Thierry

Esta mañana después de la Eucaristía he ido a llevar la comunión a Thierry.  Hace siete años tuvo un accidente, estaba esperando a un amigo, un camión pasó y se lo llevó. La consecuencia es una parálisis total que le obliga a pasar la mayor parte del tiempo en la cama, sin movimiento, depende totalmente de la familia. Su esposa, con quien tenía cinco hijos, lo abandonó al poco del accidente. Alegó que no podía llevar una vida sentimental normal, y que era todavía joven.

Thierry, después de haber hecho un master en gestión económica había conseguido un buen trabajo. De la noche a la mañana todo se vino abajo. Ha pasado momentos muy duros, de dudas, desesperación, ha recorrido diversos grupos sectarios que le prometían la curación a base de oraciones… Hasta que un día tuvo como una revelación, una especie de luz, de claridad en su vida, me dice. Asumió su nueva situación y se puso en las manos de Dios, Desde entonces vive con serenidad y confianza. El hermano mayor, con su familia, se ocupa de él.

Hace un par de semanas llamó por teléfono a la comunidad: «llevo días sin recibir el alimento de Jesús».  Y me dijo: «mi espíritu necesita la Eucaristía». Esta mañana, cuando he entrado, lo he encontrado en la cama. Estaba viendo una programa dominical en la TV. Llama al hijo para que apague la TV. Iniciamos la oración. Después del Evangelio y un pequeño comentario de mi parte, lo invito a hacer una oración: «gracias, Señor Jesús, porque has venido a mi casa».  Me quedo callado, en silencio. ¿Qué decir? «Señor, aumenta mi fe».

Id también vosotros a mi viña

Lc 20,1-16. Es una parábola que nos habla del reinado de Dios. En ella se nos presenta a un señor que es propietario de una viña que necesita obreros para trabajar. Sale por la mañana temprano, sale a media mañana, sale a mediodía, sale al inicio de la tarde y sale cuando queda poco sol. “¿Qué hacéis aquí parados todo el día sin trabajar? – Nadie nos ha contratado. – Id también vosotros a mi viña”.

Es la imagen de Dios nuestro padre que ha creado el mundo y que invita continuamente a trabajar en su viña. Y para todos,  el de la primera y el de la última hora, la misma recompensa : la alegría de hacer el trabajo de Dios.

Dicen los padres de la Iglesia que Dios ha creado el mundo sin nuestra colaboración, pero para salvarlo no puede hacerlo sin nosotros. ¡Qué gran don, qué privilegio y qué responsabilidad!

Palabra y vida. ¿Cuál es el trabajo de Dios? Cosas muy sencillas, respetar a Dios, no mentir, no robar, no cometer adulterio, honrar a tus semejantes, ser justo, sonreír, comprender, perdonar, echar una mano, acoger a quien lo necesita… Cosas a nuestro alcance. Con ellas y otras parecidas ayudamos a que el reinado de Dios vaya manifestando su belleza.

Ejercicio en este día: colaboro activamente y con alegría en el trabajo de Dios

La parábola del sembrador

Lc 8,4-15. ¡Qué maravilla! La madre de las parábolas. La buena semilla, la palabra de Dios, que es sembrada en el corazón humano. Aridez, falta de humedad, dos pies en dos caminos. La palabra de Dios no puede dar fruto. Sólo la buena tierra permite a la palabra de Dios dar frutos buenos, generosos y abundantes.

Escuchar la palabra de Dios sin comprenderla, sin dejarla reposar, sin darle tiempo para que entre y se quede. Es fácil presa para el diablo, esta fuerza viva que quiere continuamente separarnos de nuestro Origen y Creador.

Sólo con la humedad la semilla comienza a germinar y llega a dar los frutos propios. La escucha atenta y meditativa de la palabra de Dios, el diálogo íntimo con el Señor, la frecuencia de los sacramentos principales, Eucaristía y Reconciliación, la confrontación con una persona “hecha en la fe”, es la humedad que hace fecunda la palabra de Dios en el corazón humano.

Una vida centrada en sí mismo, sin más horizonte que el propio ombligo, sin más pasión que la sensualidad, la riqueza egoísta, la preocupación egocéntrica, el hedonismo, son virus mortales para la palabra de Dios.

Palabra y vida. Para que la palabra de Dios de buenos y generosos frutos es necesaria la colaboración humana, una inteligencia, una afectividad y una voluntad que se van unificando en torno a Dios.

Ejercicio en este día: doy al menos un par de frutos de la bondad de Dios.

La pasión del corazón

Lc 8,1-3. Allí por donde va pasando, Jesús anuncia y proclama la Buena Noticia del reinado de Dios. No se cansa.

«¡Qué hermosos son sobre los montes los pies del mensajero que anuncia la paz, que trae la buena nueva, que pregona la victoria, que dice a Sion: ya reina tu Dios!” (Is 52,7)

Y no va solo. Junto a los discípulos lo acompañan María de Magdala, Juana mujer de Cuza, administrador de Herodes, Susana y otras muchas, que los atendían con sus bienes.

Palabra y vida. La boca habla de lo que hay en el corazón. Cuando hay una pasión, esta te acompaña continuamente. Todo tu ser (inteligencia, afectividad y voluntad) está a su servicio.

