Lc 9,51-56. Jesús va hacia Jerusalén. Santiago y Juan se adelantan y entran en una aldea samaritana. Piden alojamiento. Sabiendo que van hacia Jerusalén, se niegan a recibirlos. Es entonces cuando le piden autorización a Jesús para destruir esta aldea por el sólo hecho de que no los han recibido. Jesús los mira y los reprende con fuerza.
Tienen dificultad los discípulos para comprender la manera de ser, de pensar, de hacer de Jesús. Viven juntos, marchan de la mano, pero hay una gran barrera que los separa. “Mis pensamientos no son vuestros pensamientos, vuestros caminos no son mis caminos. Hay la misma distancia entre los míos y los vuestros como la hay entre el cielo y la tierra” (Is 55,8-9).
Palabra y vida. La tentación de imponerse por la fuerza está ahí acechando. La tentación de vengarse por no haber obtenido el resultado esperado también está ahí.
Jesús nos enseña a saber acoger con humildad el rechazo y el contratiempo; a poner buena cara cuando las circunstancias son adversas, y saber aprender de estos momentos.
Ejercicio en este día: doy gracias al Señor por las veces en que no he sido acogido como lo hubiera deseado. Le pido de ayudarme a decir gracias también en estos momentos; y bendigo de todo mi corazón a estos hermanos que haciendo así me ayudan a caminar con humildad y agradecimiento despojado de todo apoyo material.








