¿Quién soy yo para ti?

Mc 8,29. ¿Quién eres Tú, Señor, para mi? Quisiera responder rápidamente, pero me freno viendo cuál fue la respuesta de Simón Pedro, y cuanto estaba lejos de tu corazón. ¿Quién eres Tú para mí, Señor? ¿Qué representas HOY en mi vida? ¿Cómo he ido evolucionando a lo largo de los años desde aquel inicio lleno de esperanza, de ilusión y de alegría, fruto de un encuentro gratuito e inesperado donde te presentaste como AMIGO?

De una cosa estoy convencido en este momento: Tú eres el Camino, la Verdad y la Vida. Quien se acerca a Ti, encuentra la eternidad.

¿Quién soy yo para ser digno de tanta confianza?

Doy gracias a Jesucristo nuestro Señor: me ha considerado digno de confianza, me ha encomendado un servicio y me da la fuerza para llevarlo a cabo. (1 Tim 1,12)

Je remercie Jésus-Christ notre Seigneur qui m’a donné la force nécessaire pour ma tâche. Je le remercie de m’avoir estimé digne de confiance en me prenant à son service,

Ringrazio Gesù Cristo nostro Signore: egli mi ha stimato degno di fiducia e mi ha dato un incarico e mi dà la forza di compierlo.

El Señor es quien me cuida

Levanto mis ojos a los montes,

¿quién me ayudará?

Es el Señor quien me ayuda.

No dejará que tropiece mi pie.

El Señor es quien me cuida,

es mi sombra protectora.

De día el sol no me hará daño,

ni la luna de noche.

El Señor me protege de todo mal,

él protege mi vida desde ahora y para siempre. (Salmo 121)

Confiar en el Señor

Salmo 125. Los que confían en el Señor son como el monte Sión, inamovible, firme por siempre

Ceux qui ont confiance dans le Seigneur
sont comme le mont Sion,
qui sera toujours là, inébranlable

Chi confida nel Signore è saldo come il monte Sion: non vacilla, è stabile per sempre

Confianza

Mc 1,16-20. Todo parece espontáneo. Sucedió un día, no sabemos exactamente la fecha. Jesús caminaba por el lago de Galilea. Vio a unos pescadores y parece que casi sin pensarlo no se le ocurrió otra cosa que pedirles que lo siguieran. Y para asombro de quien lee, lo dejan todo y lo siguen. Eso sí, les hizo una promesa: de ahora en adelante serán pescadores de hombres. ¿Cómo? La respuesta queda en el aire.

Apenas iniciado el evangelio de Marcos, nos encontramos con que Jesús llama a personas concretas, sencillas, trabajadores que se ganan el pan con el sudor de la frente. ¿Quién conocía a quién? ¿Jesús a estos pescadores? ¿Ellos a Jesús? Sucede un hecho real: lo dejan todo y lo siguen. Inician de esta manera un camino sin saber dónde los llevará. Uno puede imaginar que esto sólo lo pueden hacer personas desequilibradas mentalmente.

Quizás hay un hecho que no logramos ver en un primer momento y que se convierte en fundamental: se fían de Jesús. Inician este nuevo camino confiando plenamente en Jesús. La confianza es tan grande en Él, que dejan todo lo conocido, lo que daba seguridad a sus vidas, y lo siguen.

Me viene al pensamiento las conocidas palabras de Teresa del Niño Jesús: “Es la confianza y sólo la confianza las que nos lleva al Amor”.

« Tú, Dios mío, eres mi pastor; contigo nada me falta. Me haces descansar en verdes pastos, y para calmar mi sed me llevas a tranquilas aguas. Me das nuevas fuerzas y me guías por el mejor camino, porque así eres tú.

Puedo cruzar lugares peligrosos y no tener miedo de nada, porque tú eres mi pastor y siempre estás a mi lado; me guías por el buen camino y me llenas de confianza.

Aunque se enojen mis enemigos, tú me ofreces un banquete y me llenas de felicidad; ¡me das un trato especial!

