Lc 5,1-11. El elemento que ayuda a comprender esta escena es la presencia/ausencia de la palabra de Dios, y por consiguiente de Jesús mismo, en la vida de la comunidad cristiana y consecuentemente en la del discípulo.
Simón salió por su cuenta a pescar, pasó toda la noche y no trajo nada. Por la mañana, cuando no era la hora de pescar, Jesús le invita a ir mar adentro y echar las redes. Desconfiado e inseguro, pero apoyándose en las palabras que acababa de escuchar, echa las redes. Y ahí descubrió quién era realmente y quién era el que estaba delante: “¡Apártate de mí, Señor, que soy un pobre pecador!”.
Sobre su fragilidad, Jesús le confía a Simón Pedro la misión de ser de ahora en adelante pescador de hombres.

Palabra y vida. Hay una diferencia grande, como entre la noche y el día: escuchar la palabra de Dios y dejarse guiar por ella, y escucharse a sí mismo dejando de lado al Señor. La fuerza del discípulo misionero de Jesús no reside en él mismo, en sus cualidades o en el puesto que ocupa, sino en quién lo envía, el Señor Jesús. ¡No hay que dejarse engañar!
Ejercicio para este día: parar ir mar adentro con confianza, serenidad y determinación, hago un buen momento de oración íntima, de corazón a corazón, con el Señor Jesús. Leo y medito el Evangelio de Jesús cada día.




Las encuentra en el camino. Es la fidelidad al proyecto de Dios Padre que provoca el rechazo de la parte de quien se permite apoderarse del puesto de Dios.

Mt 23,27-32. San Pablo pide con una cierta urgencia a los cristianos de Tesalónica de llevar una vida conforme a la voluntad de Dios que los ha llamado a participar en su reino y gloria (1 Tes 2,12). Quiere decir que la vida de Dios es una gracia de su parte y al mismo tiempo un compromiso por lo que nos concierne a nosotros. Las dos cosas van unidas.