Ejercicio en este día: hago como Jesús, aprovecho una ocasión para anunciar la Buena Noticia del reinado de Dios.

Sígueme


Mt 9,9-13
. San Mateo. Fue suficiente una palabra –“Sígueme”– para cambiar la vida de una persona, Mateo.

¿Fue la mirada de Jesús, las palabras que salían de su boca, su comportamiento? Esa palabra dirigida al corazón de Mateo caló hondo. “Se levantó y le siguió”

Palabra y vida. Hay palabras que salvan, ayudan, trasmiten vida, revelan la propia identidad.

Ejercicio en este día: me dejo mirar por Jesús y escucho lo que Él quiere decirme en este momento de mi vida. Al mismo tiempo pronuncio palabras que engendran vida, entusiasmo, ánimo; palabras que valorizan.

La sabiduría de Dios

Lc 7,31-35. Oyendo todo lo que se oía de Jesús, Juan Bautista envía a dos de sus discípulos para que le pregunten si es el Mesías o hay que esperar a otro. Jesús les muestra lo que hace y los devuelve hacia quien los ha enviado para que se lo cuenten.

Una de las grandes tentaciones en la vida cotidiana es no estar presente en el momento presente. Hay danzas de alegría y no se danza, hay cantos de tristeza y no se llora. ¡Qué pena! Es como si la vida no existiese más allá de sí mismo y de sus propias fijaciones.

Sólo quien vive en el momento presente, en el aquí y en el ahora, alejándose de la murmuración, del cotilleo, es capaz de darse cuenta de la sabiduría de Dios.

Palabra y vida. ¡Qué difícil es escuchar cuando se cierran los oídos y ver cuando se mira para otro lado, y amar cuando el corazón se hace insensible!   ¡Qué difícil es amar cuando se vive fuera de sí mismo, cuando se malbarata la vida criticando, ofendiendo, hiriendo…!

Dios se manifiesta y en el aquí y en el ahora de mi vida, a menudo de una manera muy sencilla, casi sin darse cuenta. Y sin embargo ahí está.

Ejercicio en este día: valoro positivamente la presencia de Dios en los dones recibidos por las personas con las que estoy o voy a estar en relación en este día. Y se lo digo al menos a una de ellas.

¡No llores!

Lc 7,11-17. Acercándose a Naim, Jesús ve el entierro de un joven. Se interesa por él. Le dicen que es hijo único de una mujer viuda. Inmediatamente siente compasión por esta mujer. Se acerca y le dice: ¡No llores!

Jesús abre los ojos, los oídos y el corazón. De ahí salen las palabras que dan vida.

Palabra y vida. Ojos para ver, oídos para oír, corazón para sentir y ponerse en la piel del otro, boca para dar palabras de consuelo y manos para ayudar.

Ejercicio en este día: me dejo interpelar por la situación de sufrimiento que viven personas que veo con mis ojos y escucho con mis oídos. Doy una palabra de consolación y de vida al menos a una persona que lo necesita en este día.

Ofrecer el perdón

Mt 18,21-35. Pedro quiere saber cuántas veces tiene que perdonar a quien le ofende repetidamente. Propone un número: siete. Jesús ve que detrás de la pregunta hay buena voluntad, pero que está lejos de comprender la manera de ser de Dios.

El perdón no conoce límites. Es un don y se da como tal. Es verdad que para llegar a este punto es necesario haber pasado/vivido por la experiencia de haber metido la pata, y por consiguiente haber hecho mal y daño al prójimo, y al mismo tiempo sentirse perdonado, es decir amado en el pecado, en la fragilidad de la vida.

Palabra y vida. El perdón hace bien a quien lo da y a quien lo recibe. Ofrecer el perdón desinteresadamente muestra que se es genuinamente humano, en lo que la naturaleza humana tiene de bello y sublime.

Ejercicio en este día: si hay algún perdón no ofrecido en mi vida, miro a Jesús en la Cruz y lo ofrezco a la persona ofendida.

Dar buenos frutos

Lc 6,43-49. “Un buen árbol no puede dar frutos malos”. Es algo evidente lo que Jesús enseña. Conviene recordar que el Señor nos ha creado para que demos buenos frutos. Y nos ha dado la capacidad para ello: la fuerza y sabiduría de su Espíritu.

Palabra y vida. Los fundamentos y, por consiguiente, la estabilidad de la vida del discípulo, según la imagen de la casa construida sobre la roca, dependen de los buenos frutos que de. He aquí “el fruto del Espíritu: amor, gozo, paz, paciencia, amabilidad, bondad, fidelidad, modestia, dominio propio…  El Espíritu nos ha dado la vida; es necesario que dirija nuestra manera de ser y de comportarnos” (Gal 5,22-23.25)

Ejercicio en este día: me dejo llevar y conducir por la fuerza de amor del Espíritu, y por consiguiente me esfuerzo es dar buenos frutos.

Intención del Papa para Septiembre

Orar por la intención del papa Francisco para este mes de Septiembre: “Por nuestras parroquias, para que animadas de un espíritu misionero, sean lugares de comunicación de la fe y de testimonio de la caridad.”