Estoy completamente seguro de que tu bondad y tu amor me acompañarán mientras yo viva, y de que para siempre viviré donde tú vives » (Sal 23).

Jesús increpa a la fiebre

“Salió de la sinagoga y entró en casa de Simón. La suegra de Pedro estaba con fiebre muy alta y le suplicaban que hiciera algo por ella. Él se inclinó sobre ella, increpó a la fiebre y se le fue. Inmediatamente se levantó y se puso a servirles” (Lc 4,38-39).

Cada vez que encuentro esta parte del evangelio, mi atención va hacia esa fiebre que envuelve a la suegra de Simón. Ver a Jesús inclinándose hacia ella e increpar a la fiebre. Y al instante esta desaparece, abriendo un nuevo escenario: la suegra de Simón se levanta inmediatamente y se pone al servicio de ellos.

Si Jesús la increpa quiere decir que la fiebre es representativa de una fuerza poderosa que puede dominar al ser humano imponiéndole sus propios criterios y su manera particular de concebir la vida: vivir para sí, aislándose de los demás.

Pero quien tiene fiebre no está bien, hay un malestar general que invade todo su cuerpo, y al mismo tiempo repercute negativamente en el equilibrio y en la serenidad de los que viven alrededor. Necesita ser sanado para recuperar la alegría de vivir. Y eso es lo que hace Jesús, que tiene el poder para realizarlo, para poner a la persona en la dirección justa: vivir con alegría pensando en el bien de los demás y ayudando a que se realice.

Y así sucede el milagro del reino de Dios: que cuando se mira y se piensa en los demás, se olvidan las penas propias.

¡Sé abundantemente bendecido por el Señor!

Fraternamente,

Fernando García, sx

Ritornare al sapore del pane

«Restituiscimi all’infanzia, Signore, fa’ che ritorni fanciullo, al sapore vero delle cose, al gusto del pane e dell’acqua.
Signore, salvami dall’indifferenza, da questa anonimia di uomo adulto. È il male di cui soffriamo senza averne coscienza.
Signore, salvami dal colore grigio dell’uomo adulto e fa’ che tutto il popolo sia liberato dalla senilità dello spirito.
Salvami dall’abitudine delle cose sacre e fammi godere il miracolo della luce e quello dell’acqua viva che sgorga dalle pietre; il miracolo delle primavere come quando, fanciullo, mi sorprendevo nei campi uguale a un calice colmo di gioia per il dialogo amoroso con le piante e i monti e gli uccelli». (David Maria Turoldo)

Llamó a los Doce y los fue enviando de dos en dos

Mc 6,7-13. Jesús tiene las ideas claras sobre el sentido que está dando a su propia vida. El Padre le ha confiado una misión, una tarea bien concreta: realizar su proyecto de amor incondicional hacia la humanidad. Jesús ha comprendido que lo que está en juego es la dignidad de todo ser humano. Y se ha lanzado por los caminos de la Palestina, entrando en los poblados, encontrando personas, hablando y anunciando esta Buena Noticia divina: Dios está aquí en medio de su pueblo acompañando y luchando contra el mal que separa, crea división y marginaliza a los más débiles e indefensos. Él es el rostro de Dios en la tierra.

 Pero Jesús no camina solo. Está acompañado por Simón, Santiago, Juan, Andrés … y “algunas mujeres que había sanado de espíritus inmundos y de enfermedades: María Magdalena, de la que habían salido siete demonios; Juana, mujer de Cusa, mayordomo de Herodes; Susana y otras muchas, que los atendían con sus bienes” (Lc 8,2-3). Los ha llamado, “a quien él quiso … para que convivieran con él y para enviarlos a predicar con poder para expulsar demonios” (Mc 3,13-15). La misión que ha recibido del Padre, Jesús la comparte con personas humanas, hombres y mujeres, de toda condición social, económica, política, religiosa. Personas que han aceptado de seguirlo, de acompañarlo, de estar con él.

