucaristía une el cielo y la tierra, abraza y penetra toda la creación. El mundo salido de las manos de Dios regresa a Él en feliz y plena adoración: en el Pan Eucarístico «la creación tiende a la divinización, a las santas nupcias, a la unificación con el mismo Creador». «Por esta razón, la Eucaristía es también fuente de luz y motivación para nuestras preocupaciones por el medio ambiente, y nos lleva a ser guardianes de toda la creación».
Catacumbas de Santa Domitila, Roma, 20 de octubre de 2019
Lc 14,1.7-14. Escoger los últimos puestos, hacer lo que se tiene que hacer sin otro interés que colaborar a que sea agradable la vida de quien encuentras en el camino, sin preferencias, sin buscar gratificaciones o recompensas materiales, afectivas, …
Es bonita la manera de ser de Dios, esa manera a la que Jesús nos invita.

Llegar a ese grado de desposesión de sí mismo supone un camino que recorrer. Camino que está a nuestro alcance, porque Jesús nos lo ofrece. Camino que no se recorre solo, porque el Espíritu se nos ha dado como un don, como nuestra ayuda.
En el camino de la espiritualidad, la muerte del ego es condición indispensable para crecer en el conocimiento y apropiación de la vida de Dios.
Fraternalmente
La povertà vissuta comunitariamente esige che:
«Pour bien comprendre ‘l’autre’ en sa vie spirituelle, il este requis d’en devenir comme ‘l’hôte intérieur‘. Tout dialogue suppose d’abord que l’on s’efforce de connaître l’autre en vérité, à travers ce qu’il fait, ce qu’il dit, ce qu’il écrit et de découvrir comment il prie. Non seulement tel qu’il est, mais tel qu’il voudrait être.» (Un chercheur)
«Al pasar vio un hombre ciego de nacimiento. Los discípulos le preguntaron: —Rabí, ¿quién pecó para que naciera ciego? ¿Él o sus padres? Jesús contestó: —Ni él pecó ni sus padres; ha sucedido para que se revele en él la acción de Dios» (Jn 9,1-3).
https://youtu.be/0HjPD7rjPZg
