Sígueme


Mt 9,9-13
. San Mateo. Fue suficiente una palabra –“Sígueme”– para cambiar la vida de una persona, Mateo.

¿Fue la mirada de Jesús, las palabras que salían de su boca, su comportamiento? Esa palabra dirigida al corazón de Mateo caló hondo. “Se levantó y le siguió”

Palabra y vida. Hay palabras que salvan, ayudan, trasmiten vida, revelan la propia identidad.

Ejercicio en este día: me dejo mirar por Jesús y escucho lo que Él quiere decirme en este momento de mi vida. Al mismo tiempo pronuncio palabras que engendran vida, entusiasmo, ánimo; palabras que valorizan.

La sabiduría de Dios

Lc 7,31-35. Oyendo todo lo que se oía de Jesús, Juan Bautista envía a dos de sus discípulos para que le pregunten si es el Mesías o hay que esperar a otro. Jesús les muestra lo que hace y los devuelve hacia quien los ha enviado para que se lo cuenten.

Una de las grandes tentaciones en la vida cotidiana es no estar presente en el momento presente. Hay danzas de alegría y no se danza, hay cantos de tristeza y no se llora. ¡Qué pena! Es como si la vida no existiese más allá de sí mismo y de sus propias fijaciones.

Sólo quien vive en el momento presente, en el aquí y en el ahora, alejándose de la murmuración, del cotilleo, es capaz de darse cuenta de la sabiduría de Dios.

Palabra y vida. ¡Qué difícil es escuchar cuando se cierran los oídos y ver cuando se mira para otro lado, y amar cuando el corazón se hace insensible!   ¡Qué difícil es amar cuando se vive fuera de sí mismo, cuando se malbarata la vida criticando, ofendiendo, hiriendo…!

Dios se manifiesta y en el aquí y en el ahora de mi vida, a menudo de una manera muy sencilla, casi sin darse cuenta. Y sin embargo ahí está.

Ejercicio en este día: valoro positivamente la presencia de Dios en los dones recibidos por las personas con las que estoy o voy a estar en relación en este día. Y se lo digo al menos a una de ellas.

¡No llores!

Lc 7,11-17. Acercándose a Naim, Jesús ve el entierro de un joven. Se interesa por él. Le dicen que es hijo único de una mujer viuda. Inmediatamente siente compasión por esta mujer. Se acerca y le dice: ¡No llores!

Jesús abre los ojos, los oídos y el corazón. De ahí salen las palabras que dan vida.

Palabra y vida. Ojos para ver, oídos para oír, corazón para sentir y ponerse en la piel del otro, boca para dar palabras de consuelo y manos para ayudar.

Ejercicio en este día: me dejo interpelar por la situación de sufrimiento que viven personas que veo con mis ojos y escucho con mis oídos. Doy una palabra de consolación y de vida al menos a una persona que lo necesita en este día.

Ofrecer el perdón

Mt 18,21-35. Pedro quiere saber cuántas veces tiene que perdonar a quien le ofende repetidamente. Propone un número: siete. Jesús ve que detrás de la pregunta hay buena voluntad, pero que está lejos de comprender la manera de ser de Dios.

El perdón no conoce límites. Es un don y se da como tal. Es verdad que para llegar a este punto es necesario haber pasado/vivido por la experiencia de haber metido la pata, y por consiguiente haber hecho mal y daño al prójimo, y al mismo tiempo sentirse perdonado, es decir amado en el pecado, en la fragilidad de la vida.

Palabra y vida. El perdón hace bien a quien lo da y a quien lo recibe. Ofrecer el perdón desinteresadamente muestra que se es genuinamente humano, en lo que la naturaleza humana tiene de bello y sublime.

Ejercicio en este día: si hay algún perdón no ofrecido en mi vida, miro a Jesús en la Cruz y lo ofrezco a la persona ofendida.

Dar buenos frutos

Lc 6,43-49. “Un buen árbol no puede dar frutos malos”. Es algo evidente lo que Jesús enseña. Conviene recordar que el Señor nos ha creado para que demos buenos frutos. Y nos ha dado la capacidad para ello: la fuerza y sabiduría de su Espíritu.

Palabra y vida. Los fundamentos y, por consiguiente, la estabilidad de la vida del discípulo, según la imagen de la casa construida sobre la roca, dependen de los buenos frutos que de. He aquí “el fruto del Espíritu: amor, gozo, paz, paciencia, amabilidad, bondad, fidelidad, modestia, dominio propio…  El Espíritu nos ha dado la vida; es necesario que dirija nuestra manera de ser y de comportarnos” (Gal 5,22-23.25)

Ejercicio en este día: me dejo llevar y conducir por la fuerza de amor del Espíritu, y por consiguiente me esfuerzo es dar buenos frutos.

