¡Madre!

Jn 19,26-27. Nuestra Señora, la Virgen de los Dolores. “Jesús, viendo a su madre y al lado al discípulo amado, dice a su madre: —Mujer, ahí tienes a tu hijo.  Después dice al discípulo: —Ahí tienes a tu madre. Y desde aquel momento el discípulo se la llevó a su casa”.

Momentos antes de su muerte, en la cruz, Jesús confía el discípulo amado a su madre para que lo acoja como su propio hijo. Y a continuación, confía al discípulo amado su madre para que la acoja como su propia madre. Y es lo que hace.

Palabra y vida. Me emociono al escuchar de los labios de Jesús en la Cruz darle al discípulo amado su madre como la suya. Y al mismo tiempo darle a su madre como hijo al discípulo amado. Desde entonces, en la vida de la Iglesia, María es nuestra madre y nosotros somos sus hijos.

Una de las devociones a María con la que me siento muy identificado y oro a menudo es la de “María, que desatas los nudos difíciles”. A menudo confío a nuestra madre nudos difíciles que se presentan en mi vida o en la vida de las personas que conozco. Tarde o temprano, con mayor o menor dificultad, ese nudo se va desliando.

Nuestra Madre, ¡qué gran don de nuestro Señor Jesucristo!

Ejercicio en este día: echo un rato de diálogo con María, mi madre. La pongo al corriente del momento actual de mi vida. Le presento un nudo difícil, que engendra sufrimiento, que está presente en mi vida o en la de una persona querida. Y esto lo hago por espacio de nueve días.

 

Monique

Esta tarde después de una buena lluvia he ido a saludar a los miembros del grupo ‘palabra de Dios’, que se reunen cada Jueves por la tarde. Cuando he terminado y volvía a casa, en la penunbra oígo un saludo, me vuelvo y reconozco a Monique. Nos saludamos y me pregunta: ‘pero desde cuándo estás aquí?’. Iniciamos una pequeña conversación y como va cayendo la noche le digo que debo marcharme. Y de golpe, como si es lo que estuviese esperando, me dice: ‘pero padre ven a bendecir mi nueva habitación. Sabes, estoy mudándome y quiero que la bendigas’. Intento decirle que es tarde y que es mejor otro día, pero nada, insiste e insiste.

Conozco a Monique desde hace años. Casada, con dos hijas, en torno a los 40 añós, hace unos años sufrió un trauma muy grande que le ha desequilibrado su vida cuando su marido la abandonó. Desde entonces no encuentra la paz. Vive sola. Con una constitución  psicológica frágil, desborda con mucha facilidad en lo espiritual. Poco a poco ha ido degenerando, se siente continuamente amenazada por fuerzas invisibles fruto de su imaginación. Recobra un poco de paz cuando se desahoga hablando y terminamos orando. Venía siempre con una botella grande de agua y un poco de sal para que la bendijese. Y repartía con un poco de serenidad. La soledad, el vacío juegan un rol muy negativo en su vida.

Con el dinero que el marido le dejó ha podido hacer Magisterio. Me dice que ha terminado, pero no ha encontrado trabajo. Echa su dossier pero no la llaman. De ahí a entrar en una depresión no hay más que un paso.

La acompaño hasta la nueva habitación. Me la muestra, está situada en un riconcito. Le pide a la vecina la lámpara, pues no hay electricidad. Abre la puerta, entro,  el techo está agujereado lo que hace que haya goteras abundantes… La noche ya está encima. Oramos, bendigo la habitación y a Monique. En un ángulo está la botella de agua y la bolsilla con la sal. Las bendigo también. Y termino desándole una buena noche. ‘Gracias, gracias padre. Buenas noches’, me responde.

Volviendo a casa, no puedo de dejar de pensar en Monique. Una persona frágil psicológicamente, víctima del abandono, viviendo en la soledad, en la miseria. Y como ella, desgraciadamente, hay otras muchas personas.

¡Qué misterio de amor!

