Mc 6,7-13. Jesús tiene las ideas claras sobre el sentido que está dando a su propia vida. El Padre le ha confiado una misión, una tarea bien concreta: realizar su proyecto de amor incondicional hacia la humanidad. Jesús ha comprendido que lo que está en juego es la dignidad de todo ser humano. Y se ha lanzado por los caminos de la Palestina, entrando en los poblados, encontrando personas, hablando y anunciando esta Buena Noticia divina: Dios está aquí en medio de su pueblo acompañando y luchando contra el mal que separa, crea división y marginaliza a los más débiles e indefensos. Él es el rostro de Dios en la tierra.
Pero Jesús no camina solo. Está acompañado por Simón, Santiago, Juan, Andrés … y “algunas mujeres que había sanado de espíritus inmundos y de enfermedades: María Magdalena, de la que habían salido siete demonios; Juana, mujer de Cusa, mayordomo de Herodes; Susana y otras muchas, que los atendían con sus bienes” (Lc 8,2-3). Los ha llamado, “a quien él quiso … para que convivieran con él y para enviarlos a predicar con poder para expulsar demonios” (Mc 3,13-15). La misión que ha recibido del Padre, Jesús la comparte con personas humanas, hombres y mujeres, de toda condición social, económica, política, religiosa. Personas que han aceptado de seguirlo, de acompañarlo, de estar con él.
Han estado con él, lo han acompañado, han visto lo que hace, han oído lo que dice y han aprendido de sus labios la enseñanza que lleva semillas de eternidad. Llega el momento … del envío, de la responsabilidad. “Como el Padre me envió, así yo os envío a vosotros” (Jn 20,21). Y así lo hace, los envía “de dos en dos, confiriéndoles poder sobre los espíritus inmundos”.
Y les da indicaciones concretas sobre el estilo y la manera de ser testigos del proyecto de amor de Dios:
“Les encargó que no llevaran para el camino más que un bastón; ni pan, ni alforja, ni dinero en la faja, que calzaran sandalias pero que no llevaran dos túnicas. Les decía: —Cuando entréis en una casa, quedaos allí hasta que os marchéis. Si en un lugar no os reciben ni os escuchan, salid de allí y sacudíos el polvo de los pies como protesta contra ellos”.
Apoyados en la confianza de las palabras del Maestro (Lc 5,5), los discípulos “se fueron y predicaban que se arrepintieran; expulsaban muchos demonios, ungían con aceite a muchos enfermos y los sanaban”. Y así, con personas concretas enamoradas del proyecto divino, la misión de Dios sigue trasmitiéndose de generación en generación.