Han estado con él, lo han acompañado, han visto lo que hace, han oído lo que dice y han aprendido de sus labios la enseñanza que lleva semillas de eternidad. Llega el momento …  del envío, de la responsabilidad. “Como el Padre me envió, así yo os envío a vosotros” (Jn 20,21). Y así lo hace, los envía “de dos en dos, confiriéndoles poder sobre los espíritus inmundos”.

Y les da indicaciones concretas sobre el estilo y la manera de ser testigos del proyecto de amor de Dios:

Les encargó que no llevaran para el camino más que un bastón; ni pan, ni alforja, ni dinero en la faja, que calzaran sandalias pero que no llevaran dos túnicas. Les decía: —Cuando entréis en una casa, quedaos allí hasta que os marchéis. Si en un lugar no os reciben ni os escuchan, salid de allí y sacudíos el polvo de los pies como protesta contra ellos”. 

Apoyados en la confianza de las palabras del Maestro (Lc 5,5), los discípulos “se fueron y predicaban que se arrepintieran; expulsaban muchos demonios, ungían con aceite a muchos enfermos y los sanaban”. Y así, con personas concretas enamoradas del proyecto divino, la misión de Dios sigue trasmitiéndose de generación en generación.

Somos hijos de Dios

 «Queridos, ahora somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo que seremos. Sabemos que, cuando se manifieste, seremos semejantes a él, porque le veremos tal cual es.» (1 Jn 3,2)

La primera y fundamental vocación es descubrir que somos hijos de Dios. Es la revelación escondida en el sacramento del bautismo. Jesús nos ha mostrado el camino (Mc 1,11).

Hijos amados por Dios Padre. Esta es nuestra identidad. Dios nos ama, y amándonos nos confía la misión que lleva en su corazón desde la eternidad: hacer del mundo la familia de los hijos de Dios.

A quien todavía no conoce el amor de Dios, ¿quién se lo anunciará? No hay fe sin riesgo.

Un abrazo

http://www.vatican.va/content/francesco/es/messages/vocations/documents/papa-francesco_20210319_58-messaggio-giornata-mondiale-vocazioni.html

Queridos amig@s,

celebrar la Pascua del Señor es uno de los mayores dones que hemos recibido de Dios. Descubrir y redescubrir que la muerte ha sido vencida por la Vida cambia la orientación existencial de quien vive esta experiencia. Así fue para los primeros discípulos, y así sucede para aquellos que se abren confiadamente a la novedad de Dios en la historia humana.

Los Evangelios nos presentan la resurrección del Señor como el acontecimiento central en la vida de aquellos discípulos que, a pesar de haber abandonado al Señor en su pasión y muerte, se encuentran ahora reunidos en el Cenáculo, contando cómo el Señor se les ha mostrado. «He visto al Señor», «Hemos visto al Señor», «Señor mío y Dios mío». De este encuentro pascual nace la Iglesia, fermento del reino de Dios en la humanidad.

Hay un antes y un después. Lo vivido con Jesús en el período anterior a su muerte, de Galilea a Jerusalén, es leído y reinterpretado a partir de esta experiencia personal y comunitaria. Lo que Jesús hizo y dijo, su estilo de vida, es verdad, es algo eterno.

La experiencia de la resurrección del Señor que han hecho los primeros discípulos sigue siendo para nosotros el paradigma sobre el que nace, crece y se fortalece toda vida cristiana. Encontrar al Señor resucitado, vivo, y experimentarlo, es el punto de partida para cualquier desarrollo de la vida en Dios. Nadie puede hacer esta experiencia en nuestro lugar.