Jn 3,16-17. La Santa Cruz. “Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único, para que quien crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna. Dios no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino que para que el mundo se salve por medio de él.”

¡Qué misterio de amor!

Palabra y vida. La cruz, símbolo de una vida dada y entregada para que otros puedan tener vida.

Ejercicio en este día: pienso y medito el sentido profundo de la cruz. Pido al Señor la gracia de amar el mundo, la sociedad, cada grupo humano y cada rostro que encuentro. Renuevo el ofrecimiento de mi vida al Señor.

La transmisión de la fe

Esta mañana, cuando he terminado la celebración de la Eucaristía, después de saludar y bendecir a muchos niños, me está esperando un señor, me saluda y me presenta a sus cuatro hijos. Es nuevo en el barrio y está buscando una parroquia cercana. Le han señalado nuestra capilla y ahí ha venido. Me pregunta por el horario de la Eucaristía y cuáles son las Iglesias cercanas. Dialogamos un rato. Al final me dice,

– «mis dos hijos mayores quieren verte».

– «¿Y para qué?» le pregunto.

-«Quieren confesarse».

Los acojo individualmente. Tienen entre los 13 y 15 años. Hacen una bonita confesión. Me impresiona el rigor: «hace x tiempo que no me he confesado; pido perdón al Señor por todos mis pecados, que son los siguientes: …» Dialogo un poquito con cada uno. Me doy cuenta del grado de conciencia que tienen: reconocen el mal, pequeño o mediano, que han hecho, y manifiestan un buen grado de arrepentimiento.  Me pregunto: ¿quién los ha formado para que tenga este nivel de vida cristiana? Cuando termina el menor, salgo, y ahí está el padre esperando con un rostro sereno y alegre. Le digo que la Eucaristía dominical la celebramos a las 7h30.

-«Gracias, padre, hablaré con mis hijos»

Detrás de la fe de estos chavales está la fe del padre.

Ve y encuéntralo, tú y él a solas

Lc 18,15-20. La comunidad cristiana, como todo grupo humano, está compuesta de hombres y de mujeres de carne y hueso. Jesús da algunas indicaciones prácticas cuando el mal entra en la Iglesia. Ante todo hay que ser muy humilde, pues el mal que tu hermano puede hacer hoy, mañana puedes ser tú quien lo hagas. En segundo lugar, a partir de la caridad y misericordia, hay que intentar ganar de nuevo al hermano que se ha dejado conducir por el mal. Nunca cerrarle las puertas.

 

Palabra y vida. El mal es siempre causa de tristeza, por el enredo que causa en las relaciones interpersonales. Hay que luchar contra él con todos los medios que tenemos a nuestro alcance: Jesús, su Palabra, el Espíritu y una buena dosis de humanidad. Al mismo tiempo, amor incondicional a la víctima del mal.

Ejercicio para este día: Restablecer la relación con una persona que me ha hecho mal. Orar por situaciones difíciles de relación entre personas conocidas.

Este Hombre es Señor del sábado

 

Lc 6,1-5. Es una gozada ver la libertad con la que actúa Jesús. Sólo un hombre lleno de Dios puede relativizar con tanta naturalidad ciertas normas sagradas. Frente a una interpretación rigorista de la ley, Jesús mira el bien de la persona: nada puede estar por encima de la dignidad humana.

Palabra y vida. Una relación auténtica con Dios nos hace más humanos, más cercanos a las necesidades humanas.

Ejercicio para este día: hago el bien a una persona que lo necesita.

María

Mt 1,1-23. La natividad de la Virgen María. Me alegra leer la genealogía de Jesús. Es fruto de una historia sagrada, donde hombres y mujeres han vivido, en medio de las vicisitudes de la vida, en el amor y en la fidelidad a Dios y a su Palabra. María encuentra su hueco en esa historia. Hace confianza a Dios y nos da a Dios.

¿Quién podría imaginar que este bebe que nace en un lugar desconocido se convirtiese algunos años después en la madre del Salvador?