¡Madre!

Jn 19,26-27. Nuestra Señora, la Virgen de los Dolores. “Jesús, viendo a su madre y al lado al discípulo amado, dice a su madre: —Mujer, ahí tienes a tu hijo.  Después dice al discípulo: —Ahí tienes a tu madre. Y desde aquel momento el discípulo se la llevó a su casa”.

Momentos antes de su muerte, en la cruz, Jesús confía el discípulo amado a su madre para que lo acoja como su propio hijo. Y a continuación, confía al discípulo amado su madre para que la acoja como su propia madre. Y es lo que hace.

Palabra y vida. Me emociono al escuchar de los labios de Jesús en la Cruz darle al discípulo amado su madre como la suya. Y al mismo tiempo darle a su madre como hijo al discípulo amado. Desde entonces, en la vida de la Iglesia, María es nuestra madre y nosotros somos sus hijos.

Una de las devociones a María con la que me siento muy identificado y oro a menudo es la de “María, que desatas los nudos difíciles”. A menudo confío a nuestra madre nudos difíciles que se presentan en mi vida o en la vida de las personas que conozco. Tarde o temprano, con mayor o menor dificultad, ese nudo se va desliando.

Nuestra Madre, ¡qué gran don de nuestro Señor Jesucristo!

Ejercicio en este día: echo un rato de diálogo con María, mi madre. La pongo al corriente del momento actual de mi vida. Le presento un nudo difícil, que engendra sufrimiento, que está presente en mi vida o en la de una persona querida. Y esto lo hago por espacio de nueve días.

 

¡Qué misterio de amor!

Jn 3,16-17. La Santa Cruz. “Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único, para que quien crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna. Dios no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino que para que el mundo se salve por medio de él.”

¡Qué misterio de amor!

Palabra y vida. La cruz, símbolo de una vida dada y entregada para que otros puedan tener vida.

Ejercicio en este día: pienso y medito el sentido profundo de la cruz. Pido al Señor la gracia de amar el mundo, la sociedad, cada grupo humano y cada rostro que encuentro. Renuevo el ofrecimiento de mi vida al Señor.

Ve y encuéntralo, tú y él a solas

Lc 18,15-20. La comunidad cristiana, como todo grupo humano, está compuesta de hombres y de mujeres de carne y hueso. Jesús da algunas indicaciones prácticas cuando el mal entra en la Iglesia. Ante todo hay que ser muy humilde, pues el mal que tu hermano puede hacer hoy, mañana puedes ser tú quien lo hagas. En segundo lugar, a partir de la caridad y misericordia, hay que intentar ganar de nuevo al hermano que se ha dejado conducir por el mal. Nunca cerrarle las puertas.

 

Palabra y vida. El mal es siempre causa de tristeza, por el enredo que causa en las relaciones interpersonales. Hay que luchar contra él con todos los medios que tenemos a nuestro alcance: Jesús, su Palabra, el Espíritu y una buena dosis de humanidad. Al mismo tiempo, amor incondicional a la víctima del mal.

Ejercicio para este día: Restablecer la relación con una persona que me ha hecho mal. Orar por situaciones difíciles de relación entre personas conocidas.

Este Hombre es Señor del sábado

 

Lc 6,1-5. Es una gozada ver la libertad con la que actúa Jesús. Sólo un hombre lleno de Dios puede relativizar con tanta naturalidad ciertas normas sagradas. Frente a una interpretación rigorista de la ley, Jesús mira el bien de la persona: nada puede estar por encima de la dignidad humana.

Palabra y vida. Una relación auténtica con Dios nos hace más humanos, más cercanos a las necesidades humanas.

Ejercicio para este día: hago el bien a una persona que lo necesita.

María

Mt 1,1-23. La natividad de la Virgen María. Me alegra leer la genealogía de Jesús. Es fruto de una historia sagrada, donde hombres y mujeres han vivido, en medio de las vicisitudes de la vida, en el amor y en la fidelidad a Dios y a su Palabra. María encuentra su hueco en esa historia. Hace confianza a Dios y nos da a Dios.

¿Quién podría imaginar que este bebe que nace en un lugar desconocido se convirtiese algunos años después en la madre del Salvador?

Palabra y vida. La obra salvadora de Dios se hace carne en nuestra carne humana. Sólo nos pide hacer confianza en Él. La historia sagrada continúa siglo tras siglo, año tras año. Yo también formo parte de ella.

Ejercicio para este día: sencillamente recito un misterio del Rosario fijándome en el nacimiento de nuestra madre, la Virgen María. Doy gracias a Dios por el don de la maternidad de María en la Iglesia.