Sobre este punto me gusta recordar una historia de Anthony de Mello que tiene por título El mapa del Río Amazonas. Dice así: «Un explorador había regresado entre su gente, la cual estaba ansiosa por saber todo sobre el Río Amazonas. Pero, ¿cómo podía poner en palabras los sentimientos que habían invadido su corazón al ver flores de asombrosa belleza y escuchar los sonidos de la selva por la noche? ¿Cómo podía comunicar lo que experimentaba en su corazón al sentir el peligro de las bestias o al conducir su canoa por las traicioneras aguas del río? Les dijo: “Vayan a verlo por ustedes mismos. Nada puede reemplazar el riesgo personal y la experiencia personal”. Sin embargo, para guiarlos, dibujó un mapa del Río Amazonas. Ellos tomaron el mapa, lo enmarcaron y lo colgaron en el ayuntamiento. Hicieron copias personales de él. Y cualquiera que tuviera una copia se consideraba un experto en el Amazonas. ¿No conocía, quizás, cada ángulo y curva del río, y cuánto era ancho y profundo, y dónde estaban los rápidos y dónde las cataratas? El explorador vivía arrepentido de haber trazado aquel mapa. Hubiera sido mejor si no hubiese dibujado nada».

Releyendo los relatos evangélicos de la resurrección, quisiera enfatizar en particular tres puntos que pueden ayudarnos, como lo fue para los primeros discípulos, a encontrar al Señor y a reencontrarlo de nuevo cada día de nuestra vida con aquella frescura, espontaneidad, credibilidad y fuerza interior que caracterizó el primer encuentro.

  1. «Muy de mañana». Todos los cuatro evangelios enfatizan este hecho. Hablar de amanecer, de la madrugada, habla de un deseo profundo y apasionado de ver el cuerpo de Jesús. Este deseo es lo que caracteriza al verdadero creyente. Encontrar al Señor resucitado es un don. Pero este don debe buscarse con todo el corazón, con toda la inteligencia y con todas las fuerzas. Apenas se da el primer paso, Él sale a nuestro encuentro.
  2. «¿De qué cosas vienen hablando?» Los dos discípulos van camino de Emaús, hablan de lo ocurrido en Jerusalén y, suponemos, de su desencanto. Y luego, sin preverlo, otra persona comienza a caminar con ellos. Es la forma cómo hace Dios: se acerca de manera silenciosa, sin pretender imponerse, entra en sus vidas sin herir sus sentimientos; y así, casi como sin que ellos se den cuenta, es aceptado por ellos con gusto, hasta el punto de que no quieren separarse de él. De esta forma, a lo largo del camino, poco a poco, los lleva a descubrir lo que se esconde a sus ojos.

En el seguimiento de Cristo es necesario, por una parte, estar abierto a la novedad, a lo inesperado, no encerrarse en uno mismo, en las propias seguridades; y por la otra, se necesita humildad para aceptar ser guiado hacia la Verdad. La humildad es la que nos hace discípulos. En el corazón de quien está lleno de sí mismo no hay lugar para el otro y mucho menos para Dios.

  • «¡No seas incrédulo, sino creyente!»; «Simón, hijo de Juan, ¿de verdad me amas?». La experiencia que tienen Tomás y Simón Pedro es la de su debilidad y fragilidad, la de su pecado. Les cuesta reconocerlo. Sin embargo, sólo cuando lo aceptan, experimentan la salvación de Dios en Jesucristo.

Aceptar la parte oscura de nuestra realidad humana, esa que en la práctica niega a Dios, es decir que no lo ama, no es fácil, porque toca el propio orgullo, toca la imagen idealizada que nos hacemos de nosotros mismos. Sólo en la aceptación serena, aún si a veces es dolorosa, de la propia fragilidad y pecado, se experimenta la salvación de Dios que se acerca a nosotros amándonos. Éste es el punto inicial del que parte el verdadero testimonio misionero: se relata, se comparte, el bien que Dios me ha hecho y que sigue haciéndome en el presente.

En el contexto concreto que estamos viviendo, por un parte la pandemia del Covid, y por otra el Año jubilar, de gracia para nuestra Familia Javeriana, dejémonos amar por Dios a través de nuestro Señor Jesucristo. De esto depende la calidad y significatividad de la vocación cristiana en general, y de la javeriana en particular.

¡Te/Os deseo una feliz y santa Pascua de la resurrección del Señor!

Fernando García Rodríguez, sx.