Palabra y vida. La obra salvadora de Dios se hace carne en nuestra carne humana. Sólo nos pide hacer confianza en Él. La historia sagrada continúa siglo tras siglo, año tras año. Yo también formo parte de ella.

Ejercicio para este día: sencillamente recito un misterio del Rosario fijándome en el nacimiento de nuestra madre, la Virgen María. Doy gracias a Dios por el don de la maternidad de María en la Iglesia.

¡No temas!

Lc 5,1-11. El elemento que ayuda a comprender esta escena es la presencia/ausencia de la palabra de Dios, y por consiguiente de Jesús mismo, en la vida de la comunidad cristiana y consecuentemente en la del discípulo.

Simón salió por su cuenta a pescar, pasó toda la noche y no trajo nada. Por la mañana, cuando no era la hora de pescar, Jesús le invita a ir mar adentro y echar las redes. Desconfiado e inseguro, pero apoyándose en las palabras que acababa de escuchar, echa las redes. Y ahí descubrió quién era realmente y quién era el que estaba delante: “¡Apártate de mí, Señor, que soy un pobre pecador!”.

Sobre su fragilidad, Jesús le confía a Simón Pedro la misión de ser de ahora en adelante pescador de hombres.

Palabra y vida. Hay una diferencia grande, como entre la noche y el día: escuchar la palabra de Dios y dejarse guiar por ella, y escucharse a sí mismo dejando de lado al Señor. La fuerza del discípulo misionero de Jesús no reside en él mismo, en sus cualidades o en el puesto que ocupa, sino en quién lo envía, el Señor Jesús. ¡No hay que dejarse engañar!

Ejercicio para este día: parar ir mar adentro con confianza, serenidad y determinación, hago un buen momento de oración íntima, de corazón a corazón, con el Señor Jesús. Leo y medito el Evangelio de Jesús cada día.

Levantarse y servir

Lc 4,38-44. Jesús encuentra a la suegra de Pedro en la cama con una fuerte fiebre. Me impresiona la manera de reaccionar de Jesús: “Él se inclinó sobre ella, increpó a la fiebre y se le fue”. Es como si la fiebre fuese una persona que está haciendo algo mal. El resultado es que inmediatamente se levanta y se pone a servirles.

La fiebre es algo más que fiebre en este caso. Pienso a ese cansancio existencial, esas pocas ganas de vivir, ese tedio, aburrimiento oscuro que hace pesados los días, sin ilusión, sin horizonte. Una especie de depresión, o quizás fuerte depresión.

Jesús es capaz de sacar brillo del lodo. El resultado de este encuentro es que la persona recupera la alegría de la vida y se pone a servir. Su vida vale la pena, tiene un sentido.

Y Jesús se va aparte, a un lugar solitario. Lo suyo no es suyo, es del Padre. ¡Qué claridad en las ideas y en la voluntad! Y de pronto, ¡zas!, un grupo de personas que lo quiere retener, quiere que se quede con ellos, bastante egocéntricos. “También a las demás ciudades tengo que llevarles la Buena Noticia del reinado de Dios, porque para eso he sido enviado!” ¡Qué libertad, la de Jesús!

Palabra y vida. Uno de los primeros frutos de la buena escucha de la palabra de Dios es cesar de pensar en sí mismo y abrirse a las necesidades del otro. Esto se concretiza en el servicio gratuito y desinteresado al prójimo

Otro fruto es la libertad frente a las personas, a la cultura, a las tradiciones, a los encargos confiados… Libertad para seguir caminando y anunciando el amor de Dios. En lenguaje ignaciano se diría santa indiferencia.

Ejercicio para este día: en este día hago al menos un par de servicios enteramente gratuitos y desinteresados.

Pido al Señor la libertad interior profunda par no mirarme a mí mismo y poder estar disponible en cada momento para ir allí donde el Espíritu lo vea necesario y crea conveniente.